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de la imprenta reseña tintero atril
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reseña La corrupción gremial
Eve Gil
Muchos son los autores que a través de la historia universal de la literatura han cedido al influjo de reflexionar sobre su vocación de escritores, sirviéndose, ya sea de la novela (Scott Fitzgerald, James Joyce, V. S. Naipaul, Günter Grass, Somerset Maugham), del ensayo (Stephen Vicenzy, Ernesto Sábato, Milan Kundera, Italo Calvino, Mario Vargas Llosa). Con La vocación insular, Hugo Valdés mata dos pájaros de un tiro: el ensayo dentro de la novela, la historia que, aun como pretexto para una larga disertación sobre el quehacer literario, engancha el interés del lector. Como en sus obras previas, Hugo Valdés retoma su escenario natural, la ciudad de Monterrey, así como su línea realista-costumbrista. Como en su primera novela, Monterrey news (Grijalbo, 1990), vuelve a la carga contra el gremio cultural-literario de aquella ciudad que, como suele ocurrir en ámbitos elitistas provincianos, reproduce los vicios propios del centro de la República (las capillas literarias, el reparto indiscriminado de beneficios económicos, las disputas y rebatingas en certámenes, etcétera) pero en pequeña escala. La vocación insular cumple dos funciones: retratar al corrompido gremio en toda su brutal decadencia e ilustra el proceso vital de un escritor de vocación, en este caso, Braulio Guerra desde el típico rito iniciático sexual (con la feroz Aurora) hasta la consolidación profesional (Hugo plantea la proclividad al fracaso, amenaza en que sume a Guerra la mediocridad del entorno): "Pero cerca de cumplir la treintena no estuvo de su mano imaginar que a las primeras manifestaciones serias de una obra literaria, precisamente quienes se tenían como sus guardianes impugnarían cualquier intento que tomara a la ciudad como protagonista. Si tenía yo muy claro que escribir una novela era igual que construir un edificio o una casa de considerable tamaño, supo también que publicarla era como revelar un secreto". Siguiendo un poco el tenor de novelas como El miedo a los animales, de Enrique Serna (las mafias culturales), Hugo se aferra al planteamiento realista, sacándole la vuelta a cualquier indicio de parodia y fusiona en forma hábil las dos historias de Braulio Guerra: la íntima (sus aspiraciones, amores y aventuras) y la vocacional que, a su vez, amalgama la propia creación y lo que ésta conlleva: el dolor, la reanudación, las crisis existenciales, con sus lecturas personales, sus influencias (el fanatismo, la emulación a Flaubert) y esos ocasionales delirios de grandeza que suelen acometer a todo hombre y mujer de letras. En pocas palabras: Hugo Valdés logra un personaje nítido, redondo y fascinante por su complejidad psicológica Hugo Valdés, La vocación insular, México, Ediciones Castillo, 1999, 175 pp. Eve Gil escritora y periodista. Correo: acuarius94@yahoo.com |
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