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memoria Davidow: Un golpe anunciado
Pablo Hiriart
La agresión verbal de Jeffrey Davidow a México es dolorosa por partida doble: por su prepotencia contumaz y amenazante, y porque en muchos sentidos nos hemos ganado a pulso esa respuesta. Se le ha dejado actuar sin freno alguno y, por tanto, sus actitudes rompieron ya la barrera del decoro. El tono y el contenido de las palabras de Davidow dejan en claro que el trato no es recíproco en la relación binacional, sino que se observa una creciente actitud de subordinación de aquí hacia allá, y de proceder colonial de allá hacia acá. ¿Cómo se ha llegado a esta situación? Nadie dijo nada cuando la DEA filtró documentos suyos que señalaban a José López Portillo como el Presidente que recibía personalmente camiones cargados con dólares que llegaban a Los Pinos a cambio de protección al tráfico de drogas. Jamás se protestó por la difusión de las expresiones de testigos protegidos del gobierno de EU que declaraban que Miguel de la Madrid estaba en un cuarto adjunto al que estaba siendo torturado por los narcos el agente de la DEA Enrique Camarena Salazar. Festejaron que otro de esos testigos dijera que entregaba maletines con dólares a Carlos Salinas en Matamoros, donde llegaba manejando una limusina blanca. Hicieron mutis cuando se mencionó a Luis Donaldo Colosio como negociante con dinero del narco. Cuando las agencias estadounidenses han intervenido de manera ilegal en nuestro país, la respuesta ha sido tibia e incluso se han adoptado actitudes indecorosas. Basta recordar Casablanca: el gobierno mexicano aceptó realizar en nuestro país un juicio de extradición contra ciudadanos mexicanos por un supuesto delito cometido en territorio nacional. Por eso, Davidow se siente en confianza para decir lo que le venga en gana. Puede dar rienda suelta a su genética imperialista, pues la experiencia le ha demostrado que no pasa nada. Esa es una parte del problema. La otra es igualmente preocupante. En lugar de avanzar en la lucha contra el narcotráfico, retrocedemos. Esa es una realidad que no podemos ocultar con nuestro justificado enojo hacia el agravio que nos inflige Davidow. No se ha capturado a uno solo de los hermanos Arellano Félix, no obstante que los señalan como los más peligrosos en el negocio de las drogas. El "Güero" Palma fue detenido por una casualidad: se cayó el avión en que viajaba y resultó herido en el accidente. Juan García Abrego fue detenido cuando ya no estaba al frente del imperio del Cártel del Golfo. No fue juzgado y castigado en México. Se le mandó, sin juicio de extradición de por medio, a EU. Su hermano Humberto -encargado de lavar toda la fortuna que amasó ese narcotraficante- fue detenido pero salió libre, no con un amparo ni por una diligencia judicial. Salió caminando por su propio pie desde el Instituto Nacional Contra las Drogas, paró un taxi frente al Monumento a la Revolución y huyó sin que nadie lo molestara. El flamante zar de la lucha antinarcóticos en el país, el general Jesús Gutiérrez Rebollo, resultó ser un aliado de los narcotraficantes, según se le acusa. Uno de los aviones destinados para la lucha contra el tráfico de drogas tuvo un accidente en Chiapas y se descubrió que estaba cargado de cocaína, transportada por personal de la PGR. Un mes sí y otro también nos enteramos que grandes decomisos de coca son cambiados por talco, o por leche en polvo. En todo escándalo de narcotráfico aparecen policías o ex policías. De los 700 agentes cesados con gran publicidad por poco confiables y sospechosos de tener ligas con la delincuencia, ya regresaron en su mayoría. No podemos tapar el sol con un dedo, por indignados que estemos ante la actitud de Davidow. El problema crece y amenaza la soberanía del país. Este es un tema del que los candidatos presidenciales deberían ocuparse a fondo, en lugar de enseñarse la lengua y arrojarse pelotitas de lodo Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica. |
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