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La larga espera
de la democracia

Gerardo Estrada/
Seymour Martin Lipset

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

letras

El gran teatro del mundo
España y su drama en tiempos de Calderón

Carlos Guevara Meza

Aprender a mentir

"Siluetas toledanas", de Pablo Picasso

Quizá sea algo arriesgado afirmar que el teatro español fue esencialmente un arte de resistencia. Y que esa resistencia recayó, en lo fundamental, en la capacidad de mentir, de ocultarse, de engañar. Pícaro es la palabra que define, tal vez, el esquema del drama. Pícaro es el que siempre escapa, por los pelos, de los peligros en que lo coloca un orden autoritario y dogmático, signado además desde finales del siglo XV por un racismo infame que anda pidiendo la pureza de sangre, la antigüedad en la fe católica y la hidalguía. Y que escapa a fuerza de embustes y mudanzas. Quizá de ahí que los personajes más entrañables del drama español sean la alcahueta más que los amantes, el buscón más que el hidalgo, el lazarillo más que el amo ciego, el criado más que el galán, el villano más que el caballero.

Si la Leyenda Negra fuera cierta, según los cálculos, Torquemada y sus continuadores se quemaron más de un cristiano y medio al día. Si fuera cierta, una vez en sus garras, con razón o sin ella, se sufrían las más atroces torturas, por lo que la única manera de escapar al dolor y al fuego condenatorio era, paradójicamente, confesarse culpable, con verdad o sin ella. Si fuera cierta, se entiende entonces la necesidad de mantenerse en los linderos, en las sombras, en los lugares ciegos. Se entiende la urgencia de salir por la puerta trasera con un conpermisito discreto y a tiempo. Es más seguro, sin embargo, que la Inquisición española de los siglos XVI y XVII se destacara más por su ineptitud que por su eficacia, en comparación con los empeños persecutorios de los puritanos en Ginebra, Gran Bretaña y Nueva Inglaterra. Y, desde luego, España jamás vio una Noche de San Bartolomé.(1) Es posible que regiones enteras de la península jamás vieran con sus propios ojos un auto de fe, y que cuando se enviaba un oidor a visitar una aldea, el mismo cura alertara a sus feligreses de lo que debían decir y hacer, aunque sólo fuera por no obtener el dudoso honor de ser responsable de una herejía en su parroquia. Lo que sí es cierto es que hay un proyecto de vigilancia y castigo, aunque carente de medios reales para implementarse, pero implacable cuando puede, y que en más de una ocasión se ejerce por medios no institucionales, a través de particulares, motivados por razones que difícilmente tendrían que ver con el fervor doctrinario. Ello no comienza con Torquemada. Viene de lejos, en la frontera del milenio, con la lucha contra las herejías milenaristas y reformistas, los cátaros, por ejemplo, que se extienden por toda la región del Mediodía francés, en ese entonces y hasta principios del siglo XIII bajo la hegemonía aragonesa. Es en ese momento cuando la primera Inquisición se establece, y las matanzas masivas y desusadamente crueles transforman al juglar en un importante medio de comunicación entre los grupos desperdigados, y fuente de noticias para los ajenos a la lucha. Transmisión necesariamente en clave dadas las proporciones de la represión. Un mundo donde los santos mandan matar a todos sin distinción, confiando en que "Dios reconocerá a los suyos",(2) es un mundo peligroso también para los mensajeros, que han de romper sitios y cercos sin más escolta que su ingenio; sin más espada que su capacidad de mentir y disfrazar las verdades. La represión, sin embargo, funciona, y durante siglos hasta Lutero, el resto de los esfuerzos reformistas se quedarán en el seno de la Iglesia.

Por si fuera poco, una persecución particular se cierne sobre el teatro. La liturgia española, eminentemente teatral, ve en la representación, cuyo remoto origen es pagano y ritual también, un riesgo que debe combatirse no sólo con la persecución y la censura, sino también con la competencia de un drama directamente religioso. Por ello, decir que el drama español comienza con el Auto de los Reyes Magos es sólo una verdad a medias. Cierto que es el texto más antiguo conservado, pero del lado del mester de juglaría se extiende una tradición larguísima, con toda probabilidad fundamentalmente oral, proveniente desde los tiempos de la dominación romana, de las fiestas paganas de la fertilidad y de los carnavales cuyo origen son sin duda los rituales dionisiacos. Un teatro no de caracteres sino de máscaras, de alusiones sexuales, de desprestigio del orden cuya ruptura se festeja en la fiesta, enriquecido en el siglo XVI por la comedia dell`arte que trae Lope de Rueda, influencia fácilmente asimilable por sus similares principios, y que se continúa en los entremeses, pero no sólo en ellos. Imposible de combatir, el carnaval es reconducido a un espacio y tiempo específicos, más allá de los cuales la máscara -y la mascarada- no pueden permitirse. El cómico, pícaro confeso por razón de su oficio y en la misma medida, indefenso ante el acoso, debe hacerse pasar por pedagogo para evitar la acusación de impío. "Mostrar el mal para que no se haga" es la coartada perfecta para refocilarse en un pecado siempre derrotado pero jamás desmentido. La muerte súbita, el castigo sumarísimo del pecador, la ejecución imprevista, mantienen a raya la censura, y en su arbitrariedad, en su juego a la deux ex machina, pone en duda la justicia de la pena. Que el burlador sea llevado al infierno, sin posibilidad alguna de arrepentimiento, por el padre de la única mujer que no sedujo, quizá sea el mismo truco que la muerte de un Calixto, tan completamente accidental que nadie creería que se le reclama su pecado. La tradición del bululú, del ñaque y la gangarilla,(3) que en su continuo deambular por las aldeas, siempre llevan un auto sacramental para convencer al cura de sus buenas intenciones, y un par de entremeses para divertir al villano, es la tradición de la improvisación fluida, interminable, acotada siempre por los límites de una máscara, transmitida de padres a hijos durante generaciones y en la que el cómico se entrena desde pequeño.

Un pueblo acostumbrado a mentir, a disfrazar (y disfrazarse), pero no necesariamente hipócrita. Donde afirmaciones aparentemente contradictorias pueden coexistir en el seno de una cierta inocencia maliciosa o interesada, como el Sancho Panza de Cervantes que puede darse perfecta cuenta de la locura de su amo y, al mismo tiempo, seguir creyendo en esas promesas que son sus propios sueños.

El imperio del día

"Los santos mandan matar sin distinción"

Que el drama español haya tenido tanta influencia en otras literaturas -empezando por la francesa, cuyo sistema de producción es radicalmente distinto- se podría explicar por la relación de ambas con el misticismo herético del Mediodía. Pero sin remontarse tanto, es claro que en el siglo XVI el español es el imperio más grande que se haya visto en el mundo hasta entonces, con el añadido de que el mundo para ese momento ya no podría ser más grande. Circunnavegado ya, el orbis como totalidad ha dejado de ser un misterio (aunque se escapen aún los detalles y las exploraciones necesariamente continúen). El imperio donde "jamás se pone el sol" resume en una frase, quizá soberbia pero no exagerada, las dimensiones de ese monstruo que bajo Carlos V es casi la restauración del Sacro Imperio más las posesiones de América y el Pacífico. Y ese emperador de la casa de Austria, criado en Flandes e hijo de "la Loca" y "el Hermoso", libra cinco guerras contra Francia, además de la campaña contra Italia que incluye el sacco de Roma y la definitiva derrota histórica de la pequeña ciudad-Estado italiana (ya de por sí debilitada por el progresivo traslado del flujo comercial del Mediterráneo hacia el Atlántico) frente al gran Estado nación que venía gestándose desde los reyes católicos. Y si hasta la esgrima, ese arte tan naturalmente francés (con una escuela italiana aún famosa), es invención española difundida en aquellas tierras durante esas campañas, ¿por qué no el teatro?

Sin duda, hay algo más que la mera difusión imperialista de un drama que, de todas formas, no alcanzó su máxima altura sino cuando los muros de aquel imperio estaban "si un tiempo fuertes, ya desmoronados".(4) Quizá la esgrima, aunque suene curioso, brinde una pista de lo que España pudo aportar a Europa en ese momento. La esgrima moderna no es la de los nobles de caballo, lanza y armadura, sino la de los hombres de a pie. En un tiempo donde los soldados debían costearse su propio armamento, la espada más corta, delgada y ligera de la nueva esgrima es más apropiada para los hidalgos y mosqueteros que forman los tercios imperiales, y requiere menos fuerza que ligereza y astucia. Los franceses la conducirán a una racionalización extrema, con la simplificación de los batemanes y las paradas y, desde luego, le añadirán una etiqueta rigurosa. No es de extrañar que Descartes iniciara su producción literaria con un tratado sobre el tema. ¿Racionalismo español? Quizá, pero más importante aún es la inclusión del pueblo en guerras que antes libraban nobles y mercenarios, contiendas que ya son vividas no como conflictos entre monarcas sino entre naciones, y en las que el pueblo deja su impronta, como la deja en el teatro que, al igual que sus armas, él costea directamente, y en donde gusta de ver su "bajeza" enaltecida y su valor exaltado en las comedias de honor y en las de capa y espada, con graciosos que han de arrancar las risas antes que los proyectiles de los "mosqueteros", que en el patio del corral labran glorias y desdichas de poetas y de cómicos.(5)

Si bien Francia logra su unidad nacional antes que España (aunque sólo por diez años), ésta tiene varias ventajas: desde luego, haber patrocinado las expediciones de Colón; una unidad doctrinaria militante, forjada durante la Reconquista, y un viejo sueño acariciado por Castilla desde los tiempos de Alfonso el Sabio: la corona del Sacro Imperio Romano Germánico. Isabel y Fernando no dejan nada al azar desde que su matrimonio (y la destitución de la Beltraneja) les permiten unificar los dos grandes reinos. El establecimiento de una nueva Inquisición para asegurar la unidad ideológica, la imposición del castellano como lengua oficial (y la Gramática de Nebrija para establecerlo), el apoyo a la exploración y colonización de América y el matrimonio de su hija Juana con la casa de Austria, para formar el gran imperio que heredó su nieto. Pero al mismo tiempo no todo es luz en el imperio del día. Un miembro de una orden que a punto estuvo de ser declarada herética de no haber sido por la diplomacia de sus líderes (que no de su fundador), es tomado por la reina primero como confesor y consejero, luego albacea de su testamento, después cardenal y finalmente regente: Francisco Jiménez de Cisneros es en efecto franciscano, y dentro de su intachable fidelidad a los reyes católicos es un reformista cercano a Erasmo. Hay fuerzas centrífugas (Navarra, Aragón, Cataluña), conversos nuevos y no tan nuevos, una sensibilidad exquisita del lado sur de la Sierra Morena forjada durante siglos de dominio moro, tradiciones autonómicas, villas que nunca tuvieron señor feudal que las defendiera y resistieron en Asturias el empuje árabe, cuentos de alcaldes y capitanes hidalgos o villanos que no se creyeron nunca que la honra la da el señor, sino que la traen consigo, y que no sienten escrúpulo alguno a la hora de defender su honor de comendadores, caballeros e infantes, y hasta del rey mismo. Hidalgos y villanos que se sienten "iguales al Rey, dineros menos". También hay un hombre que a fuerza de leer vidas de santos, y "del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a..." fundar la Compañía de Jesús, que dejó sus Ejercicios espirituales donde la imaginación es señora, que inspiró las Meditaciones metafísicas del padre del racionalismo moderno, y La vida es sueño, y quizá también al caballero de la triste figura, pues de los cuatro grados de humildad señalados por San Ignacio, el más alto es ser tomado por loco.

En el imperio donde la noche jamás es del todo, hay oscuridad suficiente para ocultar los burdeles y las hosterías, para esbozar a la Trotaconventos y a la Celestina, para que los jóvenes hidalgos se vayan "de perros muertos".(6) Hay espacio para intersticios donde las putas y los criados son sabios; los locos son lúcidos; y los señores y los doctos, idiotas.

La vida es sueño

Calderón de la Barca (1600-1681)

Católicos reformistas, cristianos nuevos, místicos extáticos, jesuitas hábiles, villanos honrados, mosqueteros armados y violentos, una sabiduría del cuerpo y la vida que no aparece en los libros pero se difunde en las calles y se vive en las camas. La ideología de la España imperial tiene hoyos por todas partes. Y, dentro de lo que es posible en un proyecto en el fondo dogmático, hay suficiente pluralidad para debates que Inglaterra y Francia no vieron jamás. Mientras un extremeño lo bastante loco para quemar sus naves en terra ignota conquista un imperio indígena, un dominico en Salamanca defiende el derecho de los vencidos a elegir la fe, y razona el estatus jurídico de las nuevas tierras no como posesiones, sino como reinos confederados (argumento usado tres siglos después por los insurgentes). Los indios no pueden ser interrogados ni juzgados por la Inquisición. El requerimiento y la encomienda, figuras en el fondo humanitarias, son utilizadas -según costumbre- como es el parecer de expedicionarios y colonos ávidos de "honra y provecho". La ley se acata, pero no se cumple.

No es por cierto este pluralismo (mínimo, velado, pero existente) lo que ocasiona la ruina del imperio. Carlos V está en posibilidad de aliarse con los protestantes alemanes, sobre todo con los campesinos rebeldes que en principio apoyaron a Lutero, pero hace alianza con Roma, mantiene una España católica y desmembra su herencia, dejando a los príncipes de Alemania contentos con su autonomía y libres para reprimir la rebelión popular. Se perdió ahí la posibilidad de una España protestante, al modo británico; o quizá la oportunidad de una modernidad católica, opuesta o al menos distinta a la descrita por Weber. Se prefirió la corte, la pompa, la burocracia gigante y estéril, el oro americano guardado en las arcas, y las largas filas de "pretendientes" a la espera de engrosar aún más el ejército de escribanos. El proyecto imperial mató al imperio. Y una metáfora viva: la nave insignia de la Armada Invencible se hunde nada más de tan pesada, desmoralizando a la flota.

Pero el debate no se detiene en tiempos de los Austrias menores, y aún es más urgente a la vista de la decadencia. El teatro, ya no el de los cómicos de la legua, ni siquiera el de las farándulas trashumantes, sino el de las compañías y los corrales madrileños, es el espacio para continuar la discusión, enriquecida por la formación escolar de los escritores, que con toda la habilidad de siglos de tradición popular hacen y deshacen proyectos en medio de la grandiosa ambigüedad de sus contradicciones. El Don Juan de Tirso, de una vigorosa sensualidad seductora, pero que sufre un castigo categórico y merecido por lo que es: el noble creyéndose con derecho de pernada. O el rebelde y pragmático Segismundo, que restituye en el trono a un rey que había perdido legitimidad -según el argumento de los teóricos jesuitas- al pretender romper la línea sucesoria que empieza en Dios y acaba en el príncipe. Profundos problemas doctrinarios se discuten en la escena, con el mismo rigor que en las cátedras de teología, utilizando las mismas imágenes que en otras latitudes están construyendo la modernidad. La vida es sueño, que no es el "somnus, imago mortis" de Cicerón que cita Quevedo; sino la conciencia pesimista (quizá) que viene de San Ignacio de Loyola y que Descartes transforma en duda metódica. El gran teatro del mundo, juicio final, castigo al pecador, premio al virtuoso, pero también alegato por la igualdad humana. La grandeza de la bajeza con Pedro Crespo y Peribañez, con Fuenteovejuna, donde después del enfrentamiento se recurre al rey para volverlo todo a la normalidad. ¿Concesiones? Seguro. Como las que hicieron también Galileo, Descartes, Spinoza, Corneille, aunque tal vez menos conscientes en los españoles. Las paradojas están profundamente impresas en ellos, y el Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega, casi las consagra como cuando después de echar mil pestes del "vulgo", lo nombra sin embargo supremo juez del teatro.

Algo, después de Calderón, se rompe. La modernidad otra que estuvieron en posibilidad de construir no llega, como no llega ninguna modernidad a España. La estafeta de la historia se la quedará el occidente al norte de los Pirineos

 

Notas

1 En Francia, la lucha entre católicos y protestantes condujo a la guerra civil, que alcanzó su mayor virulencia con la matanza masiva de protestantes iniciada la noche de San Bartolomé, el 24 de agosto de 1572.

2 Frase célebre de Santo Domingo, durante la guerra contra los árabes para reconquistar España.

3 Nombres de los grupos teatrales ambulantes, según estaban compuestos por una persona, dos o tres, respectivamente.

4 Según la famosa frase de Quevedo.

5 Se llamaba corral al espacio donde se hacían las representaciones teatrales. En el patio, los varones de menos recursos (muchos eran soldados) presenciaban la obra de pie. Las representaciones podían extenderse por muchas horas, por lo que la concurrencia solía llevar comida, que arrojaba a los actores si no les gustaba la obra.

6 "Perros muertos" significaba salirse del burdel sin pagar.

Carlos Guevara Meza, filósofo por la UNAM, es profesor en el CNA.

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