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Hoguera de las vanidades

José Carlos Castañeda

Foto: Santiago Salmerón/Contraluz

Ante la pluralidad de la vida pública mexicana, los actores políticos se encuentran desconcertados. Un dilema ha cobrado fuerza y, en apariencia, al menos, se ha convertido en el canto de las sirenas de la -antes denominada- oposición al régimen. La alternativa consiste en continuar el esfuerzo de construir una identidad política con principios y programa claros para fortalecer una posición electoral o aventurarse en la campaña de un frente opositor en contra del partido hegemónico en el gobierno: el PRI; algo semejante a una apuesta entre el pluralismo o el antagonismo. La disyuntiva está en escoger cuál es la prioridad para los partidos y los ciudadanos. Se trata de decidir sobre el futuro y el rumbo que debe tomar el proceso de la transición democrática: primero derrotar al PRI y, luego, ventilar las diferencias entre los partidos y los proyectos; o primero construir las identidades y marcar las diferencias políticas y, después, ganar las elecciones.

¿Urge tanto sacar al PRI de la Presidencia, incluso aunque hasta ahora ninguno de los partidos por sí mismo obtenga la mayoría? ¿Es ineludible para terminar el proceso de cambio político la alternancia en la Presidencia de la República, incluso con el costo de no tener una identidad política definida ni un proyecto de gobierno común, ni siquiera un frente opositor estable y unificado bajo ciertos principios mínimos? ¿Es suficiente para lograr la unidad, el liderazgo de un personaje que construye su proyecto según el humor de su público?

El dilema de las alianzas se ha convertido en un espejismo de fin de régimen. Es una suerte de talismán mágico pero engañoso. Invita a una ilusión política digna del más precario y peligroso ejemplo de unanimidad artificial: todos estarán juntos sólo si es contra el gran enemigo; y en el caso mexicano, por supuesto, el adversario a vencer -dicen paladines de la alianza- es el PRI-gobierno. Los entusiastas de la alianza opositora pareciera que se rehusan a admitir que la sociedad mexicana no es un todo homogéneo y uniforme, ni siquiera a la hora de expresar sus fobias o enemistades; si algo define con claridad a la nueva sociedad civil es la pluralidad política. En este momento, según muestran las encuestas, la intención de voto se ha repartido en un espectro amplio y diverso. Este escenario pluralista suscita desconfianza en los nuevos demócratas que consideran la nueva diversidad como una amenaza, una especie de cómplice a vencer, porque es muy probable que la dispersión del voto en seis partidos termine por favorecer al PRI. ¿Paradojas insoportables de la nueva democracia?

Al parecer para muchos de los analistas y para casi todos los políticos de oposición, la sinuosa transición a la democracia mexicana no estará finalizada hasta que la alternancia en la Presidencia de la República se obtenga. Esa sería la prioridad. Para los defensores de la alianza, el único obstáculo para la democracia es el PRI, de modo que derrotarlo debe ser el único desafío. Sin importar cómo ni a qué costo, ni siquiera si existe algún otro nivel de acuerdo entre los grupos opositores. Lo cierto es que tal como van las cosas, y tras la experiencia previa de un acuerdo malogrado, todo indica que ni siquiera en ese punto están de acuerdo los autodenominados opositores. Se han puesto tantas trabas al frente común que nadie debiera tomar en serio tanta especulación y falsas promesas. Quizá el mayor crítico de la alianza son los propios líderes de la oposición; quienes han actuado con la soberbia y la ambición personal digna de los más legendarios caudillos.

Si no pueden unirse es porque han puesto el peso de sus candidaturas y su personalidad por encima de cualquier compromiso y pagan las consecuencias de ese orgullo. No estamos ante un acuerdo de proyectos políticos comunes sino frente a una disputa de temperamentos inconciliables, que aman demasiado su propio espejo. Y en la hoguera de las vanidades nadie está dispuesto a abandonar su lugar

José Carlos Castañeda es editor de Nexos.

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