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freakziones

Ataques de maldad
"Hicieron hervir en mí antiguos recuerdos"

Patricia Peñaloza

Foto: Guadalupe García Chávez

1.La foto llevaba meses en el viejo cajón. Bolsa de papel. De cajón. Aquella impresión había vivido en otra vida a la orilla de la cabecera, aquella foto que en algún momento fuera gloriosa, perfecta. Que abrazara sobre mi pecho entre llantos cuando mi casa rosada, aquella de dolor y miseria. Aquella foto había tenido su trayectoria, de acuerdo con lo que había ido sintiendo por él. Cuando lo amé demasiado, ostentaba en primera plana. Más tarde hube de tapar su rostro con una hoja en blanco... aunque la imagen permanecía en el portarretrato. Luego le puse la foto de mi novio... ¡encima! Sí... la antigua imagen permanecía detrás, aún dentro del marco. Otro día me pareció un insulto que estuviera ahí ese retrato, y alejé su ya monstruosa imagen de la de mi novio, quien hermoso se quedó en el buró. Guardé al desechado individuo en una bolsa lejana, escondida... pero no me atreví aún a tirarlo a la basura. Equipare usted cada momento con mis sentimientos hacia aquel sujeto.

2. Era una casualidad encontrarme con Antonio. Lo pensaba en Puebla, rumbo a actuar en su otro show. Pero no, vino al Distrito Federal, tan sólo para ver a Carmela y Rafael cantar en el Zócalo. Gracias a mi baturro y músico amigo, pude entrar al backstage, a donde ni a los de prensa dejaban pasar. Volver a verlo había sido raro, pues Toño ya no me gustaba como hacía cuatro años. Además, él viviendo en España...

Toñito se sabía mi vida por las cartas que yo le enviaba. Sabía de mi novio y de mis tormentos de fotos guardadas; de mis anhelos e infortunios. Cuando el de la imagen arribó con su mujer preñada, ésta no chistó en parársenos enfrente, a Antonio y a mí, a medio metro, dándonos la espalda, como si yo no hubiera sabido ya de la inflamación de su panza, semanas atrás, gracias a informantes externos. Ella y su amiguita no nos dejaban ya ver el concierto, y era restringido el punto de mira. Con dos-tres señas, le hice ver a Toñis quién era ella y qué sujeto ahora "marido" suyo, había perpetrado añejas infamias. Con gran desenfado y oprobio, a manera de afrenta, el de bigotes se acercó a saludarme, según él tan diplomático, lo cual encendió mi cólera, a pesar de que lo ignoré. Espeté como si hablando al aire, que no veía nada, y que la carne de bruja no era transparente. La panzona me miró con miedo y azoro. Nada dijo. Yo la miré burlona. Nada más dije. Los desplantes de los mariditos hicieron hervir en mí antiguos recuerdos. Pero había que tener mesura esta vez. Todo bajo control. Sin embargo, la serpiente al oído comenzó a maquinar los más sutiles y absurdos planes. Esos momentos en que la travesura ingenua, para otros bajezas imperdonables, se me tornaba acariciable placer.

3. Una mañana de domingo, el de la cara de la foto se levantó para observar el cielo. Se asomó hasta la puerta del Edificio Ermita donde vive, se detuvo en los escalones de la entrada y, despeinado, dejó que el sol seco arañara sus pensamientos. Hecho un pingajo se rascó la cabeza, puestas las sandalias con calcetines, y dejó que el viento y el polvo sujetaran sus culpas, a las que mandó hacia el sur en busca de gatos a los cuales ondear de la cola. Mientras el sujeto bostezaba, entré con el fajo de copias fotostáticas al edificio. Hice mi trabajo. Me retiré pronta.

Al otro día, por la mañana, al abordar el elevador, aquél notó que los vecinos lo miraban raro. Oprimieron botones y salieron cuanto antes de la cabina. Nuestro bigotón enemigo no comprendió del todo. Cuando bajó del ascensor, en este caso descensor, una viejita lo miró despacio, abrió los ojos de más, y se alejó apresurada. Bigotes no atinaba a entender. Pensó que lo anterior había sido una paranoia, pero ahora esto lo confundía.

Cuando llegó a su oficina al mediodía, un objeto le esperaba en el escritorio. Era una caja del tamaño de las que contienen galletas. La curiosidad siempre ha sido su debilidad, cual gato de naturaleza que es. Quitó el envoltorio de papel brillante. Su mano tembló. Se trataba de una muñeca de trapo simulando a la mujer que esperaba un hijo suyo: el pelo de hilaza, el vestido color amarillo emulando con borra el abdomen abultado de quien está encinta; sandalias. No se atrevió a tocar la muñeca. Sólo miró con horror cómo una breve navaja atravesaba el vientre del fetiche, el que se hallaba manchado con algún tipo de tintura roja. Sintió palidecer. La cara sonriente, bordada sobre la cara de la muñeca, contrastaba demoniacamente. Recordó cómo la gente se alejó de él por la mañana. Corrió hacia el privado y se mojó la cara con modos nerviosos.

Creyente de las brujerías y los demonios, llamó de inmediato a su mujer, quien contestó con todo y sus seis meses de embarazo. Nadie contestó. No podía ser, pues sabía que ella no iba a salir. Comenzó el terror y la paranoia a atormentar su cabeza, como ocurre en quien se sabe deudor de muchas faltas. Indagó de quién vendría... Pensó en recurrir a aquella santera que le había descubierto, dos años atrás, un embrujo del cual había sido objeto. Pensó en la ruca que le había enviado el embrujo anterior como culpable; pensó en sus enemigos políticos... finalmente pensó en mí... pero me descartó.

Manejó veloz rumbo a su condominio, y al llegar encontró adherida a la puerta, cosa que no había notado al salir por la mañana (acaso y aún no estuviera ahí), una hoja de papel con su foto en blanco y negro, con una leyenda que acusaba de "alta peligrosidad" al individuo en cuestión, y solicitaba un pronto reporte a las autoridades de su paradero. Más tarde notó que por todo el edificio rondaban aquellos avisos. Al llegar a su departamento, vio cómo una mancha líquida color grana ensombrecía la puerta, y escurría rumbo al suelo de aquel segundo piso. Se apresuró a abrir mientras gritaba: ¡¡Lucía!! ¡¡Lucía!!

4. Cuando desperté... tan sólo estaba el hermoso Diego a mi lado. Corroboré, debido a mi sano entorno, que la historia 3 había dejado de ser verdad hasta antes de la mañana de domingo. Que la historia 2 había ocurrido, pero que aquello de la "carne de bruja que estorba", había sido tan sólo un deseo... aunque la mirada de terror de la mal preñada hacia mí había sido verdad. Miré a Die, durmiendo como un angelito; su foto como de querube. Me miré introspectiva, y tuve la sensación ambivalente de que mi angelito no se merecía a esta diabla... y que me haría muy feliz llevar a cabo mis ataques de maldad

Patricia Peñaloza escribe, modela y canta. Correo: futuram@yahoo.com

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