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El precio del petróleo
Ricardo Becerra
He aquí un ejemplo plástico de eso que llamamos globalización: en 1999 las economías asiáticas comenzaron a recuperarse y como son grandes consumidoras de energéticos, asistieron al mercado mundial demandando más petróleo. Tim Mackey, presidente del Grupo de Trabajo de Energía de la Consejo Económico Asia-Pacífico (APEC), calcula que sólo Japón, Tailandia y Corea compraron el año pasado medio millón de barriles de petróleo diarios, adicionales. Lo hicieron, en parte, porque era una ganga: en diciembre de 1988 el barril costaba 8.2 dólares (tipo WTI). Como respuesta a esa situación la OPEP y otros países productores decidieron bajar su oferta en el mercado. La combinación de más demanda y menos petróleo disponible comenzó a disparar el precio. En abril de 1999 la cotización rondaba los 15 dólares y en julio había llegado a 17. Nada de eso era anormal, pero intervino otro factor: la economía de EU seguía viviendo una expansión enorme y multiplicaba sus necesidades energéticas. Según el propio Mackey, los estadounidenses no pudieron sostener sus fintas geopolíticas: tenían menos barriles en reserva de lo que nos habían hecho creer y no pudieron más que seguir comprando. El resultado es gráfico: en septiembre el precio era de 24 dólares y en febrero de 2000 llegaba a la cifra récord de 30 dólares por barril. Los focos rojos se prendieron; la economía de EU está sometida a una presión extraordinaria; el precio de la gasolina ha tenido que incrementarse en varios estados de la unión. Y si las cosas no mejoran, entonces la inflación -el enemigo número uno del gobierno y de la Reserva Federal- puede reventar el espectacular globo de crecimiento de la economía más grande del mundo. Problema de los gringos, se dirá, pero no es tan sencillo. Un precio del petróleo alto puede favorecer a las economías tercermundistas, como México... en el corto plazo, pues en venganza, EU o Japón incrementarían las tasas de interés de sus bancos. Las deudas subirían, los capitales no llegarían a nuestros países, sus efectos se cernirían sobre todo el planeta y particularmente sobre las economías del subdesarrollo. La lección es obvia: los países centrales no pueden perder, no están dispuestos a arriesgar sus metas de inflación. Quedan varias alternativas: que EU deje de comprar en el mercado internacional y comience a usar sus reservas estratégicas; que los países productores aumenten su producción y su oferta para "saturar" de nuevo el mercado. Esta última vía tiene una restricción: el acuerdo mediante el cual se reduce la producción vence hasta el 31 de marzo. ¿Pueden la economía japonesa y la estadounidense aguantar su inflación hasta esa fecha? En todo ese juego de política y economía planetaria México juega un papel clave. El secretario de Energía de EU, Bill Richardson, lo sabe y por eso llamó a su homólogo mexicano, Luis Téllez, para conversar sobre el tema. La posición oficial del gobierno mexicano había sido vender a menor precio a cambio de estabilidad financiera. ¿Hubo acuerdo? ¿El secretario Téllez fue capaz de articular un esquema que favorezca lo mismo a México que a EU? ¿Es posible que nuestra diplomacia financiera cuaje un acuerdo que permita al país contar con importantes recursos petroleros adicionales y salvaguarde la estabilidad de precios de nuestro socio comercial? ¿Existe ese punto intermedio? A esta intrincada red de intereses llamamos economía mundial; en ella México sigue estando muy mal situado: cuando baja el petróleo debemos apretar el gasto y reducir el crecimiento; pero cuando sube hay que preocuparse, las deudas se incrementarán, los recursos se restringirán y venderemos menos de todo a nuestro socio comercial... si baja malo; si sube malo... encantos de la globalización Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM. |
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