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La carpa campechana

Jorge Javier Romero

Layda y Toni volvieron a dar la nota
Foto: GHM

Tres años después, cuando ya casi nos habíamos olvidado de sus numeritos, Layda y Toni volvieron a dar la nota, a representar uno más de sus ya clásicos sainetes de carpa, tal vez inspirados en las viejas revistas cómicas usuales en la península, pero con más zafiedad. No hablo de una pareja de cómicos de esos que en Campeche y Yucatán llamamos regionales, sino de una senadora de la República y de un gobernador, aunque el lenguaje que suelen emplear en sus encuentros haría sonrojarse al más borracho de los parroquianos del Tucho o de la Prosperidad, dignas cantinas de antaño hoy convertidas en salones familiares.

Pero lo grave del asunto no es que Toni y Layda se mienten la madre a la menor provocación. Lo alarmante es que en Campeche el cambio político ha sido no hacia delante, sino hacia atrás: parece que, en lugar de la nueva democracia plural, hemos vuelto a los antiguos pleitos de la familia revolucionaria de los tiempos de los plebiscitos del PNR, en los años 30.

La ruptura de los controles monopólicos del PRI no ha generado pluralidad en Campeche; sólo ha roto la vieja unidad priista, de manera que en mi estado no hay confrontación ideológica o programática. Ni siquiera visiones partidistas distintas. No; lo que hay es un enfrentamiento entre distintas ramas del viejo aparato articulador de lealtades y clientelas, un pleito de caciques que ya no tienen el manto disciplinador del PRI monolítico.

Los viejos actores juegan con las nuevas reglas formales, pero echan mano de todas las viejas mañas y, sobre todo, no se les olvida la manera de menear la jícara del pozole: de lo que se trata es de jugar a la negociación con la desobediencia.

El espectáculo es triste: las corrientes del PRD se hacen trampa, el gobierno priista mete la mano en los asuntos ajenos para evitar que gane el archienemigo Arceo, Layda hace escándalo y Toni vuelve a representar el papel del torpe al que dominan las pasiones y el encono, no la serenidad del político maduro.

Fastidiados estamos los campechanos: entre un gobernador atrabiliario que sueña con los viejos tiempos en los que el coronel Ortiz Avila gobernaba con mano dura al estado y un partido de oposición dividido entre hampones y locos, la política se convierte en circo y se degrada. ¿Qué podemos esperar entonces de las próximas elecciones? Poco; más bien nada

Jorge Javier Romero es politólogo, investigador de la UAM.

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