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imágenes La noche de los Oscares
Salvador Quiauhtlazollin
Imaginemos la siguiente situación: un estudio hace una de las peores películas de la historia y espera un descalabro comercial. Habiendo estrenado en diciembre, la última esperanza es el mercado extranjero. De pronto, buena suerte: los equipos técnicos y de maquillaje, que hicieron un excelente trabajo, se llevan uno de los premios conocidos como Oscares. ¿Resultado? Por el mínimo incentivo de ver el Oscar al mejor maquillaje, vestuario y efectos de sonido, el público extranjero acude a salvar un churro de la quiebra: los premios de la Academia acudieron al rescate, con todo el deslumbre del glamour que les rodea. Tradicional como el atole del 2 de febrero, así es la noche de la entrega de los premios de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood. Atacados por muchos que los califican como autocomplacientes, la ceremonia del Oscar, sin embargo, es la más vista en el mundo dentro de su rama. Las dichosas estatuillas doradas, ignoradas y denostadas por los críticos, son el sueño de todo el que participa en la industria del cine de Los Angeles y dan una especie de certificado de calidad a sus poseedores, a los estudios que los impulsaron, e incluso a los mismos miembros de la Academia. Setenta y dos años de entregas han dejado en claro que no siempre se premia lo mejor ni lo que más tarde la historia del cine marca como sobresaliente: Orson Wells, Peter Sellers, Ernst Lubistch y Alfred Hitchcock jamás obtuvieron un Oscar; Stanley Kubrick sí obtuvo uno, pero no por dirección, sino por efectos especiales. Pese a todo, los Oscares siguen siendo un premio de importancia; ocasionalmente impulsan a directores independientes y productoras pequeñas que superan en inteligencia y calidad a los grandes estudios y gracias a los Oscares obtenidos ven aumentar los ingresos de sus cintas. Las omisiones de este año son claras: Paul Thomas Anderson consigue una nominación como guionista pero no como director; el insoportable Bruce Willis ve desdeñado el único trabajo digno de su vida en Sexto sentido; El proyecto de la Bruja de Blair, Matrix y El club de la pelea no obtienen nominaciones al guión y David Lynch no es considerado como mejor director por Una historia sencilla. Con todo, la calidad de las cintas nominadas es más elevada que la de otras entregas. Por el milagro Las nominaciones de este año no son una sorpresa, las compañías ya habían cabildeado fuertemente para que muchas de las películas que ahora disputan los premios lograran un buen número de nombramientos. La perdedora obvia de la carrera fue la Fox, que no sólo no obtuvo menciones en rubros importantes, sino también vio cómo su caballito de batalla, Episodio uno: La amenaza fantasma, era excluido de rubros que consideraba seguros y tuvo que conformarse con tres raquíticas postulaciones técnicas, que frente a las innovaciones y enjundia de Matrix, tiene casi perdidas de antemano. Qué bueno. Milagros inesperados (The Green Mile) es un caso insólito, pues nominada como mejor película no consigue la nominación para Frank Darabont como mejor director. Sin embargo, su optimismo de ensueño la hace una fuerte luchadora por quedarse con el premio a la mejor cinta, como sucedió el año pasado con Shakespeare enamorado. La historia de Milagros inesperados es propia de lo que uno espera de una película donde sale Tom Hanks: un negro enorme y de poca inteligencia llega al corredor de los condenados a la silla eléctrica, acusado del asesinato de dos gemelas. Los guardias asignados a tal crujía (conocida como la Milla Verde) tratan a los reclusos con especial deferencia y camaradería, pues saben la tensión a la que están sometidos al conocer con precisión la fecha de su muerte. Entre ellos, empero, no falta el custodio desalmado y cruel cuya vida vacía se llena con el martirio de los condenados. Resultará muy obvio que este tiranuelo encontrará la horma de su zapato, al igual que el más nefasto de los internos. Lo que nadie espera es que el negro gigante tenga una suerte de poderes mágicos, una capacidad insólita de sanación y empatía que nos descubrirán no sólo su generosidad, sino su terrible aceptación de un castigo terminal que no merece, pues resulta claro que no es culpable.
Milagros inesperados abrió en las salas mexicanas con pésima suerte, pero se ha enmendado radicalmente desde que se conocieron sus nominaciones (mejor película, actor de reparto, guión adaptado, sonido). La omisión a la categoría de mejor director resulta intrigante, pues Frank Darabont había hilvanado anteriormente Sueños de fuga, una de las cintas favoritas de Hollywood (y de cablevisión, que la repite hasta la náusea). En Milagros inesperados no se aleja grandemente de su anterior trabajo y tiene la misma pátina optimista, fantasiosa y complaciente, por lo que resulta ideal para unos premios que buscan precisamente esas características. En cambio, El informante, del director Michael Mann, tiene bastantes elementos para que la añeja Academia la desdeñe. La trama: un ex ejecutivo muy ligado a las poderosas tabacaleras denuncia, después de enormes presiones, los pecados de la industria a un reportero de la serie 60 Minutos. Presionado a su vez por los complejos intereses en el interior de los medios, el experimentado periodista plantea una renuncia frente a la divulgación de tan explosiva información, lo que obviamente desata un conflicto con El informante y su ética profesional. Michael Mann tiene un gran ojo para las escenas de tensión y ha demostrado con creces con El sabueso y Fuego contra fuego que maneja de forma excepcional a los actores, pero su estilo personal resulta ajeno a la Academia. Las postulaciones conseguidas por El informante (mejor película, director, actor, guión adaptado, fotografía, sonido, edición) pueden darse perdidas de antemano: Hollywood no arriesga sus propios intereses. Ante esto último se podrá alegar que hace 24 años la polémica Todos los hombres del presidente se alzó con varias estatuillas, pero eso no sucederá en esta caso: hace 24 años sólo se hablaba de un Presidente estadounidense, pero en esta ocasión se trata de las mucho más poderosas industrias del tabaco. La otra fuerte candidata es Sexto sentido (que obtuvo seis nominaciones, una ¿coincidencia? digna de especularse en el café), de la cual se ha hablado extensamente (véase etcétera, núm. 356). Con pocas oportunidades efectivas de lograr un premio, la inclusión de Sexto sentido es sin embargo muy alentadora, pues muestra las posibilidades reales de reconocimiento al cine fantástico como un subgénero que proporciona cintas de alta calidad. Dos favoritas outsider No alcanzó a colarse a la nominación de mejor película, pero ha conseguido el reconocimiento con su inclusión en las categorías de mejor director, actriz de reparto y guión original. Se trata de una de las cintas más extrañas de la historia, pero sin duda su gran mérito es convertir una situación bizarra en un entretenimiento fílmico apasionante, que cautiva desde el título: ¿Quieres ser John Malkovich?
Encontrarse encerrado dentro del cerebro de John Malkovich implica perder el sentido de la realidad desde un principio. Por ejemplo, uno puede ser un titiritero venido a menos que encuentra empleo en una oficina situada entre dos pisos, diseñada inicialmente para trabajadores enanos. Realizando una labor inútil y desconcertante, sin utilidad palpable, uno puede hallar una pequeña cueva detrás de un archivero, la cual al cerrarse lo transportará dentro de los sesos del prestigiado actor John Malkovich, donde uno escuchará, sentirá y vivirá lo que el famoso intérprete hace. Quince minutos dentro de esta fantasía bastarán para entender que se ha vivido la experiencia más positiva de su vida. Lo mejor es que uno puede negociar sin problemas estas experiencias... hasta que John Malkovich se da cuenta, y es entonces cuando empieza a salir la verdad de esta inaudita vivencia. Spike Jonze es el director de ¿Quieres ser John Malkovich?, un artesano formado a los márgenes de los grandes estudios que con esta cinta logra el culto instantáneo. Aunque aún se nota cierta impericia que permite que muchos actores se sobreactúen (aunque por lo absurdo de la situación ¿a quién le importa?), ello no desmerece en ningún momento ¿Quieres ser John Malkovich? Una de las películas más inteligentes de las que han concurrido por un Oscar. Belleza americana es la cinta con más nominaciones. Pese a todo, el cruel retrato que de una familia al punto de la desintegración hace el director Sam Mendes tiene pocas oportunidades, pues a los miembros de la Academia nunca los han inspirado a votar las películas ácidas, prefieren siempre las que tengan un final optimista y un tierno y positivo mensaje. Como este no es la caso de Belleza americana, sus posibilidades menguan, aunque su resolución formal pueden darle finalmente el triunfo. Belleza americana inicia con una escena antológica: una cámara de video retrata a una adolescente con una depresión kilométrica. La chica pide a su interlocutor que remedie todos sus traumas freudianos de forma radical: matando a su padre. Inmediatamente después escuchamos los pensamientos del padre (soberbiamente interpretado por Kevin Spacey, nominado a mejor actor) que nos descubre su nihilismo frente a un mundo y una familia que nunca lo han hecho feliz. Con precisas pinceladas, el director Mendes nos descubre a los personajes: un vecino drogadicto que trafica en pequeña escala y es un apasionado del video y el cine; el padre del camello, un coronel retirado que esconde sus instintos; la citada hija adolescente; su amiga calienta braguetas que presume de una vida sexual super activa siendo virgen; la madre vendedora de bienes raíces (Annete Bening, en una actuación que casi asegura su premio), siempre alerta para ganarse muchos dólares, pues ése es el eje de su existencia; y el padre, que será el narrador y el pivote de una trama que oscilará entra el humor negro, la sátira, la ironía y la sensación de que todo finalmente se va a ir al diablo. Sam Mendes, el director de Belleza americana, es ya una leyenda cuando aún no llega a los 40. Talentoso director de teatro, da su salto al cine con un clásico instantáneo y consigue una nominación al mejor director que muchos maestros nunca han obtenido. Mendes es de ascendencia portuguesa y puede equipararse a Orson Wells en genialidad y físico, pues demuestra con Belleza americana un soberbio juego de actores, de situación y de tiempos que hacen de la finalmente densa trama un poderoso ensayo sociológico sobre la familia gringa contemporánea, algo tan sutil e inteligente que sólo Woody Allen había logrado con su indispensable Hannah y sus hermanas. Alan Ball, el escritor de Belleza americana (nominado por mejor guión original), creó unos realistas monstruos, pero fue Sam Mendes quien les dio el elixir para que se muevan en la pantalla como los tristes retratos de la desesperanza que son. Soberbiamente fotografiada y editada, Belleza americana es la cinta definitiva sobre el fin de los 90, su triunfo en la noche hollywoodense sería un paso a la mayoría de edad de una Academia que habría dejado atrás sus atavismos cursilones y se habría arriesgado por una propuesta diferente. Y si así sucede, podemos esperar para el futuro un cine más arriesgado e innovador por parte de la mayor industria del celuloide del planeta Salvador Quiauhtlazollin estudió Derecho. Es periodista Free-lance. |
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