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textos Acción directa
Geraldine Lublin
A nadie escapa la avasalladora ola de cambios que nos ha traído a las puertas del año 2000. Tanto en el orden económico como en el científico y tecnológico, nuevos aires han ido renovando las estructuras anteriores. La tan mentada globalización parece haber arrasado con todo. ¿Y qué sucede en la esfera de la política? Ante las inapropiadas respuestas que brindan las instituciones políticas en esta coyuntura finisecular, no es fácil resistirse al escepticismo. Sin embargo, una parte de la ciudadanía de esta supuesta nueva comunidad mundial contrapone al "está todo podrido, no hay nada que hacer" la denominada "acción directa", que tanto inquieta a la Interpol. Un ejemplo muy claro de esta nueva modalidad de participación fue el desbaratamiento de la última cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC) realizada en Seattle. Los 40 mil activistas de todo el mundo que tomaron las calles y confrontaron a la policía encontraron finalmente una forma de hacerse oír. El propósito de lo que se considera la muestra más importante de activismo mundial y la protesta estadounidense más populosa desde la guerra de Vietnam era manifestarse contra la globalización corporativa y los excesos del libre mercado. Pese a que algunos grupos se volcaron a la violencia y provocaron desmanes, la mayoría de los participantes se adhería a una resistencia pacífica. Quienes protestaban contra lo que ven como una OMC que sólo actúa como herramienta para servir exclusivamente los intereses del capital transnacional eran ONGs sociales y ecologistas, grupos religiosos, sindicatos, anarquistas, agricultores, zapatistas y hasta algunos monjes tibetanos. Al igual que el mucho menos espectacular Carnaval contra el Capitalismo celebrado el pasado 18 de junio, los acontecimientos del 30 de noviembre contaron con homólogos simultáneos en diferentes ciudades del mundo. Otra batalla de esta guerra de la acción directa se da en el campo de la lucha contra la agricultura producto de la manipulación genética. Tras reclamar sin éxito estudios más serios antes de que se siguiera adelante con las peligrosas plantaciones transgénicas experimentales, ciudadanos estadounidenses y europeos decidieron tomar el toro por las astas y destruir con sus propias manos estos "cultivos Frankenstein". Pese a contravenir la ley y sufrir las consecuencias, los infractores se mostraban orgullosos de su accionar y destacaban que era el único camino que les quedaba. Un indicio que parece confirmar que el poder ha pasado de los gobiernos a las grandes corporaciones es el hecho de que los reclamos contrarios a los alimentos transgénicos no apunten a las oficinas gubernamentales sino preferentemente a empresas y supermercados. Grupos de personas con intereses comunes se congregan espontáneamente o no tanto para pasar de las palabras a los hechos. Si la pancarta de los años 80 despotricaba contra la carrera armamentista, la energía nuclear, la contaminación y la opresión al Tercer Mundo, a estos blancos se han sumado ahora cuestiones más generales como el cruel sistema del comercio mundial, las megacorporaciones transnacionales, la deuda de los países en desarrollo y hasta el propio sistema capitalista. La diferencia es que hoy en día los manifestantes actúan predominantemente en forma individual. No se trata de movimientos sociales o políticos en el sentido tradicional. Esta nueva generación de los forajidos de siempre no se limita a acarrear carteles y entonar cánticos de protesta sino que pone el cuerpo en acciones conflictivas que provocan respuestas inmediatas. No existen las jerarquías ni hay dirigentes que ejerzan el control, e incluso algunas agrupaciones se autoproclaman desorganizaciones. Hay una tendencia a la descentralización que no impide construir coaliciones en torno de consignas específicas. Esta forma de oposición al statu quo gana cada vez más adeptos tanto en los círculos intelectuales como en otros sectores de la sociedad que tampoco se encuentran conformes con las condiciones actuales. La acción directa parecería constituir una forma legítima de participar en los procesos de toma de decisiones. Hay quienes señalan que es signo de un conjunto social que goza de buena salud, siempre que se lleve a cabo abiertamente y sin recurrir a la violencia. Como signo de los tiempos aparece Internet, tecnología esencial de la que depende el accionar de estas nuevas formas de disidencia. Los salones de chateo y el correo electrónico constituyen los principales canales de comunicación, y es la red de redes la que permite organizar grandes manifestaciones simultáneas en escala mundial. Desorganizaciones tales como People`s Global Action, Direct Action Network o Reclaim the Streets proclaman su disconformidad desde numerosos sitios web que instan a la desobediencia civil y asesoran sobre métodos para movilizar a la comunidad propia. Incluso están los autodenominados "ecoguerreros electrohippies" que amenazan con realizar sentadas virtuales con el fin de hacer caer los sistemas de computación de grandes empresas. Gracias a Internet, las medidas de acción directa tienen respuesta más rápida, logran mayor alcance y resultan más difíciles de controlar. Ante la ausencia de los elementos de una organización tradicional, la policía recurre sin éxito a gases lacrimógenos, balas de goma, vehículos blindados, divisiones montadas y efectivos adicionales. Las fuerzas de la ley y los gobiernos se ven en la situación de desarrollar nuevos métodos para abordar un fenómeno que escapa a su control. A lo largo de la historia la gente ha salido a la calle cuando ya no le quedaba otra forma de expresión. La frustración producto de la impotencia se transforma en acto. Las voces que no encuentran eco en las figuras que ejercen el poder canalizan su bronca y se vuelcan a la acción directa, la forma de protesta más efectiva de estos tiempos, si no la única. Hasta una eventual represión es preferible antes que los oídos sordos de los poderosos. Si bien la "Batalla de Seattle" se ve como una reacción desmesurada, apelar a los canales apropiados no había dado frutos en oportunidades anteriores. Por ejemplo, cuando Estados Unidos intentó prohibir las importaciones de camarones asiáticos capturados con métodos perjudiciales para las tortugas, la OMC no lo permitió. Tampoco tuvo éxito la Unión Europea en su afán de impedir el ingreso de carne vacuna estadounidense tratada con hormonas. Si los organismos internacionales poco pueden hacer contra el poder de las grandes corporaciones, más inermes se encuentran desde luego los gobiernos nacionales depositarios del mandato de los ciudadanos. Quizá estos "asaltos" sean intentos de encontrar un modelo político que se corresponda con la dinámica actual. En palabras de Jonathan Freedland, expresadas en un artículo publicado en el periódico británico The Guardian, "la noción actual de democracia, el elegir gobiernos nacionales a fin de expresar soberanía nacional, es cada vez más superfluo. No puede funcionar como se necesita debido a que proviene de una época pasada. Pedirle a la anticuada democracia de los estados nacionales que dome a Microsoft es como intentar frenar un automóvil tirando de las riendas". A la espera de que surja un mecanismo político compatible con la sociedad de fines de milenio, probablemente se seguirá echando mano de la acción directa a la hora de expresarse. ¿Evolucionará esta modalidad hacia una nueva forma política orgánica? ¿Cuánto tiempo más llevará? La respuesta, como ya se nos ha dicho, está soplando en el viento. Y ahora también en la fibra óptica que conecta con Internet Geraldine Lublin es traductora y periodista. Vive en Londres. Texto tomado deSitio al margen, revista electrónica argentina |
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