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barandal Después del fracaso
Ciro Murayama
Nadie había previsto una victoria tan amplia del Partido Popular en las elecciones generales españolas del 12 de marzo. La mayoría absoluta, la primera de la derecha, en las Cortes de la Carrera de San Jerónimo, ha despojado a los partidos nacionalistas de su carácter imprescindible para la investidura del gobierno y dejan de ser esa bisagra que, con un peso ligero, arrancaba concesiones mayores, pero sobre todo representa una debacle electoral de la izquierda que no se puede ocultar. El gobierno de la derecha no es, como quizá pudo interpretarse hace cuatro años, un accidente en el camino y tiene bríos, votos y programa. En el Partido Socialista Obrero Español, a raíz de los resultados electorales, dimitió su secretario general y la Comisión Ejecutiva, y ahora se debate la integración de una gestora que conducirá al partido hasta su próximo congreso, en el verano, mientras se evalúa qué tanta renovación es necesaria y, sobre todo, cómo encauzarla. En el seno del PSOE se viene hablando de renovación desde la etapa final de su cuarto gobierno consecutivo, se presentó como deseable cuando perdieron La Moncloa en 1996, pareció acelerarse en 1997 cuando Felipe González abandonó la secretaría general y, más aún, en 1998 con el triunfo de José Borrell en las primarias del partido imponiéndose al candidato de la Ejecutiva -Almunia- y del máximo líder real de los socialistas. Pero el año pasado, Borrell declinó su candidatura aduciendo que dos ex colaboradores suyos estaban siendo investigados por evasión fiscal; sin embargo, el hecho refleja a la vez la soledad en que su partido le había condenado en la brega frente a Aznar. Ahora, la renovación viene servida por Almunia, al renunciar a su cargo, por Narcis Serra, que dimite de la secretaría general de los socialistas catalanes y por otros líderes regionales que dejan el paso a nuevas personas. Sin embargo, es evidente que el cambio en el PSOE no puede darse precipitadamente, pues los 125 diputados que actuarán en el Parlamento los próximos cuatro años pertenecen en su amplia mayoría a la generación que fue e hizo gobierno y que ahora como oposición sufre su más crudo varapalo electoral (aquella generación cuyo liderazgo realizó el Congreso de Suresnes y luego conquistó abrumadoramente el voto en 1982). En cuanto a personalidades, el PSOE desde hace tiempo que no logra insertar suficientes caras nuevas en sus listas: en las elecciones autonómicas de julio pasado, en Madrid la candidatura socialista la encabezó Fernando Morán, seguido por Matilde Fernández; ambos habían sido nada menos que ministros y acabaron como concejales de una ciudad. Algo semejante ocurrió con Juan Alberto Belloch en Zaragoza. "Renovación, no revolución" es lo que se plantea en la sede de Ferraz, donde están las oficinas centrales del PSOE. El surgimiento y proyección de nuevos cuadros es parte de la tarea, la otra es poner en sintonía las preocupaciones, los diagnósticos y las propuestas del partido que consiguió, efectivamente, cambiar el rostro de España en apenas década y media, con la sociedad y los votantes. A inicio de los años 80, Alfonso Guerra vaticinaba que después de que el PSOE ocupara el poder, a "España no la reconocerá ni la madre que la parió". Acertó. Ahora el PSOE tiene que reconocerse en esa nueva España y ser reconocido por ella. En la sociedad española actual hay certeza de que una democracia asentada -salvo por la amenaza de ETA-, está compuesta en su mayoría por unas clases medias muy extendidas, poseedoras, y la juventud que tiene un peso no desdeñable -la caída de la natalidad no se mostrará en la transposición de la pirámide de edad sino más adelante- ha pasado el grueso de su vida sin conocer de la dictadura y viendo que el gobierno lo ocupaba un señor andaluz todopoderoso. Podría decirse que en la sociedad española tiende a instalarse una cultura de aversión al riesgo y más bien comodina ("aburguesada", la calificó Ramón Jáuregui, del PSOE), en la que, por ejemplo, el abandono del hogar paterno se da en promedio a los 33 años y una vez que se tienen bases sólidas para el desarrollo individual y algunos bienes no despreciables. Estas generaciones cuya percepción será definitiva en el futuro, no han conocido los excesos de la derecha ni los persiguió Franco; son más bien liberales, viven en un país moderno y están conectados con Europa, son los hijos privilegiados del Estado de bienestar que construyó el PSOE, pero no entienden que tengan que agradecérselo seculae seculorum. A mi modo de ver, las propuestas del PSOE y hasta sus denuncias en la campaña y durante los años de gobierno de Aznar tienen sentido: las privatizaciones han creado posiciones oligopólicas de grupos económicos vinculados al Ejecutivo, se está desperdiciando la bonanza económica en el sentido de no blindar a la seguridad social frente a posibles épocas de recesión, pero todo ello parece demasiado abstracto para conectar con los votantes y borrar la disminución del desempleo que se dio durante la Legislatura recién concluida y que aparece como una de las preocupaciones centrales del electorado. En ese escenario, la izquierda pierde votos, se le quedan en casa los simpatizantes y la derecha sigue abrevando sufragios. Por último y a diferencia de lo que opina Eduardo Haro Tecglen (autor de El niño republicano), en El País del 14 de marzo, donde quiere que Felipe González pida perdón por la corrupción, los GAL, y por el euro, la globalización, la mundialización, Schengen, por haber abandonado la Internacional y el puño en alto, etcétera, elementos por los que explica el desencanto hacia la izquierda, cabría decir que la corrupción quizá se siga pagando al igual que los GAL con la permanencia en la oposición, pero esos asuntos se resuelven -y ahí están- en los tribunales. Del resto, creo que ni el PSOE ni sus dirigentes deberían pedir perdón alguno, pues entender que la globalización existe y sumarse al proyecto de integración regional con más contenidos sociales y más solidario, haberse librado de los embates especulativos teniendo una moneda sólida, y dejar la Internacional y el puño en alto para las tertulias, es lo que hizo posible un gobierno que colocó a España como uno de los países con más equidad en el mundo. Renunciar y renegar de todo eso, en la línea que hace Izquierda Unida, se traduce en una derrota mayor -lo dicen los resultados del 12 de marzo- y, sobre todo, le daría la razón definitiva a quienes identifican a la izquierda con la naftalina, cuando es precisamente eso lo que hay que revertir Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid. |
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