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guía de perplejos Ritos funerarios
José Luis Durán King
El funeral de la primera ministra india asesinada, Indira Gandhi, fue atendido por cientos de dignatarios extranjeros, entre ellos los dos ministros de gobierno -uno blanco y otro negro- de Kenya. La señora Gandhi yacía frente a ellos en una pira, su pequeño cuerpo fue envuelto en una mortaja blanca. Su cabeza, adornada con un chal rojo, había sido rapada y su cuerpo bañado. Capas de pétalos carmesí bordeaban la pira. Los funerales africanos reúnen a cristianos, a musulmanes y a tradiciones animistas, generalmente con ataúdes de colores salvajemente chillones, aunque ninguno de los dos ministros kenianos presentes había visto algo similar al ritual indio que tenía lugar a unos cuantos metros de ellos. Los encargados del funeral apilaron más leña alrededor y sobre la pira hasta que sólo fue visible la cabeza de la occisa. Su hijo mayor, Rajiv, roció el líquido que ayudaría a alimentar las flamas. Tomó una "matka", pequeña vasija que sirve lo mismo para almacenar agua que como lámpara de combustible, y caminó siete veces alrededor de la pira. Al final de la última vuelta, el "matka" fue roto contra la leña, una ruptura que simboliza el final de cualquier vínculo con la vida. Rajiv permaneció al lado de la pira, contemplando cómo se cremaba el cuerpo de su madre. Cuando el humo se hizo más denso y la gente importante ahí convocada olió por primera vez la dulce mezcla de leña, carne y combustible ardiendo, uno de los ministros kenianos, Mwai Kibaki, susurró en lengua kiswahili a su acompañante, Philip Leakey: "¿Usted podría hacer eso a su propia madre?". El asombro de Kibaki era evidente. Sin embargo, el señor Leakey lo estaba más, al grado de que cuando su propia madre -una prominente paleontóloga- falleció 12 años después, el ministro y sus dos hermanos cremaron a su progenitora de manera similar al ritual indio. Contrariamente a los nacimientos, que no presentan mayores variaciones en el mundo, a no ser por el hospital, el dolor individual o las expectativas de vida de los recién nacidos, la forma como los pueblos despiden a sus difuntos muestra rituales que terminan por dar un toque especial a cada cultura. Recientemente la población humana mundial sobrepasó la cifra de seis billones. Podemos asegurar que, salvo contadísimas excepciones, todos moriremos en algún momento del siglo XXI, lo que significa, nada más para abrir boca, que tendremos que atender el funeral, en promedio, de 150 mil personas por día. ¿Cómo le vamos a hacer? Dos imperativos han alentado la evolución de los ritos funerarios: la higiene física de los que se quedan en esta vida y la preparación espiritual para la siguiente vida de los que se van. Los emperadores medievales chinos eran enterrados en compañía de sus caballos, soldados, platillos favoritos y ropa para facilitar su camino al más allá. En India no existen leyes funerarias, sólo los artículos 28 y 29 de la Constitución, los cuales son más letra muerta que todo el compendio de artículos de la Constitución mexicana, pues garantizan a toda minoría la libertad de conducir sus ritos de acuerdo con sus propias costumbres y tradiciones. La mayoría de los indios, incluso los indúes, son cremados. No obstante, los bishnoi, una casta de campesinos de Rajastán, cubren los cuerpos con sal antes de sepultarlos. Los indios modernos parsis son aún menos complicados: colocan a sus muertos sobre una "torre del silencio" -la más famosa se ubica en Mumbai-, donde los cadáveres son devorados por aves de rapiña. La duración de las exequias tiene que ver mucho con cada región. En Rusia, por ejemplo, un rito funerario puede llevar días y los cadáveres se mantienen frescos como lechugas. No así en tierras musulmanas e indias, donde la disposición de los cadáveres tiene que ser expedita, estén o no los familiares, pues en cuestión de horas, a causa del calor, los cuerpos entran en un estado de descomposición exprés. En el mundo industrializado, el entierro en ataúd sigue siendo el ritual preferido. Este método de alguna manera resulta sorprendente, dado el costo que conlleva disponer de los muertos de esa forma. En Estados Unidos, donde 2.25 millones de personas fallecen anualmente, casi cuatro de cada cinco son enterradas. Pero no sólo eso, en Wisconsin las leyes locales permiten que la gente entierre a sus familiares muertos en los patios posteriores de las casas, es decir, a la usanza del viejo oeste. En Francia, como la mayoría de las naciones católicas, el ritual de la cremación ha encontrado serios obstáculos para su adopción, debido a que el fuego se asocia con las llamas del infierno. Aproximadamente 87% de los muertos en Francia son enterrados en tumbas o mausoleos familiares. Además, permanece viva la tradición de visitar los primeros días de noviembre a los seres queridos que se han adelantado al postrer viaje. En Egipto, quizá el país más famoso en el mundo por sus costumbres funerarias, el entierro de los muertos es una práctica común; lo que ya no es tan común es sepultar a las personas en compañía de gatos e ibis momificados. En Inglaterra las leyes obligan a que los muertos sean enterrados a 1.80 metros de profundidad. Finalmente, apuntaremos que en México -que en materia de muertos da cátedra- la mayoría de las personas es enterrada en forma horizontal, con excepción del cementerio Cipreses del Bosque, donde la multitud silenciosa se sepulta parada. Sin embargo, también ha habido casos en que los muertos, al estilo de Wisconsin, son sepultados en patios traseros, todo para crear escenografías políticas en las que aparecerá un fiscal sosteniendo triunfalmente una calavera al más puro estilo del Hamlet de Shakespeare. ¿Ser o no ser? José Luis Durán King es autor del libro de cuentos Tabula Rasa. |
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