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bahías Qué sigue
Rafael Cordera Campos
Son muchas las lecciones que ha dejado la huelga impuesta en la UNAM. Sin lugar a dudas, diez meses de secuestro dan y deben dar para una reflexión exhaustiva y compleja que debe convocar al mejor talento de la Universidad y del pensamiento que respecto de la educación superior existe en nuestro país. Mientras eso sucede -y no tengo la menor duda de que así será- está en mi interés presentarle al lector algunas consideraciones y opiniones que, creo, deberán incorporarse a las reflexiones y la agenda de la necesaria transformación de la institución: 1. La huelga sacó a flote la necesidad de estudiar la normatividad que la institución requiere para que no sea un grupo de estudiantes, de cualquier dimensión, el que decida los medios y mecanismos para imponer situaciones que afecten a terceros, y los perjudiquen de manera importante. Porque, como lo han subrayado otros, es trágico que hoy exista un buen número de estudiantes que han dejado de serlo, entre otras razones debido a que sus economías familiares ya no pudieron permitirse el lujo de que dejaran de estudiar, por la responsabilidad de otros, y tuvieron que aventurarse a un mercado de trabajo en donde, si bien les fue, ahora son policías, cajeras, choferes y demás. 2. Pero dado que los anteriores no son los únicos casos, es menester tomar en consideración el que se refiere a los estudiantes que vieron interrumpidos sus estudios, otra vez, por la "responsabildad" de minorías, además de quienes no pudieron obtener sus títulos de licenciatura y otros. Estos y los que en el futuro pueden contabilizarse, deberán ser considerados como los pasivos que produjo una aventura que todavía no termina y sigue amenazando a la UNAM y al país con continuar hasta donde se les deje a quienes son sujetos de la benevolencia ideológica y política de los intelectuales de una izquierda trasnochada e hija de problemas de conciencia que, en la edad adulta, son difíciles de enfrentar y resolver. Por supuesto, esta opinión no coincide con la que decidió responsabilizar de "terrorismo" a algunos dirigentes del paro, pero sí con aquellas que subrayan que se estudie caso por caso y se finquen con cuidado y rigor las responsabilidades de cada cual y conforme haya lugar. 3. La inexistencia de una organización estudiantil, como lo ha subrayado en diversas ocasiones Luis González de Alba, es lo que en el fondo permitió que un grupo de estudiantes o, si se quiere, la mayoría de ellos representativos exclusivamente de sí mismos, impusiera una situación que inmovilizó a la mayoría de los miembros de las comunidades universitarias. 4. Para resolver uno de los elementos centrales del futuro de la Universidad, todo lo que se refiere a la organización y participación de los estudiantes, para que tanto ellos como los demás puedan contar como y con interlocutores, habrá que legislar. En las universidades no habrá futuro si ellas se excluyen o son excluidas del Estado de derecho. Ni los estudiantes ni nadie dentro y fuera de esa institución puede ni debe quedar al margen de las leyes. Si el asambleísmo realmente existente no puede ser superado, entonces habrá que reglamentarlo para que por lo menos no sean 100 o 300 quienes decidan por tres mil o cinco mil. 5. Aunque minoritarios, los estudiantes que estuvieron comprometidos con la huelga impuesta son expresión de algo mayor y más complejo, socialmente hablando. Independientemente de lo que cada quien considere acerca de las identidades ideológicas y adscripciones políticas de los dirigentes del CGH, la base estudiantil de los mismos está reflejando un comportamiento social que no se puede ignorar. La desigualdad social que en todo el país -y, por lo tanto, también en la Universidad- se ha convertido en un enorme peso para las instituciones, los gobiernos, los partidos y la sociedad, tiene su forma de ser y estar en las instituciones educativas. El caso que nos ocupa (y preocupa) no debiera entenderse como algo aislado y sin posibilidades de manifestarse en otros ámbitos. Todo lo contrario, es una muy seria llamada de atención. 6. La perspectiva abierta por la Secretaría de Educación Pública con el retorno a la enseñanza del civismo (formación cívica y ética) en la educación básica, debería formar parte de la agenda universitaria. La necesidad de incidir de manera consistente en la formación de ciudadanos conscientes de sus derechos y obligaciones, entre otras cuestiones, es algo que no se satisface plenamente sólo con impartir algunas materias. Más bien, corresponde al concepto de educación permanente y a la función de la escuela, los medios de comunicación, los gobiernos, los partidos y un extenso etcétera, la tarea de educar para la democracia y el fortalecimiento del Estado de derecho. En estas cuestiones, la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, presidida por Luis de la Barreda, ha impulsado prácticas y realizado experiencias que nos hablan de éxitos que habría que tomar en consideración. 7. En la universidad pública, pero también en otras instituciones de diverso carácter, deberían impulsarse estudios e investigaciones, serias y rigurosas, acerca del tema juvenil, que no se agota en los estudiantes y tiene una agenda básica, socializada entre especialistas pero no en ámbitos institucionales y políticos de forma suficiente o, en consecuencia, a las necesidades nacionales en la materia. En este caso, se está hablando de aproximadamente 50% de la población nacional actual. 8. La situación en la cual se encuentra la UNAM no tiene todavía una solución que permita siquiera vislumbrar la ruta y la agenda que debe llevar a la organización y realización del congreso, pero ello no obsta para que se proponga la reflexión a propósito de la huelga y sus consecuencias, de temas que se ubican de manera especial en el ámbito académico y en otros. Nuestra Universidad está, como se puede documentar, en punto y seguido... y nosotros también Rafael Cordera Campos es profesor en la Facultad de Economía de la UNAM. |
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