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¿Vasectomía?
Sergio Higareda Kountz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sí: hay que superar el machismo

Fedro Carlos Guillén

Foto: Jorge Claro L./Contraluz

El ser humano es un todo; sería muy fácil hacer el cálculo de cuánto representan en la proporción corporal los hombros, los muslos o los labios; sin embargo, hay zonas que consideramos críticas por muy diversas razones que se relacionan con una complicada mezcla entre prejuicios e historia. Todos hemos sido formados en la didáctica del cuerpo y lo que representa; todos hemos tenido enormes dificultades para entender que contamos con órganos sexuales que se llaman pene y vagina (hay gente que llama "pompas" a las nalgas para tratar de atenuar la impresión que produce el término). Por ello, cuando me piden que me defina respecto de la vasectomía, dudo. ¿Por qué? Simple, porque me da la impresión que en este tema no hay definiciones. Es evidente que cada quien percibe de forma diferente el asunto y que estos prejuicios son un lastre que arrastra la sociedad para su propia vergüenza. Sin embargo, entiendo que esta sección documenta opiniones personales, así que daré la que tengo sobre este asunto esperando aportar algo a un debate cuya salida me parece obvia pero lejana.

En un modesto ejercicio demoscópico realicé tres encuestas a tres amigos míos. Ninguno de ellos, a pesar de tener los hijos que desean, está dispuesto a entrarle. ¿Por qué? La respuesta tiene dos vías explícitas y una que se intuye: en primer lugar, en la vasectomía se percibe (incorrectamente) que no hay tache vuelve y ello implica que el candidato se rehuse a someterse a un procedimiento que, desde su punto de vista, lo dejará sin progenie: "¿Y si me divorcio y me vuelvo a casar?", preguntan. "¿Y si te cae un piano en la esquina?", pregunto yo. Este argumento se cae solo. ¿Por qué entonces se ve con tanta normalidad que una mujer se ligue las trompas con una intención análoga? Pues porque somos medio machines y predicamos con la frase de que se haga la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre. El segundo argumento se relaciona con los posibles efectos secundarios. En el imaginario de la paranoia es perfectamente posible argumentar que no existe ninguna certeza de que la intervención no genere males terribles y en el peor escenario irreversibles. No hay nada que hacer; tómese un hombre, dígasele que necesita esterilizarse, adviértasele que quedará impotente y adiós. La intervención nunca ocurrirá.

El tercer elemento implícito tiene que ver con el terror que produce que a uno (a pesar de la nobleza de las razones) le anden agarrando sus partes. Contra esto no hay antídoto en la medida que no seamos capaces de sacar del clóset nuestras angustias y miedos y transitemos hacia la normalidad sexual (lo que quiera que ello signifique).

¿Por qué estoy en favor de la vasectomía? Primero, por una elemental equidad en las decisiones que tomemos día a día. La mujer ha sido históricamente la obligada a no cuidarse primero, a tomar anticonceptivos después, y a aplicarse ahora métodos definitivos de contracepción, ¿por qué? Por nuestras pistolas. La segunda razón se relaciona con las certezas o incertidumbres futuras. No hacerse la vasectomía por el miedo a cambiar de opinión es análogo a contratar a un abogado en el momento de casarse, no vaya ser que las cosas se compliquen.

Creo, finalmente, que mucho se podrá decir que nadie, por ejemplo, el vecino de esta página cuyo artículo desconozco, argumentará que no hay que entrarle por machos, pero vale mucho la pena revisar los argumentos y tratar de leer entre líneas si lo que realmente nos preocupa no es un miedo terrible a perder los privilegios premodernos que como hombres conquistamos ante las mujeres ¿Será?

Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM, y Fellow del Programa LEAD-México.

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