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El valor de la muerte
Marina Robles
Con todo y las quejas que sobre la vida se expresan, desde que la humanidad empezó a vislumbrar formas para extender su tiempo de permanencia en la Tierra se han desarrollado todo tipo de investigaciones y fórmulas (mayor conocimiento sobre salud, alimentación, higiene, entre otros). Gracias a ello los humanos viven actualmente un promedio de 76 años. En México, en menos de un siglo, el aumento ha sido más del doble (en los años 30 el promedio de vida se hallaba entre los 35 y 38 años), aunque habría que resaltar que las diferencias en las regiones prevalecen, no sólo en el tiempo de vida, sino en las condiciones de ella. Hoy, como siempre, los científicos y el resto de los mortales seguimos pensando cómo extender nuestra sobrevivencia, sin embargo otros tantos se preguntan cuánto tiempo más se pretende buscar y para qué hacerlo. Esa pregunta reunió a un amplio grupo de investigadores convocados por el Centro de Bioética de la Universidad de Pensylvania donde los opositores a la búsqueda de la inmortalidad, entre ellos éticos y teólogos, opinaron que la muerte le da sentido a la vida y su prolongación no es más que una ambición desmedida ya que 80 años es un tiempo suficiente para satisfacer cualquier necesidad intelectual y familiar. La posibilidad de que la gente viva entre 150 o 200 años no es aún una perspectiva inmediata, pero sí es un tema sobre el que se especula a partir de los descubrimientos sobre diversos mecanismos celulares que permiten identificar las razones del proceso de deterioro físico y el envejecimiento. Aunque esto sea un asunto remoto, los cuestionamientos a este tipo de investigaciones que se virtieron en la reunión llevaron a revisar, entre otras cosas, cuestiones de inequidad y condiciones de vida de los viejos. La revisión sobre inequidad social, aunque con poco énfasis en este punto, tal vez por el país donde se desarrolló la conferencia, hizo evidentes las condiciones de gran marginación en la que viven múltiples grupos en el mundo. Al respecto el doctor Daniel Callahan, biomédico ético del Centro Hastings de Garrison, Nueva York, anotó que las investigaciones para extender la vida son parte de un patrón de mal uso de fondos, en el sentido de priorizar la búsqueda de la longevidad más que mejorar la que se tiene. En los asuntos de la senectud, la polémica giró sobre las escasas posibilidades que la sociedad ofrece para el buen desarrollo de los viejos, que, al menos en la nuestra, son un sector olvidado y considerado en muchos de los casos, un estorbo. En este sentido, el cuestionamiento retomó la ruta que sigue la otorgación de fondos a estas pesquisas y cuestionó que no sean utilizados para mejorar la vida que se tiene antes que buscar tener una más larga, cuando el riesgo puede ser que ello se logre manteniendo el mismo patrón de desigualdad. Si bien comparto en gran medida las opiniones de muchos de los expertos reunidos en este evento, no dejan de provocarme una enorme inquietud muchas de las preguntas y sueños que como humana tengo. Y aunque ser inmortal no sea más que, como decía León Felipe, hojear las mismas páginas del mismo libro día tras día, y la igualdad sea sin duda, una de las quimeras que compartimos muchos, la larga vida y su búsqueda me sigue pareciendo algo para no desdeñar Marina Robles es maestra en Ecología Marina por el CICESE y Fellow del Programa LEAD-México. Actualmente estudia el doctorado en Ciencias en la UNAM. |
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