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tintero Una vida atormentada
Mark Mazower
Arthur Koestler, a quien siempre le gustaron las trompadas, se debe estar riendo en su tumba. Cuando Arthur Koestler: The homeless mind apareció en Inglaterra el invierno pasado provocó un pleito que no da señales de desaparecer. Los periódicos británicos publicaron por entregas los candentes relatos de la vida sexual del autor. Otro biógrafo de Koestler cuestionó en público la forma como David Cesarani -un maestro de la Universidad de Southampton que enseña historia judía moderna- tuvo acceso a los documentos del escritor. La escena de dos académicos riñendo por los derechos de propiedad intelectual y por los detalles íntimos de los asuntos privados de un difunto fue un triste comentario sobre la comercialización del debate cultural contemporáneo. Al personaje que está en el meollo de toda esta confusión le encantaba la controversia, pero siempre que girara alrededor de cosas importantes. Koestler nació en Budapest, en el seno de una familia de judíos asimilados, durante los últimos años del imperio de los Habsburgo, y se le recuerda sobre todo como un destacado intérprete del fenómeno del totalitarismo. Su extraordinario arranque de productividad, presente después de 1937, incluyó una descripción como testigo presencial sobre la guerra civil española y la novela antiestalinista Darkness at noon, su obra más conocida, así como un apasionado repudio personal del comunismo en una colección de ensayos: The god that failed. En tres ocasiones fue encarcelado sin juicio en prisiones europeas; escapó de la Francia ocupada por los nazis y se convirtió en un intelectual de renombre internacional a finales de la década de los 40. Más tarde se alejó de las trincheras de la guerra fría e incursionó en áreas que al parecer se relacionaban poco con la política; propuso una reconciliación holística entre la ciencia, la creatividad y la ética y se interesó por la telepatía y la percepción extrasensorial. Cuando en 1983 él y su esposa murieron en un pacto de suicidio mutuo, Koestler dejó una donación para establecer una cátedra universitaria en parapsicología. Siempre presa de inquietudes físicas y mentales, en cuanto se establecía en una casa, ya se estaba trasladando a otra. Pero su desarraigo alimentó una compulsión por explicar por qué los europeos eran incapaces de comprenderse y comunicarse entre sí y, en última instancia, de vivir juntos. Como lo señala Cesarani, a los admiradores de Koestler les resultaba difícil seguirle el paso. Su fama llegó a la cúspide a la mitad del siglo. Sólo unos cuantos devotos leyeron sus obras posteriores y se preguntaron a qué se refería el autor con "la escritura invisible" del universo. Sin embargo, 16 años después de su muerte, su repudio persiste a través de la cualidad de su prosa, así como de su vívida exploración, en particular, acerca del impacto de la era de las ideologías sobre la personalidad individual. El punto de partida de Cesarani es la identidad judía del escritor, algo que no interesó mucho a los primeros comentaristas de su obra, pero que sería muy atrayente para una era, como la nuestra, obsesionada con el carácter étnico y la identidad. Como una "mente sin hogar", sugiere el biógrafo, Koestler fue uno de tantos intelectuales judíos europeos típicos de nuestro siglo. Cesarani saca provecho de que Koestler no le diera importancia a su religión, pues el biógrafo cree que "el intento de huir del judaísmo fue el acto esencial del judío moderno". Cesarani muestra cuán lejos se distanció Koestler de los judíos de Europa central, en su autobiografía y en sus novelas; Cesarani comenta de manera característicamente hostil, que ese fue "el engaño más estupendo" de Koestler. Sin embargo, resulta que la historia no es tan simple. El novelista fue un sionista comprometido, si bien no convencional, quien antes de unirse al Partido Comunista en 1931 fue, cuando tenía 20 años, el confiable lugarteniente del sionista Vladimir Jabotinsky. Pasó al menos dos etapas de su vida en Palestina, pensó en establecerse allí y, en 1943, escribió un gráfico relato ficticio sobre la Solución Final, el cual fue superior a cualquier cosa publicada en ese entonces en el mundo de habla inglesa. Todo esto no resulta compatible con el perfil de alguien que busca "huir del judaísmo". Sin embargo, se puede entender como un hombre que, si bien no le molestó que lo identificaran como sionista, se negó a que lo catalogaran con etiquetas étnicas, y menos como a un "escritor judío". Para Cesarani, ésta no es una postura que pueda defenderse; es más bien la típica represión del judío que se odia a sí mismo; es una consecuencia que Koestler haya interiorizado el antisemitismo europeo. Esto lo lleva directo a la tormentosa vida íntima del escritor. Después de todo, nada bueno puede salir del hecho de encubrir las raíces. El judaísmo ambivalente de Koestler representa la clave de su "conducta excéntrica e incluso extremosa". Aun los defensores de Koestler admiten que el novelista fue un hombre difícil que tenía un complejo de inferioridad del tamaño de una "catedral". Bebía mucho, se peleó con intelectuales franceses y policías estadounidenses y destrozó una larga hilera de autos. Por encima de todo, fue un mujeriego compulsivo; se casó tres veces, tuvo incontables aventuras y no le parecía que hubiera nada malo en lidiar al mismo tiempo con cinco integrantes de lo que él llamaba su "harén". Gran parte de la publicidad que en Inglaterra rodeó la publicación de este libro se centró en las historias que cuenta acerca de la violencia de Koestler hacia las mujeres, sobre todo la acusación de que violó a Jill Craigie, la esposa, que murió hace poco, del parlamentario laborista Michael Foot. Cualquiera que dude que esto haya ocurrido realmente debería leer la escena de la violación de Arrival and departure, la novela de Koestler donde el héroe forza a una joven de la que está enamorado. Esta descripción es casi idéntica al propio relato de Craigie. Koestler era muy consciente de su propia tendencia a la brutalidad. Pero, ¿acaso puede atribuirse esta agresividad a un torturado carácter étnico? ¿Acaso hubiera mostrado un interés menos enfermo por las mujeres si la "judiedad" le hubiera atraído más? Muchos intelectuales judíos, cuya relación con la cultura ancestral es más atormentada, se las han arreglado para no violar una mujer en una cita. La violencia fue un elemento importante, quizá crucial, en la vida y en los escritos de Koestler, pero sus raíces crecieron en muchas direcciones; tal vez el judaísmo fue una de ellas, pero su educación y su ascendencia también fueron muy importantes. El hecho de que se hubiera sentido atraído por el carismático Jabotinsky, el apóstol de un sionismo impaciente y militante, también es una pista importante. Desde el principio, Koestler tuvo una relación difícil con la autoridad. Esto lo hizo caer bajo el influjo de las ideologías y lo llevó a resistirse a ellas. Esto le permitió analizar con una gran convicción emocional la interacción entre la política y la psique. Incluso aquellos que felicitan a Cesarani por abordar el asunto de la violación pueden preguntarse si este enfoque no resulta demasiado unilateral como para pintar un retrato convincente. Koestler fue un hombre dominante, pero atraía a las mujeres y muchas siguieron siendo amigas cercanas después de acostarse con él. Sería inverosímil considerarlas a todas como masoquistas, como lo hace Cesarani. Algunas rompieron con él; pero también lo hicieron muchos otros amigos y conocidos del escritor. En uno de los cuentos de Koestler, el héroe es entrevistado por un funcionario británico que le dice: "Muchas veces creo que lo que usted y la gente como usted necesitan es que algún adulto los ponga sobre su regazo y les dé unas buenas nalgadas". Cesarani es aún bastante joven, mas en su libro parece que lo que espera propinarle al incorregible e inmaduro Koestler son unas buenas nalgadas. Su desaprobación hacia el novelista es casi incansable y lo censura con frecuencia por su irresponsabilidad e indiferencia, primero hacia sus padres y luego hacia sus amantes. Desaprueba incluso el hecho de que Koestler se haya ido de vacaciones a Austria en los años 60, algo que al parecer ningún buen judío hubiera hecho. La arrogante condena de las payasadas del novelista tendría más peso de no ser porque las detalladas descripciones de sus aventuras sexuales han ayudado de manera obvia a que se vendan muchos ejemplares del libro. Y, después de un rato, el compromiso tan evidente por parte del biógrafo con las virtudes de la paternidad monogámica empieza a sofocar los puntos de vista que tenía Koestler sobre las mujeres, la amistad y las relaciones humanas en general. En esta biografía aparece en ocasiones otro Koestler, vestido con elegancia, intenso y lleno de energía, dedicado a su oficio. Siempre estuvo en desacuerdo con la historia y trató de comprender sus giros y vueltas. En 1933, el poeta Langston Hughes lo conoció en Turkmenistán (que entonces era la República Soviética Turkmena), donde se supone que ambos estaban haciendo un informe sobre el progreso de los soviéticos bajo el régimen de Stalin. En su autobiografía, Hughes habla de los numerosos defectos y flaquezas de su compañero, pero también de su franqueza, su espíritu generoso y su seriedad como escritor. Arthur Koestler es una obra más detallada y contiene una investigación más amplia, pero creo que aprendí más sobre la esencia de Koestler gracias a las escasas páginas de Hughes que a un libro demasiado formado por los prejuicios contemporáneos como para poder comprometerse del todo con los logros del escritor Mark Mazower es profesor de Historia de la Universidad de Princeton. Su libro más reciente es Dark continent: Europe`s twentieth century. Reseña tomada de The New York Times Book Review, 2 de enero, 2000. Traducción: Katia Rheault. |
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