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César Horacio Espinosa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

conversación

Prioritaria, la calidad educativa

Ciro Murayama/José Sarukhán

José Sarukhán
Foto: Raúl Ramírez Martínez

El debate y el conflicto que se vive en la Universidad trata sobre una institución que, en un periodo que arranca cuando mucho hace tres décadas, cambió drásticamente. ¿Qué cambió, qué no cambió y qué debería haber cambiado?

Estamos hablando de un periodo de menos de tres décadas, en realidad de 15 o 17 años, que culmina cuando se detiene el crecimiento intenso y se estabiliza la matrícula. El periodo inicia en el rectorado del doctor Ignacio Chávez, luego con la creación de los nuevos planteles de bachillerato, continúa con un crecimiento realmente muy acelerado en los años 70 y, a partir de 1981 o 1982, la matrícula se nivela en 250 o 280 mil estudiantes. Es fácil juzgar en pretérito por qué se hizo algo malo o se dejó de hacer algo. No sé qué elementos jugaron para que se diera gran parte del crecimiento y de la apertura, aunque los hechos de 1966, 1968 y 1972 deben haber tenido un papel importante.

Este proceso dejó un lado bueno, porque hubo espacio para dar cabida a más jóvenes en la educación superior. A pesar de que la proporción de jóvenes que acceden a la educación ha subido hasta 16%, aquélla sigue siendo todavía muy baja para las necesidades del país. Pero ese crecimiento no estuvo en paralelo con una preparación de la planta académica y de otras infraestructuras e insumos para la educación que permitieran que la ampliación fuera acompañada por el mantenimiento de niveles adecuados de calidad.

El crecimiento no sólo se dio en la licenciatura, también hubo una expansión muy grande en el bachillerato, cuando a principios de los 70 se crean los CCH con la intención de hacer una opción educativa distinta pero donde no hubo un proceso adecuado de formación de profesores. Además, desafortunadamente el postgrado no creció en la misma forma. Ese crecimiento ha tenido consecuencias sobre un nivel de calidad que debería haberse mantenido en su promedio, es decir, hubo caídas fuertes pero también áreas donde la calidad se mantuvo. Tenemos que analizar dónde y por qué se dieron esas diferencias.

¿El crecimiento de la matrícula fue una improvisación?

Creo que la improvisación está en el hecho de la dificultad o la imposibilidad de contar con los elementos para abastecer con los insumos de la calidad necesarios, con los métodos de enseñanza adecuados, a esa población estudiantil. Aquí es donde uno puede hablar de improvisación, mas no sé si fue improvisación o incapacidad para enfrentar una necesidad tan apremiante en un periodo tan breve.

Uno tiene la impresión de que hubo muchas áreas que permanecieron sin ser modificadas a pesar del cambio de dimensión de la Universidad. Por ejemplo, se siguieron reproduciendo las formas de transmisión del conocimiento propias de una universidad más pequeña y manejable.

Ojalá en algunos casos se hubieran mantenido esas formas. Recuerdo que para contar con profesores en un CCH se echaba mano de cualquier pasante de licenciatura y había que meterlo a dar clases. Ahí hay dos elementos complicados. El primero es el de la capacidad pedagógica; se requieren técnicas apropiadas para transmitir el conocimiento y las personas que estaban en esas circunstancias difícilmente habían tenido acceso a dichas técnicas. Por otro lado está el conocimiento profundo de la temática; obviamente sabían más que el muchacho a quien le daban clase ¿pero, sabían la esencia de lo que debían transmitir en el nivel donde estaban colocados? No lo sé, uno estaría inclinado a pensar que no.

También hubo una diversificación horizontal en muchos aspectos de la Universidad, que se dio más en el área de investigación y quizá en algunas facultades. Este cambio no se refleja tanto en la parte del análisis del producto docente, pero ciertamente ha sido sustancial en la Universidad y ha tenido un efecto más amplio y profundo de lo que mucha gente pudiera reconocer.

Todo mundo pone por delante el peso de la UNAM en la producción de investigación científica en el país y, a partir de ahí, defiende también que haya recursos para el resto de actividades de la Universidad. Asimismo, uno ve un distanciamiento de la investigación frente al área masificada de la Universidad, tendríamos así dos proyectos o dos realidades de Universidad que conviven...

Es una idea equivocada, porque los niveles de gran calidad también se dan en las unidades docentes, en las facultades y escuelas. Algunas facultades globalmente lo están haciendo mucho mejor que otras, y dentro de las que lo están haciendo de cierta manera hay áreas de mayor calidad. Este polimorfismo de la Universidad no es tan simplón como el área buena de la investigación y el área mala de la docencia, pues también hay investigación mala. Hay varias facultades que están generando a los mejores egresados de México, eso hay que reconocerlo.

La dicotomía fue muy cierta y nació totalmente verdadera, en blanco y negro, en 1929, con la incorporación de los primeros institutos de investigación, lo que generó dos comunidades casi totalmente aisladas, incluso físicamente. Pero el cambio importante empieza a darse en la coincidencia de la convivencia en Ciudad Universitaria y luego en una serie de políticas que comienzan a alterar las figuras del personal de carrera. Esto ocurre fundamentalmente al final del periodo de Nabor Carrillo y con Ignacio Chávez. Ahí principia un proceso lento de acercamiento de institutos y centros con las facultades y escuelas, por un lado, y luego viene el proceso de generar investigación dentro de las mismas facultades, en algunas con mayor intensidad que en otras, por razones propias de la academia. Si hacemos un análisis cuidadoso, vamos a encontrar que ahora investigación y docencia están menos desligadas de lo que estaban en el pasado. No se da en la totalidad, como se debería, también es el caso.

Incluso formalmente están separadas.

Hay una separación formal pero no en cuanto a la actividad; se está haciendo investigación en las facultades, en algunas de manera intensa, como en Medicina, Química, Ingeniería y Ciencias. Si uno trata de encontrar el equivalente en Derecho o en Contaduría, desde luego ya no es tan claro.

Usted llega a la rectoría en 1989, luego de un periodo de discusión intensa de la Universidad, incluso de polarización, con una tarea por delante: celebrar el Congreso Universitario. Quizá por primera vez en muchos años el debate era la reforma de la Universidad y no el entorno de ésta, como en 1968; por primera vez se discute, ampliamente, la necesidad de una reforma de esta Universidad masificada. ¿Cuáles eran los activos que tenía para sacar esta reforma y dónde estaban las limitaciones?

Después de ese conflicto político encontré que teníamos que dar un giro, hablar más intensamente de la parte académica. Me preocupó en ese momento, y me preocupa ahora, que el único tema o el eje de las discusiones alrededor de este análisis de la Universidad que llevó al Congreso Universitario era la cuestión del control de la Universidad, las formas de gobierno, y muy poco o casi nada la vida y las funciones académicas.

Entonces la agenda real, más que la formal, a la hora de discutir la Universidad, parece ser la de los grupos más polarizados.

Al parecer, de las personas que tienen interés en hacerse del control de la institución, y creo que esto es un error muy grande...

O preservarlo.

En algunos casos a lo mejor también. Puedo hablar de mi visión y de la que muchos teníamos. No era preservar el poder, sino la preservación de los valores académicos. Eso fue lo que motivó no solamente mi decisión de hacer el Congreso, a pesar de que mucha gente buscaba maneras de salirse del asunto, sino también a lo largo de todo el rectorado con un convencimiento de que la misión de la institución es una misión académica, y que para eso se necesita una serie de formas de operar y de funcionar y de criterios que permitan el ejercicio máximo de esa calidad académica. En eso muchos universitarios coincidían y fue a lo que traté de ayudar. Pienso que ahora la temática fundamental está desviada, y en mi opinión también se ha hecho evidente que la única manera de entrar a la discusión es a través de un congreso.

A pesar de la polarización que vivimos en 1990, en un congreso donde el grito más oído no fue una consigna académica (en el Frontón Cerrado nos la pasamos oyendo "aquí y ahora con la Coordinadora" -ese germen del CGH- y "fuera Pablo Arroyo de Economía"), hubo acuerdos muy importantes, como los Consejos Académicos de Area, que usted promovió. Ahí están, me gustaría conocer su opinión del aporte de ese diseño para pensar en la Universidad del futuro.

Recuerdo cuando el doctor Carpizo me invitó a colaborar en la Coordinación de la Investigación Científica, en los dos últimos años de su rectorado, después de que habían pasado los momentos más álgidos del conflicto de 1987. Una vez nos reunió a varias personas para ver qué ideas podían introducir cambios importantes en la institución. La reflexión que hice entonces fue por qué no pensamos en una forma de gobierno académico de la Universidad, que no fueran ya los Consejos Técnicos de las facultades sino unos Consejos Técnicos para el conjunto de facultades, institutos y centros. En ese momento usé esa figura de Consejos Técnicos. Desde entonces me quedó la idea de que esto tenía dos grandes ventajas porque respondía a dos grandes problemas. Uno era esta fractura tan profesionalizada de la enseñanza: Ingeniería, Arquitectura, Medicina, que eran prácticamente las áreas de los profesionistas, y creo que ese esquema debe ser discutido si queremos entrar a fondo en los temas de la Universidad.

El segundo tema era el manejo un poco feudal de lo que pasaba en términos de calidad académica con los programas, promociones, niveles, etcétera, en cada uno de esos sitios, porque cada quien tenía un Consejo Técnico. Y con excepciones desde luego muy claras, varios de esos consejos funcionaban de manera muy feudal o no funcionaban. Ambos estaban dominados por el director -fuerte y muy autoritario- o estaban en una anarquía completa porque simplemente no había nada que discutir por las tensiones políticas. Ahí surgió la idea de los Consejos Académicos de Area, que no modificaba la autoridad; hicimos muchos sondeos, evaluamos muchas cosas, y llegamos a la conclusión de que si la propuesta era realmente órganos de autoridad se iba a generar una resistencia enorme por parte de muchos directores, tanto de las facultades como de los institutos.

La idea fue dar a los Consejos Académicos funciones del Consejo Universitario y hacer una unidad intermedia entre el Consejo Universitario y los Consejos Técnicos, que pudiera aglutinar en forma horizontal actividades para enriquecer más, no solamente desde el punto de vista de los recursos humanos, sino también de los diferentes criterios académicos y de ahí identificar agujeros disciplinarios que debían cubrirse.

Eran los centros de nacimiento de las políticas universitarias de largo aliento...

Así es, y empezarían también a homogeneizar -para arriba, no para abajo- los estándares, los niveles y las formas de enseñar mejor, ligar más la investigación con la formación de los estudiantes, inducir más la investigación en las facultades y también enriquecer a los institutos.

Los coordinadores de estos Consejos Académicos tuvieron resistencias considerables. Ahora no estoy al tanto de cómo han funcionado, pero creo que es una figura muy importante. Habría que llevarla adelante, hacer el análisis de si realmente podemos abrir más los terrenos de formación de los alumnos para que tengan mayor movilidad, aunque fuera dentro de esas áreas; sería una ganancia considerable. Sería todavía mejor que, por ejemplo, alguien de una formación más del área científica tuviera a su alcance elementos del área de humanidades, que se hiciera un poco su traje a la medida con una serie de normas y criterios bien definidos.

Del congreso también salieron cambios profundos al Estatuto del Personal Académico que se hacían cargo del crecimiento de la planta académica -generador de vicios que se siguen reproduciendo- y trataban de dar un nuevo estatuto para potenciar la carrera académica y, a la vez, eliminar las cosas que no está bien que ocurran en la Universidad. ¿Qué fue de esta reforma?

Ese fue resultado de la mesa de trabajo académico y luego, en la mesa 10, hubo otro acuerdo para revisar el Estatuto General. Son dos y no se concretaron. En el primer caso se trabajó hasta llegar a una versión final que dejé lista al terminar mi rectorado; está en las oficinas del Consejo Universitario. Nos llevó mucho tiempo porque fue extremadamente difícil entrar a temas como la diferenciación entre la figura de profesor de bachillerato con la de profesor de licenciatura y de investigación. Lograr que se aceptara esto en el bachillerato, que sus profesores fueran tratados con criterios y estándares diferentes, llevó una cantidad de tiempo indecible; hubo un momento en que no pudimos avanzar más. Finalmente logramos hacerlo, existe una versión terminada del Estatuto del Personal Académico a la que evidentemente, a estas alturas, vale la pena echarle una ojeada porque creo que atendía de manera muy amplia esta cuestión. El otro punto, relacionado con la definitividad, lograr un consenso fue una tarea que consumió reuniones sin fin entre el comité de directores con consejeros técnicos. Ya no me dio tiempo de hacerlo del conocimiento de la comunidad y presentarlo al Consejo Universitario y, en su caso, aprobarlo y modificarlo si era necesario.

Ciudad Universitaria
Foto: Raúl Ramírez Martínez

Al Estatuto General se le hicieron cambios puntuales en varios aspectos. Tenían que ver con la representación del personal académico en el Consejo Universitario, que significó la entrada de los investigadores. Nosotros estábamos atendiendo primero el Estatuto del Personal Académico para luego avanzar con el General, pero simplemente no tuvimos la forma de organizarlo y sacarlo adelante. Hubo antes una revisión del Estatuto General cuando Guillermo Soberón era rector, y se consensó, pero a la hora de pasarlo para su aprobación al Consejo Universitario se bloqueó la sesión. Sigue siendo una tarea pendiente.

La de la UNAM, en los años recientes, parece una historia de reformas conjuradas; una fue la de cuotas, que después vendría a ser el detonante del conflicto que vivimos estos meses. En 1992 estábamos a un paso de aprobarlas y por eventos extrauniversitarios, cálculos externos, la explicación es que esas razones externas frenaron la reforma. ¿Qué tan prioritaria es la UNAM para los gobiernos? En ese entonces hubo quien escribió que la UNAM era la variable sacrificable.

Creo que la UNAM siempre ha sido importante por una mezcla que a mí no me queda muy clara. Primero, por el tamaño y la importancia del potencial de complicaciones.

Es una razón pragmática.

Es una razón pragmática. También creo que ha habido en el transcurso del tiempo gente que ha pensado que la UNAM tiene una función verdaderamente crucial para este país, a diferencia de otros miembros de los gobiernos que simplemente no creen en la función de las universidades públicas. No creo que se pueda ser tan tajante y dar una respuesta única. Aquella situación de las cuotas también era una situación mezclada de gente que pensaba que eso tenía que salir adelante, con otras personas que pensaban que eso no debía seguir; los argumentos de los segundos fueron los que pesaron en la percepción general del problema, cosa que tuve que percibir y darme cuenta de que si proseguíamos íbamos a generar algo no muy diferente a lo que ha afectado ahora a la Universidad.

Pero si el razonamiento, el diagnóstico, la apuesta gubernamental en 1992, hubiera sido otra, ¿tendríamos cuotas?

Estoy convencido que sí. Me dolió muchísimo tener que echar la cosa para atrás, pero mi decisión fue confrontada con si yo quería seguir con esta idea mía de sacar las cosas y podía, con un gran riesgo, meter a la institución en un conflicto realmente grave. Tuve que tomar una decisión. Estoy encantado con la propuesta, creo en ello, pero me lo voy a tener que tragar, pues ya estaba incluso en la comisión del Consejo Universitario.

Tengo la impresión de que, en general, en la sociedad mexicana hay una concepción muy limitada de lo que es la educación superior. La Universidad es una especie de túnel por el cual entra mi hijo o mi hija y después de un número de años sale del otro extremo con un grado que le permite tener una probabilidad alta, antes era una seguridad, de encontrar una chamba, y nada más; es una de las funciones de la educación superior aquí y en cualquier otra parte, pero no es la única y ni siquiera está bien concebida. Es más importante la función que las instituciones públicas de educación superior tienen en México, pues constituyen la palanca de cambio más importante en la nación. Y eso no lo entiende en general la sociedad y, en consecuencia, tampoco quienes están en el gobierno pueden asimilarlo. He oído que la educación superior es muy importante, pero a la hora de las verdades, esto no se cristaliza como uno esperaría si hubiera un convencimiento claro.

En el momento en que la Universidad deja de garantizar esta función limitada que es la del acceso al mercado de trabajo, se pone en duda su validez. De la mano de esto y de las crisis económicas que ha vivido el país, tenemos un crecimiento importante de la educación superior privada. ¿Hay el riesgo de que nos pase en educación superior lo que ocurrió con la educación básica, donde las clases medias mandan a sus hijos a las escuelas privadas, es decir, que la dualización de la sociedad se exprese en la educación superior?

No lo veo como un riesgo inmediato, puede ocurrir si una serie de cosas no se modifican. Lo invitaría a meditar cinco minutos en un hecho muy interesante. En los últimos diez años, antes del conflicto, la Universidad Nacional tuvo un proceso que entre otras cosas generó una percepción y una demanda social creciente, no sólo porque la situación económica pudiera haberse deteriorado, una demanda real de gente que tenía toda la capacidad de pagar educación superior, que provenía de los bachilleratos privados, pero que hacía todo el esfuerzo posible para entrar a la UNAM. Y no creo que lo harían para ahorrarse los cuatro o cinco mil pesos mensuales que pagaban en las escuelas privadas, sino porque entendían que la educación y la formación de sus hijos valían la pena en la UNAM. Simplemente pasamos de dos mil 500 o dos mil 700 solicitudes de los bachilleratos privados -cuando me hice cargo de la rectoría- a cerca de 26 mil o 28 mil al final. Esto es un signo de cómo este síndrome al que usted hace referencia no necesariamente es fatal. Creo que esto no fue exclusivo de la UNAM, se dio también en muchas otras universidades de los estados por una serie de circunstancias, a lo mejor por el mismo efecto reproductor que la UNAM tiene en el sistema de educación superior.

Durante años la autonomía aparece como pretexto para eludir ciertos compromisos, entregar cuentas de lo que se está haciendo como institución pública, no sólo de cuántos estudiantes están ingresando sino cuántos están saliendo y con qué preparación y, desde el otro lado, el del gobierno, la autonomía como pretexto para desentenderse de definiciones e incluso de apoyos que vayan más allá del financiamiento. ¿Cómo deberíamos entender la autonomía?

La autonomía debe ser la capacidad de una institución universitaria para el análisis abierto, sin ninguna cortapisa o restricción, de todas las ideologías y formas de pensamiento. Esa es una parte esencial que define a una universidad como tal. En el momento en que esto empieza a ser acotado e impedido, el concepto de autonomía de una institución educativa se está perdiendo. Pero también hay otra cosa, que se refiere al ejercicio de una función por parte de una organización que ha sido mandatada por la sociedad a cumplir esa función y la responsabilidad y la solvencia con la que debe cumplirla y responder. Eso es el ejercicio de la autonomía. No puedo ver desligada a la capacidad de llevar a cabo esa función de manera propia, dándose sus normas, sus formas de organización y sus leyes, sin el elemento de la solvencia, lo que en inglés se llama accountability. Cuando trato de pensar qué organizaciones tienen este ejercicio de autonomía, mandatado por la sociedad, que cuentan con toda la libertad de hacerlo y que responden, pienso en las universidades, y está bien llamarlas autónomas, aunque implica cierta redundancia, pero el concepto tiene su historia y así se le ha definido también en otros países de habla hispana, como en España. Y la otra es el IFE, que también tiene el mandato social de vigilar que los procesos electorales sean apegados a la ley, limpios, sin problemas, y tiene una autonomía que cumple y responde a la sociedad por la forma como lo hace; no hay más.

¿Cómo hacer practicable esta cuestión de la solvencia? Con la evaluación, el reporte de la institución a la sociedad de lo que está haciendo. La UNAM lo hace publicando cada año su cuenta anual y su presupuesto, y tiene evaluaciones externas nacionales e internacionales, así como evaluaciones internas. Pero en un sistema de educación superior debiera estar ligado el rendimiento de cuentas al proceso de asignación presupuestal, de tal manera que de forma muy transparente se diga cómo estoy cumpliendo con la misión que he definido y ha sido aceptada por la sociedad y de la cual estoy responsabilizado; cómo estoy cumpliendo para definir cuántos recursos tengo para realizar mi trabajo. Esto no lo tenemos.

Serían los instrumentos para legitimar una política de financiamiento, transparente, donde no haya reclamos de discrecionalidad, etcétera.

Sí, que si la universidad X es más pequeña o más grande y recibe menos por los alumnos, no creo que sean las maneras de evaluar. Ojalá esto se pudiera dar, es algo por lo que luché muchísimo desde que estuve en ANUIES, pero bueno, era muy complicado y nunca se instrumentó.

Ahora estamos claros que cualquier cosa que afecta ese ejercicio, ya sea una intervención política de un grupo, partido o individuo o la disrupción de la vida académica, son alteraciones de esa autonomía.

¿Cuál es su opinión sobre la actual organización o desorganización de los académicos?

El gran ausente en todo este conflicto fue el personal académico. Por varias razones no creo que el personal académico haya jugado el papel que debería y me preocupa. Estoy convencido de que el elemento de protección más importante que tiene una institución como la Universidad es su personal académico. Esto faltó, pudiera ser porque no había estructuras formales -que las hay en ciertos lugares pero que se van desvaneciendo porque la gente está metida en otras actividades- se va perdiendo la frecuencia de las reuniones y acaba por no tener un sentido claro. Adquirir la disciplina de que en todo momento esto es algo que debe estar vigente para el bien académico de la Universidad, no para estar haciendo grilla, no creo que sea sencillo y no se da en la mayoría de las universidades que conozco. Tienen otras formas de organizarse, más colegiadas, más de unidades académicas pequeñas, que están haciendo su trabajo y de repente también pueden incorporar otros aspectos que no son estrictamente los de la vida académica.

¿Es lo suficientemente sensible el marco de la Universidad a los estudiantes, los entiende?

Creo que no. Así como digo que los colegios formales del personal académico que se reúnen una vez al mes no los he visto en ninguna parte, también puedo decir que en esos lugares hay organizaciones estudiantiles que nosotros no tenemos, y que en algún momento hasta llegaron a desalentarse en la historia de la Universidad. Hay que cubrir ese hueco, probablemente usted recuerda que al final del Congreso tuvimos un esfuerzo de ver si se podía sacar una cosa de este tipo, pero estas iniciativas generadas desde la rectoría, cualquier cosa que huela a autoridad, tienen probabilidades muy escasas de éxito. Las formas que teníamos de incorporar los puntos de vista de los alumnos a la vida de la Universidad estaban en los consejos, por eso me parecen tan importantes como centros de captación de los puntos de vista de los estudiantes.

¿Los Consejos Académicos o los Técnicos?

Como órganos de autoridad, en la visión que yo le di de los Consejos Académicos, deberían ser estos órganos. El problema es que con no poca frecuencia se establecen condiciones, cuando hay un director autoritario, que pasa por encima de las obligaciones y atribuciones y relega a los estudiantes. Y diría que, sin llegar a eso, la relación de los alumnos con sus consejos es de confrontación y no de intercambio inteligente. Mi impresión era que al salir de este asunto más provinciano a un margen más amplio, la participación de los alumnos podía ser más enriquecedora. Habría que buscar un camino para la incorporación de la opinión de los alumnos. Que sea bajo la forma de estos órganos de autoridad académicos y/o también por la presencia de las sociedades de alumnos, colegios de alumnos. No discutiría ahora la modalidad; lo que creo se debe evitar es la gangsterización de ciertos grupos en la representación.

Biblioteca Nacional
Foto: Gustavo Guevara

El rector De la Fuente señaló que las presiones extrauniversitarias alejaron la posibilidad de una salida adecuada al paro. Esa participación sin duda la vimos, la percibimos, no sólo en cuanto a posturas políticas sino en cuanto a presencia física, pero el CGH también es fruto de ciertas culturas instaladas en la UNAM.

Pensar que la Universidad va a funcionar sin incidencia de la realidad social, económica y política del país, no puede ser. Afortunadamente la Universidad es una sección cruzada, la más amplia que uno podría encontrar, de todos los sectores sociales, y eso es muy afortunado porque le da a la institución una riqueza que muchas otras no tienen. Todo esto, evidentemente, se refleja en su interior. La cuestión es cómo verlo. No creo que sea simple ni trivial, porque tampoco lo es transmitir la idea de que la Universidad no es responsable de la mayor parte de las situaciones que generan actitudes contestatarias. Estas son originadas por otras razones que no tienen que ver con la institución y, al contrario, la Universidad está formando gente que puede cambiar ese escenario, y no debería volverse el foro para dirimir cierto tipo de inquietudes y de percepciones no justificadas. Uno tiene ahí toda una mezcla de gente que efectivamente ve frustradas muchas de sus posibilidades y también cuesta mucho trabajo desfrustrar, revertir a través de la formación, de la educación. Y aquí viene toda una serie de cuestiones de lo que se vio en la familia, en los círculos sociales, en el ejercicio de la autoridad pública, de su abuso y su corrupción. También está la intromisión de intereses políticos. Se ha formado esta amalgama de, por un lado, jóvenes con una visión de cosas que tienen que cambiar y lo están haciendo de manera limpia y honesta, y también una mezcla de manipulación y politización evidente. La intercalación de estos elementos es difícil de separar.

¿Qué actitudes, para hacer factible el Congreso, esperaría presenciar o le exigiría a los distintos actores?

Hay varias cosas importantes. La primera es evitar las falacias o trampas de lo que es la Universidad y lo que sucede en ella. Una falacia es que en la Universidad todo está mal. Y hay otra tendencia que, cuando uno dice que no todo está mal, lo califican de no querer cambiar nada. Debemos ser más sensatos. En parte, los medios se han encargado de mandar la discusión precisamente a los polos y no, ahí no se encuentran las propuestas concretas para cambiar lo que resulte necesario.

Otro asunto es la polarización. Pienso que la vivida en 1990 fue relativamente más sencilla que la colisión, la crisis de los últimos meses, y va a ser más complicado distender y calmar los ánimos, pero es necesario.

En 1990 fuimos a un Congreso cargado de expectativas. Ahora, ¿sobre qué temas colocaría sus prioridades?

Insistiría sobre todo en aquellas cuestiones que tienen que ver con la formación de los alumnos. Un gran problema es que hubo una pérdida de los mecanismos de ingreso de muchos jóvenes, por un lado y, por otro, se deterioraron los recursos formativos de los profesores.

¿Habría que priorizar la educación de masas?

Sí. Pero, ¿cuándo hablamos de educación de masas? Con 20 mil o 30 mil estudiantes ya se atienden masas, como ocurre en la Universidad de California, o la de Michigan, o la Complutense de Madrid, que tiene tantos o más estudiantes que nosotros a nivel de licenciatura. No estoy de acuerdo con que educación de masas sea igual a problemas, hay que ver cómo se desmasifica teniendo diez veces más universidades públicas que cuando se dio el crecimiento y cómo se modifican las situaciones de lo que ya existe. Yo no hubiera diseñado algo así, ni usted tampoco, pero es lo que tenemos y debemos ver cómo dar soluciones a la educación y la formación de todos estos estudiantes.

Debemos atender problemas como la deserción de los alumnos. Es lógico que cuando un alumno tiene una atención más directa del profesor se reducen los defectos indeseables que generan la salida de los estudiantes. El problema también tiene que ver con que no hay otras opciones educativas en el nivel superior y es necesario realizar cambios. Muchos chicos estarían más interesados y adecuados en estudios de tres años en el nivel superior en lugar de cinco años. Pero estas opciones, primero, son pocas y, segundo, todavía no se aceptan socialmente como maneras realmente apropiadas de formación. La Universidad tiene que hacer sus cosas en esta dirección. También insistiría en la mejoría de la formación del personal académico, particularmente del bachillerato. Mientras éste siga siendo parte de la Universidad, una de las tareas prioritarias debe ser brindarle un apoyo muy grande.

¿Habría que abandonar la idea de Prepas por un lado y CCH por otro?

En varias partes el eslabón más dejado de la mano de Dios ha sido la educación media superior. Uno de los problemas es la multiplicidad de planes de estudio y formas de funcionamiento en el bachillerato. Hay que buscar cómo arreglar esto, quizá ver la forma de tener un sistema único. Sé que esta idea genera muchas resistencias entre quienes consiguieron el CCH y quienes han tenido la dirección o la participación en la Escuela Nacional Preparatoria, pero hay que entrar al tema. A lo mejor para enriquecerlo con lo más valioso de los dos y tener un sistema que reduzca los inconvenientes de una y de otro.

Habría que revisar, también, los mecanismos de participación en general de la comunidad en los órganos de autoridad, desde el Consejo Universitario hasta los Consejos Técnicos, para hacerlos más adecuados a la dimensión de la Universidad. Era parte de lo que estaba involucrado en la revisión del Estatuto General. Así como se hizo la modificación para la participación del personal de investigación, una de las cosas que estaba en el aire era si tiene sentido que una escuela pequeña como la Escuela Nacional de Artes Plásticas o Música tenga la misma representación que una escuela enorme como Contaduría o una escuela tan diversificada como Filosofía o una de las ENEP.

Y está la versión terminada del Estatuto del Personal Académico como un insumo.

Sí. La revisión de estos reglamentos y estatutos implica procesos complejos, hay que construirlos en consenso, y eso lleva tiempo. No quiero decir que sean interminables, sino que no son cosas que se puedan decidir verticalmente con la opinión de dos o tres personas, como quizá deba hacerse en otras instituciones.

Por otra parte, no creo que las relaciones laborales con el STUNAM puedan seguir igual. Es un tema con 50 mil aristas, nadie se atrevió a tocar esto en el Congreso del 90, y se debe revisar. Lo traté de hacer pero con muy poco éxito, porque tampoco es algo en lo que pueda decir que desde el mes entrante las relaciones laborales se van a modificar. Además hay límites establecidos a nivel federal de las cosas que se pueden hacer y las que no, y estamos también atados por ahí.

Me parece que la visión de estas nuevas cosas que la Universidad debe hacer, de las nuevas maneras como debe operar, de una mayor movilidad horizontal de los alumnos, acotada de manera que tenga sentido académicamente, es decir, que no sea el resultado de un movimiento browniano, que sería muy irresponsable en términos de los resultados para los estudiantes al final de su estancia en la Universidad, es otro de los aspectos que se deberían analizar con mucho cuidado.

Y, finalmente, la organización de una manera federada o modular, que ha recibido muchos nombres. En mi rectorado se avanzó con lo que en ese entonces llamamos la federalización de la Universidad, dándole mayor autonomía, no solamente administrativa -eso lo concretamos-, a las ENEP, por ejemplo, y también a los sistemas de bachillerato. Debería haber mayor autonomía académica. Podría fácilmente analizarse que las ENEP o FES tuvieran sus propios consejos, casi Consejos Universitarios o sus equivalentes, que les dieran una operatividad propia y no tuviéramos que estar ligados necesariamente al otro campus que sería Ciudad Universitaria; que cada uno, por la historia que ha tenido, por la personalidad con que cuenta, por las carreras que ha cultivado, tuviera también su propia misión. Se podría pensar también en las figuras de vicerrectores o rectores de estas unidades; fue algo que discutimos mucho y quedó muy cerca de instrumentarse; no falta mucho para que esto se lleve a cabo.

¿Cómo ir los siguientes meses?

Hay que hacer un esfuerzo muy intenso para encontrar el punto central, a partir de la reflexión de para qué estamos en esta Universidad, cuál es nuestra responsabilidad con la sociedad mexicana que paga nuestra tarea. Y ver cómo podemos limar o resolver las diferencias de opiniones entre distintas comunidades. Si esta Universidad se pierde va a ser culpa de los universitarios, a pesar de que no creo que el conflicto sea culpa de los universitarios. Ha sido un conflicto impuesto sobre la Universidad, pero el hecho es que si no la defendemos, si no la cuidamos, si no la guardamos, va a ser culpa de la comunidad universitaria y, en gran medida, en una proporción muy alta, del personal académico, particularmente el de carrera.

Espero que nos demos cuenta de lo que significa la universidad pública para el país. Odiaría pensar qué tipo de país tendríamos, en los siguientes 15 o 20 años, sin una universidad pública fuerte. Me preocupa mucho que después de un periodo de fortalecimiento que se llevó a cabo en la actividad de cada salón, de cada facultad, de cada instituto, repentinamente tengamos algo que bruscamente la frene.

La pelota está en la cancha de los universitarios para definir el futuro...

En la de todos nosotros, no le veo otra. Reflexionando sobre todo lo que ha ocurrido en estos meses, al final el hecho real es que está en las manos de la Universidad. Es una tarea que nadie más va a hacer por nosotros

Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid.

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