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la hidra Ni corregida ni revisada
Jaime Ramírez Garrido
Cuauhtémoc Cárdenas se presenta por tercera vez como candidato a la Presidencia. Esta tercera edición de la campaña parecería no estar ni corregida ni revisada, y lejos de aumentar sus contenidos, su oferta, éstos quedaron extremadamente reducidos. La plataforma de la Alianza por México, quizá a fuerza de mantener las coincidencias con los aliados y eliminar las diferencias, quedó reducida a la mínima expresión de lo que decentemente puede considerarse una plataforma. Tras las elecciones de 1988 y por influencia de las rebeliones de Europa del Este, el PRD surgió exhibiéndose como el actor principal de una mitología en la que el PRI era el equivalente a un partido de Estado y el nuevo partido la representación legítima de una sociedad civil organizada para defenderse de los abusos ancestrales, realizar una revolución de terciopelo y transitar a la plena democracia. El desprecio del régimen de Carlos Salinas de Gortari hacia la nueva fuerza política osciló entre el desdén y el enfrentamiento, dándole al PRD elementos para confirmar con hechos su mitología, su santoral y hasta su evangelio: "Ni los veo ni los oigo", dijeron los fariseos según este nuevo testamento, por ejemplo. Pero en un momento de confrontación el nuevo profeta quiso tomar parte cuando no estaba invitado a la fiesta de los neozapatistas; éstos lo despreciaron mientras que el tlatoani pretendía hacerse de su causa. Una vez más falló la concepción del mundo según el PRD, de acuerdo con ésta, el mundo se divide entre cuauhtemistas y agentes del gobierno, cuando no del imperialismo estadounidense. En 1988 sorprendía la seguridad en la victoria de los neocardenistas. Con tal de no dudar de su triunfo, se negaban a toda costa las encuestas y hasta creían, por primera vez, en los informes oficiales: "Era tal la confianza en las posibilidades de triunfo que en el equipo de campaña se hablaba de que en las más altas esferas del gobierno, en Los Pinos, en el PRI, se tenía información de encuestas secretísimas, de informes de inteligencia civil y militar, que predecían una copiosa votación para Cuauhtémoc y quizá un apretado triunfo del candidato perredista", escribió en sus memorias de campaña Adolfo Aguilar Zinser (Vamos a ganar, Océano, 1995). Después de la evidente pobreza del desempeño de Cuauhtémoc Cárdenas en el debate entre candidatos se optó por "la puebleada" como estrategia primordial. "Sin discutirlo con sus asesores, sin articularlo expresamente en ninguna de las interminables reuniones de esos días, se arrojó con nuevo e irrefrenable impulso una dirección precisa: la movilización en las plazas públicas... Alimentado con la energía vital de cada plaza llena, recuperó su sitio en la contienda". De esta manera la campaña se dirigía hacia los electores que ya estaban decididos a votar por Cárdenas y propiciaba el autoengaño, pues los mítines concurridos se consideraban como una encuesta efectiva. Por otra parte, los discursos de Cuauhtémoc Cárdenas, que a momentos habían logrado ser incluyentes y propositivos, se volcaron totalmente a una posición excluyente, dicotómica, que polarizaba artificialmente la contienda y que se resumía en la sentencia: "Se está de un lado o del otro". El cuauhtemismo contra el mundo se radicalizó. En una estrategia propia de Marcos y adoptada y relanzada por el Consejo General de Huelga de la UNAM, Cárdenas se arropó entre sus militantes para colocarse del otro lado de la conjura universal. Hoy Cuauhtémoc reedita esa plataforma de despegue sobre la conjura universal y se mueve conforme a ella. La senda que no dejaba lugar para el error, que se apoyaba en las debilidades -reales o elaboradas a partir de una posición ideológica- de los contendientes, culminó en un callejón sin salida. Cuauhtémoc Cárdenas fue derrotado no sólo por su menospreciado PRI, sino también por su desdeñado PAN. Y no sólo por los partidos políticos nacionales, sino también por su sobrevaluado EZLN y, sobre todo, por sus simpatizantes civiles, que rebasaron al PRD y a su candidato, por la izquierda. Al final el PRD mantuvo el mismo número de votos de 1988. Y qué más se podía esperar si la campaña se centró en afianzar electores seguros y ganar adeptos en los extremos del espectro político. Aun en la susposición del fraude, Aguilar Zinser dice: "En 1994... lo único que los voluminosos legajos de Samuel Del Villar demostraron es que el fraude electoral le arrebató a la oposición, no una victoria consumada, sino una posibilidad hipotética de triunfo, sólo eso" y "No ocurrió en realidad un fraude perfecto del que nada ni nadie podría habernos salvado... No obtuvimos los votos que necesitábamos, pero no los obtuvimos porque sea imposible lograrlos, sino porque lo que debimos hacer para obtenerlos no lo hicimos o lo hicimos mal y parcialmente". Cuauhtémoc no considera que con esa estrategia fuimos derrotados muchos partidarios de un partido de izquierda interesado en hacer efectivas las demandas concretas e inmediatas de esta tendencia mediante la búsqueda democrática de consensos en el interior de un partido, la búsqueda de electores y la negociación política. Los partidarios de una trasición a la democracia pactada, pacífica y cabal, que nada tiene que ver con el caudillismo, el maximalismo, la confrontación a toda costa, la simpatía por omisión con la vía armada, que dominó en el PRD y que ahora se reedita con una enmienda -que no fe de erratas- que reza: donde dice EZLN léase CGH Jaime Ramírez Garrido es encargado de Despacho de la Secretaría General Adjunta del Partido Democracia Social. |
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