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El pecado de Justo Mullor

Bernardo Barranco V.

Foto: Edgar Medel

La salida de Justo Mullor como nuncio de México se explicó técnica y públicamente como una promoción. Pero todos dan por hecho que se le ha removido del cargo. Más que ímpetu del gobierno, el traslado a Roma del diplomático se debe a las intensas presiones de los sectores más conservadores de la Iglesia mexicana, llamados con ironía el "Club de Roma". Efectivamente, la alta jerarquía católica, como Norberto Rivera, Sandoval Iñiguez, Onésimo Cepeda, Luis Reynoso, y otros, todos ellos discípulos del otro ex nuncio Gerónimo Prigione, pusieron en tela de juicio el trabajo y las orientaciones de Mullor. Para unos fue débil ante los liberacionistas y samuelistas; para otros Mullor nunca entendió México, y otros lo critican por haber sido ingenuo políticamente.

El pecado de Mullor fue alejarse del estilo y del ala "prigionista" de un sector de la jerarquía que se fundamenta en la alianza con el poder político. Mullor opta por ser más pastoral y ofrece mayor importancia a las instancias orgánicas de la Conferencia de Obispos, principalmente a la presidencia, hoy en manos de Luis Morales, obispo de San Luis Potosí. Con otras palabras, Mullor hizo contrapeso a los rudos de la jerarquía apoyando a la "mayoría silenciosa". Rompe con la doctrina Prigione, que apunta a la alianza con el PRI y con el gobierno. Su actitud, principalmente frente a Chiapas, le hace acreedor de fuertes críticas provenientes de Roma, de los sectores que actualmente gobiernan en el Vaticano ante un papa no sólo disminuido físicamente sino concentrado en el año Jubilar, su gran cierre pontifical. En suma, Mullor se va y provoca en México un reacomodo de fuerzas católicas. Las legiones de los duros tendrán más margen y probablemente se robustecerán en un año político en el que no tendrán freno

Bernardo Barranco V. es vicepresidente del Centro de Estudios de las Religiones en México (CEREM).

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