![]() |
el país | el mundo | dinero | columnas |
| gente | ciberia | águila y sol | medios | |
| ensayos | mañana | libros | cultura | |
| espectáculos | tianguis | etcétera | ||
|
cultura |
||||
|
exposición teatro danza
|
puros cuentos Resignación
Rocío Fiallega
Jadeo, ansiedad soslayada y predecible incertidumbre eran los rasgos distintivos de su expresión, antes quieta y resignada. No me había visto, o al menos lo ocultó. De cualquier manera, pude detenerme a dos pasos de su mesa y contemplarlo por morbo, curiosidad bien intencionada o compasión, unos segundos más. Llevaba puesta una gorra azul, más propia de un niño que de un hombre de su edad, por lo demás oscilante entre los treinta y los cincuenta años para quien no lo conociera. Por fin, decidí sentarme sin previo aviso. No nos saludamos. -¿Qué va a suceder ahora? -pregunté simulando una preocupación que por fuerza desaparece cuando ya se sabe la respuesta. -No sé -masculló mientras tosía con levedad por pasar la saliva bruscamente-, supongo que me iré -agregó sin subir la voz-, mas no demasiado lejos, ni demasiado tiempo. Finalizó, y tocó la visera de su gorra. Seguía siendo el mismo, al menos en sus manías o ademanes pueriles, como hacer trizas los papeles que envolvían los popotes en los restaurantes. -¿Nunca te dicen nada los meseros? -pregunté mientras soplaba los papelitos, como tratando de hacer figuras. No me contestó. Luego de tres enfadosos o relajantes minutos, o poco más, comenzó el monólogo. -Ella era linda. Buena de verdad. Es cierto, no creas que lo digo ahora que está muerta, o algo así. Cierto que casi no nos hablábamos, pero eso no importa. La miserable era buena, y me quiso. No le inquirí sobre la forma como había ocurrido, mas infiero que adivinó mi curiosidad, porque siguió hablando, luego del suspiro que se lanza cuando algo se ha contado o va a contarse cientos de veces. -Fue de lo más estúpido, ¿sabes? Un día se mete a su recámara, al otro día igual, y así durante tres años. Toda la mierda que han inventado es falsa. Nunca pasó nada. Ni un accidente, ni una pelea, nada. Simplemente un día, luego de regresar de comer, se metió a su cuarto, apagó las luces, y lloró. Berreó durante varias horas, y yo me limitaba a verla. Era como un bulto temblando de frío. Nunca le pregunté nada, pero ella no me dijo nada tampoco. Comenzó a hacer cosas extrañas, ¿sabes? Se puso a pintar y, sobre todo, a dibujar. Dibujaba un rostro, y lo quemaba, o lo tiraba a la basura. Lo mismo hacía con todos, menos con los de las manos. Dibujó docenas de formas, posiciones, tamaños e intensidades de manos, todas distintas y una que otra increíble, con siete dedos, y así. Yo me dedicaba a trabajar, y sólo llegaba a la cena. La comida siempre estaba preparada y servida. Pero ella no se quedaba mucho tiempo. En cuanto terminaba el último bocado, me retiraba el plato, lo lavaba, me besaba la mejilla y se largaba al desván que después fue su estudio, y después fue su cuarto. Sin avisarme, llevó una cama vieja que estaba en el otro cuarto y se instaló. Cierto que con el paso de los meses me llegué a aburrir y hasta a enojar. Pero no mucho. Siempre accedía cuando yo le pedía que viéramos juntos una película, o cenáramos fuera los fines de semana. Hasta dormía en nuestro cuarto algunas veces, mas no me gustaba pedírselo a menudo, porque sentía que apartaba su atención de algo importante y se quedaba muy triste y muy callada. Y no hablaba mucho, hasta hace quince días. Una mañana se despertó muy contenta, o al menos afable conmigo. Antes de irme al trabajo me colmó de cariños, me dijo que me cuidara, que no volviera muy tarde, y que cuando alguien tiene el pelo muy maltratado y demasiado largo se lo corta, y yo no entendí un carajo. Al anochecer regresé, y sólo estaba una nota, siempre vio demasiada tele, ¿sabes?, y decía que se había ido a un lugar lejano, a morirse, porque estaba muy enferma y no le quedaba mucho. De hecho quién sabe si cuando yo leyera esas líneas seguiría viva y por eso se marchaba. Si está realmente muerta, no me consta, ¿verdad? Pero a una mujer que te ha escuchado tantos años quedándose callada, ¿qué puedes hacer si no creerle lo único que te ha confesado en años? Intempestivamente un automóvil se detuvo al lado del café, y pude ver por el ventanal que bajaba una mujer con el perfil recto y delicado, idéntico al de la susodicha. Fingí no verla, pero él notó mi sobresalto y miró hacia la calle. La desconocida entró al café, y logramos mirarla de frente, con detenimiento, hasta que se sintió incómoda. Sólo el perfil se parecía. -¿Qué puedes hacer si no creerle? -repitió, mientras recobraba su semblante seco e inexpresivo de toda la vida. El jadeo cesó, y también la conversación. -No te la pierdas mucho tiempo, gañán -le dije, con una mueca que imitó torpemente a una sonrisa. -No -contestó con tranquilidad, y nos despedimos Rocío Fiallega estudió Comunicación en la FCPyS de la UNAM. |
|||
|
|