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teatro Monólogo a dos voces
Gabriel Rovirosa
Teatro íntimo y mínimo, de equilibrio y limpieza escénica, podría definirse la última propuesta teatral de Patricia Rivas, La terapia del suicidio, un "monólogo a dos voces" basado en la vida y obra de Anne Sexton, esa incurable y nunca bien portada "neurótica" premio Pulitzer (1967) por su obra Live or die. Y digo "monólogo a dos voces" porque si bien la obra es un diálogo en sentido estricto, se trata de una conversación donde el interlocutor del personaje parado físicamente sobre el escenario es una voz sin cuerpo presente. De esta manera, el hilo conductor de la puesta en escena está marcado por la pregunta: "¿Por qué no me contesta, doctor?", frase sin respuesta, botella lanzada al mar de la incertidumbre total. Patricia Rivas apuesta -como en algunos de sus trabajos escénicos anteriores, principalmente La reina del porno-show, basada en textos de Almodóvar- a ese placer del cuerpo expresado por sí mismo. En La terapia del suicidio el cuerpo habla su propio lenguaje: es un fantasma que deambula solitario por el hospital psiquiátrico, es un desnudo quejoso y sufriente sobre la camilla de electrochoques, es la dama de rojo que fuma y exige demandante en soledad, a la vez que se queja de su dolencia existencial, mujer sentada al diván de las preguntas sin respuesta, las respuestas sin pregunta, "¿por qué no me contesta, doctor?". Reducidas la vida y obra de Anne Sexton a las imágenes teatrales que Patricia Rivas construye en tres cuadros -a riesgo de caer en la estigmatización y la caricatura-, sirven como pretexto para poner en duda la eficacia de la práctica psicoanalítica en el tratamiento de espíritus atormentados como el de la notable escritora. "La terapia es un arte menor", es una de las conclusiones a las que nos remite el texto del monólogo de Patricia Rivas, quien enfrentada a sí misma sabe sacarle partido a la voz en off, ese otro personaje sin cuerpo interpretado en tono fársico por Alejandro Reza, y que dota a la escena de una dimensión transescénica, aunque aquí cabría hacer la acotación de que el traslape -en algunas ocasiones- entre esas dos voces resta eficacia a la representación, lo mismo que la falla en los oscuros totales de algunas transiciones.
El título de la obra es en sí mismo una paradoja (la terapia del suicidio) y es en ese juego contradictorio que la luz del reflector ilumina y desnuda el cuerpo y la voz de la personaje-actriz: Patricia Rivas nos presenta (representa) una Anne Sexton (víctima) desquiciada tras la tortura psicológica (e incluso física), de la "terapia" que -de acuerdo con la tesis central de la puesta en escena- la lleva irremediablemente a la muerte, al mismo tiempo que nos presenta (escenifica) una Anne Sexton (mujer poeta) indestructible, burlona y seductora. Podría decirse, en resumen, que Patricia Rivas nos enseña en La terapia del suicidio cómo es posible ejercer la imaginación teatral con plena legitimidad. Sin embargo, de acuerdo con la idea que los biógrafos nos dan de Anne Sexton podríamos llegar a la conclusión de que su vida ilustra un viaje que la llevó de ser una madre amorosa a convertirse en una outsider, y ver así cómo -más que encasillarla en el papel de una víctima- representó un modelo de comportamiento subversivo que paradójicamente alentó su prestigio artístico ante el desconcierto de su público. En última instancia y en términos del montaje teatral, lo que queda por preguntarnos es en qué medida el personaje de Patricia Rivas nos acerca o no a la riqueza y profundidad de una existencia como la de la poeta en cuestión. A fin de cuentas, voz única -y ¿qué voz no es única?-, la de Anne Sexton trasciende el escenario La terapia del suicidio, de Patricia Rivas, se presenta hasta el 12 de marzo en el Foro Antonio López Mancera del Centro Nacional de las Artes. Sábados, 18:00 horas. Con Patricia Rivas y Alejandro Reza. Gabriel Rovirosa, narrador y ensayista, investigador en el Centro de Investigación Teatral Rodolfo Usigli (CITRU). |
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