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Trampa mortal
La mano y el gatillo

Pablo Hiriart

Por si alguna duda había de que el nudo central del problema de la delincuencia estaba en las procuradurías, ahí está el caso del suicidio de Juan Manuel Izábal, oficial mayor de la Procuraduría General de la República. Su muerte conmocionó a la clase política y a los medios de comunicación, aunque quizá no tanto al grueso de la opinión pública que siempre ha supuesto que la corrupción penetró hasta en los grupos que se precian de poseer una sólida fama de incorruptibles.

El golpe fue tremendo para el procurador Jorge Madrazo, pues el muerto era la persona de todas sus confianzas en el área más delicada de cualquier dependencia pública y especialmente en ésa: el manejo del dinero.

Juan Manuel Izábal no era un oficial mayor que llegó recomendado por terceros ni era una persona acreditada únicamente en el terreno profesional: era una pieza importante en el equipo de Madrazo Cuéllar. Eso, precisamente, hace de esta muerte algo muy peculiar.

Un crimen siempre es complicado de explicar. Un suicidio lo es todavía más. A su alrededor se tejen historias y especulaciones que dificultan asimilar el hecho, trágico en sí. Ahí tenemos el caso del ex director de Transporte de la ciudad de México durante la gestión de Oscar Espinosa Villarreal, que se suicidó de "dos balazos".

En esta ocasión, el suicidio del oficial mayor de la PGR deja interrogantes muy grandes, que el contenido de sus cartas póstumas no explica. Si tanto le pesaba ese dinero mal habido, ¿por qué no se deshizo de éste antes de que le fuera descubierto? ¿Cómo supo el Citibank que dentro de la caja de seguridad de Juan Manuel Izábal había fajos con dólares, en cantidad extremadamente alta? Los funcionarios del Citibank se atrevieron a abrir la caja del oficial mayor de la PGR, sin autorización judicial, porque alguien los indujo a ello. Y ese alguien ya sabía lo que contenía el depósito de Izábal.

Pueden establecerse múltiples hipótesis acerca del grado de credibilidad -por lo visto, total- que ese "alguien" tenía ante los ojos del Citibank. Pero lo único cierto es que la caja fue abierta sin permiso y sirvió para exhibir la supuesta corrupción del brazo derecho de Jorge Madrazo Cuéllar. Y en ese terreno no hay casualidades ni se puede ser tan ingenuo como para creer que una "corazonada" de los ejecutivos del Citibank los llevó a violar la caja de uno de los más importantes funcionarios de la Procuraduría. Evidentemente, hay quienes sabían de la corrupción de Izábal y conocían perfectamente cuánto y dónde tenía escondido el dinero.

Si tuviéramos que simplificar en una sola frase nuestra hipótesis sobre el suicidio del oficial mayor, diríamos que primero lo corrompieron y luego lo exhibieron. La misma mano que lo corrompió, lo exhibió y puso la solución en su albedrío: el suicidio.

El asunto rebasa, con mucho, el ámbito de una revelación fortuita y el arrepentimiento extremo de un funcionario sorprendido in fraganti. Parece -y todo indica que así es- la consecuencia trágica de una guerra interna.

Desde los sótanos de la PGR se oye la conclusión: "Miren quiénes son los puritanos que pusieron". "Esos fueron los que nos traen en jaque, investigados y fuera de la operación. Son tan corruptos como nosotros, con la diferencia de que además de todo son ineficaces". Los comandantes, felices. El narcotráfico también. Los 600 agentes reincorporados luego del cese en 1996, lo mismo.

Con la muerte de Izábal y lo que con ella se destapó ha quedado plenamente confirmado el fracaso total de este sexenio en materia de impartición de justicia. Hemos visto de todo y no hay muchas acciones dignas de aplauso. Al contrario, la gran mayoría constituye una vergüenza y así pasarán a la historia.

A Madrazo y, concretamente, a su oficial mayor les sembraron una trampa mortal para su prestigio. Y lo hicieron con la técnica y la lógica de El Encanto. Esta vez, le atinaron

Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica.

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