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el navegante

Nuevos paradigmas de lectura

Julieta García González

Foto: Bernardo Moncada

¿Cuántos libros puede leer en una semana? ¿Uno, dos, siete? Y de los libros que lee, ¿qué tanto entiende? Y si entiende, ¿qué tanto disfruta? Estas preguntas pueden parecer ociosas y hasta ofensivas, pero el asunto de la lectura rápida y la comprensión de la lectura puede ser una permanente fuente de frustración y agobio para algunas personas. Una de las fantasías colectivas de los lectores es devorar libros en cuestión de horas. Como John Travolta en Fenómeno: simplemente abrir un libro, poner sobre sus páginas la vista y digerir las palabras ahí escritas.

El 18 de febrero apareció en la revista electrónica Slate (www.slate.com) un artículo llamado "Faster Pussycat! Read! Read!", de Daniel Akst. En él, Akst se fustiga por su aparente falta de velocidad de lectura y habla de la envidia que le despiertan quienes pueden leer rápidamente y sin sobresaltos, comprendiendo lo que leen. Akst investigó y llegó a la conclusión de que no era tan torpe leyendo y que la velocidad para leer tiene sus variantes: distintos libros y estilos exigen distintas velocidades de lectura.

El artículo de Akst y su investigación son un asunto interesante no sólo por la información que ofrecen (el número de palabras que una persona puede leer por minuto, las diferencias en velocidad entre la lectura de una novela o un libro de texto, los pequeños trucos que nos pone nuestra propia mente a la hora de leer) sino porque se publicaron en Internet. Akst hace que los lectores de su artículo se sometan a una prueba de lectura (para ver qué tan rápido lee el cibernauta un fragmento de novela y qué tanto lo entiende), después a una prueba auditiva (para corroborar la teoría de que escuchando comprendemos mejor las cosas) y después a otra serie de pequeños tests de lectura. El autor recomienda un libro (Speed Reading Naturally, de Lillian P. Wenick, en www.barnesandnoble.com), algunos sitios web (el mejor, de la Universidad de Texas, tiene un programa llamado "Speed Reading at the LSC" en www.utexas.edu/student/lsc/rwssl/srho) y otro artículo relacionado con el tema, publicado también en Slate.

Esta parafernalia que rodea a un tema, toda esta "interactividad", sería imposible fuera de Internet. Esto no quiere decir, desde luego, que la lectura de una revista impresa o escuchar noticias o información en la radio o a través de otro medio carezca de validez o sea pobre. Más bien, es una señal que nos indica la velocidad y la capacidad que hemos alcanzado para consumir y generar información. La red alberga muchas de las posibilidades de interacción que requerimos. Pero esto cambia casi a diario. Cada vez con mayor frecuencia necesitamos combinar y completar la información: audio, video, interacción inmediata con otros navegantes, pruebas y exámenes que den resultados en segundos, medidores automáticos de respuestas... La importancia de leer rápido parece estar relacionada con otra cosa: con una voracidad infinita por la información (consumida en cuanto es producida). No se trata de la necesidad de leer más rápido para leer más, saber más y disfrutar más, sino de leer más rápido para estar al día. Aunque Akst, la señora Wenick y los estudiosos de la Universidad de Texas no mencionan que la lectura rápida tenga una relación directa con la sobreoferta, la auténtica avalancha de material para leer, conocer y saber, me temo, es la razón por la que hay mucha gente interesada en leer más rápido. Los cibernautas, sin embargo, tienen otra forma de lectura: más rápida, más ágil, seguramente menos atenta a los detalles. Porque de ellos es ya el paraíso de la información, son ellos y sus exigencias quienes cambiarán el rostro de la información emitida y establecerán los nuevos paradigmas de lectura rápida. Así, encerrados en este círculo, parecería que el interesante artículo de Akst se refiere a otra época, a pesar de aparecer en la red: los cibernautas no quieren sólo libros y lectura rápida; quieren lo que Akst, a través de Internet, les ofrece: una perpetua, veloz, e impersonal interacción

Julieta García Gonzálezestudió Letras Hispánicas en la UNAM.

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