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Fernando Benítez

Fernando Solana Olivares

La última vez que lo vi, dos o tres años atrás, la vejez comenzaba a arrinconarlo sin remedio. La mayoría de sus contemporáneos estaban muertos y Fernando Benítez se burlaba de sí mismo: "Me ha olvidado la muerte pero no la enfermedad, hermano", dijo entonces, mientras enumeraba con sarcasmo los achaques de su cuerpo, presa de la edad.

Su espíritu, sin embargo, era el que lo caracterizaba: atento, vital, insaciable y múltiple. Esa mañana Fernando seguía empeñado en escribir algún nuevo libro y se mostraba curioso por los sucesos de afuera, mientras se sentaba a una mesa llena de volúmenes y revistas que daban fe de su disciplina diaria: leer y escribir. Acababa de publicar El peso de la noche, y en la conversación había empleado esa frase varias veces para subrayar que la abrumadora y opresiva desigualdad heredada después de tres siglos de gobiernos coloniales era el auténtico lastre que sumergía al país en la oscuridad: el peso de una noche desmedida.

Su habitual vehemencia era insistente esa mañana en medio de la biblioteca generosa, donde se alineaba una multitud de tomos que conocía con precisión. Siempre había sido así: apasionado e indoblegable, sobre todo al hablar de los indios y su injusta historia, de sus amigos y de las mujeres que había amado. Pero un sentido de urgencia parecía dominarlo, como si percibiera queel tiempo no sólo se acababa para él sino también para el país, incapaz hasta entonces de resolver el nocturno saldo de la injusticia histórica contra la que había luchado lúcida y valientemente a lo largo de toda su vida profesional.

Me fui sabiendo que no volvería a verlo. Su muerte ya estaba escondida en cualquiera de los refinados objetos que adornaban el estudio: en alguna pieza mesoamericana o en alguna escultura oriental. No todavía en sus ojos azules ni en sus manos tibias, tampoco en su despedida fraternal. Al salir de su casa hospitalaria pensé que su vida estaba cumplida y que el viático que Fernando Benítez se llevaría consigo sería suficiente para cumplir tanto el final de los incrédulos como el volver a comenzar de los creyentes. No en balde su tarea cultural había sido vencer el olvido, elaborar la cartografía de un mundo esencial y reivindicar su condición. Y el héroe siempre encuentra el auxilio oportuno de sus propias obras para descansar en paz

Fernando Solana Olivares es escritor y periodista.

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