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ensayo

Versiones y perversiones ambientales
¿Cómo transmitir lo complejo de manera simple?

Fedro Carlos Guillén

Foto: Alfredo Estrella

Los que nos dedicamos a cuestiones de política ambiental cargamos a cuestas una losa parecida a la de nuestro insigne antepasado de nombre El Pípila. No existe reunión social, trátese de boda, bautizo o merienda en la que nuestra persona se deje de utilizar como una especie de diana en la que convergen los dardos de molestia de los interlocutores que se encuentran literalmente hartos de la mala calidad del aire, la extinción de las ballenas o el problema de que el camión de la basura junte los residuos que ellos se habían encargado de separar concienzudamente. El vapuleo siempre me deja varias alternativas; la primera es preguntarle a los interpeladores sus propias profesiones y entonces, si es dentista, orillar la discusión al campo de la tortura, si psicoanalista le pregunto acerca de su señora madre y así hasta igualar los cartones. Otra opción consiste en entrar en el territorio del debate y tratar de explicar que las políticas ambientales no valen por sí mismas, que el concurso de la sociedad es indispensable, pero ello no tiene destino; invariablemente es percibido con un recelo que no merezco pero que entiendo y que descalifica de un plumazo cualquier intento que no sea el de aceptar que las decisiones son tomadas en un ambiente de ineptitud total. Está bien; es probable que existan decisiones equivocadas; sin embargo, el problema de la formulación y ejecución de políticas no podría explicarse por un solo argumento, verlo así sería andar los caminos de la sobresimplificación que tanto daño hacen. Ello es una justificación suficiente para que emprenda el siguiente ensayo en el que trataré de exponer mis puntos de vista con la enorme ventaja de que mi único interlocutor es la pantalla de la computadora en la que escribo estas líneas y no un grupo de señores que me quieren quemar en leña verde. Una aclaración importante es que este trabajo no tiene ninguna pretensión científica, si entendemos científico como algo riguroso, fundamentado y demostrable hasta la ignominia. Son simplemente un puñado de ideas que me preocupan y quiero compartir con usted, hipotético lector. Es por ello que en este texto no hallará cifras exactas, notas a pie de página o citas rigurosas que si bien son importantes no pertenecen a esta propuesta y sí a varias docenas que seguramente están a su alcance. Dicho lo cual...

Los saldos del progreso

Los procesos de deterioro ambiental han crecido de forma exponencial en este siglo. Escribí deliberadamente "procesos" porque ello son, es decir, transformaciones que tienen un sentido y una velocidad de cambio y no estados espontáneos que se produjeron en el tiempo reciente. Evidentemente esta degradación tiene varios orígenes, uno de ellos es nuestra creciente capacidad para extraer recursos de la naturaleza gracias a los avances de la ciencia y la técnica.

El uso de combustibles fósiles ha marcado esta centuria que termina y las evidencias de su uso y abuso están a la vista de todos. Sin embargo, cargar las culpas en el costal del avance científico y tecnológico sería excesivo. El ser humano (al escribir esto pienso en Occidente y no tengo razones para pensar que éste no sea un modo dominante de pensamiento que se extiende gradualmente) ha avanzado por una ruta preocupante en la que el mercado dicta nuestros modos de vida. El progreso se ha transformado en una visión totalitaria, esencialmente diferente a la de su concepción renacentista y se ha convertido en un fenómeno homogenizador que erosiona cada vez más rápido la diversidad cultural y los modos alternativos en la relación sociedad-naturaleza. Más allá de un sesgo romántico e idílico que confiere a las etnias indígenas una capacidad superior al resto de nosotros para manejar sus recursos, hay que decir que, efectivamente, existen ejemplos notables de conservación asociados a un manejo tradicional; éstos se han convertido en reductos que poco a poco ceden ante las presiones modernizadoras en las cuales se encuentra incompatible (e incomprensible) una forma ritual de utilización. Muchos son los testimonios y los documentos que dan cuenta de la forma como hemos avanzado en un proceso de erosión cultural que aparentemente es irreversible. Los indígenas de Canadá hasta la Patagonia han transformado paulatinamente sus modos de vida de manera definitiva. La arrogancia occidental no puede entender que los indios "se nieguen a progresar", "que no quieran un excusado", por lo que en una especie de encomienda cultural se decide por ellos. Evidentemente nadie pide que las tradiciones se mantengan químicamente puras o declaremos reservas donde la cultura local no es afectable, hacerlo sería ingenuo por lo menos. La salida es más compleja; toda cultura se tiene que abrir hacia las influencias que la rodean pero desde una base en la que este contacto no sea premonitorio de su muerte y ello es lo que está pasando. Si nada cambia no veo por qué no deberíamos estimar que en 20 o 30 años todos queramos un mismo modo de vida, los mismos satisfactores (como un garaje que se abre a control remoto) y éste es un escenario de pesadilla. No debemos olvidar que la identidad cultural es una semilla de violencia y de presión ambiental.

El progreso -decíamos- parece que todo lo que toca lo convierte en un sistema de costos-beneficios donde la premisa lógica es minimizar los primeros y maximizar los segundos. La forma social más extendida para determinar el éxito humano es elemental: su capacidad de consumo. Por mucho que en el terreno del discurso se hostigue esta percepción nadie debería dudar que es una forma social dominante y ello determina el principio perverso de "mientras más mejor". ¿De qué modo un artefacto para escribir llamado pluma puede costar un dólar o dos mil y cumplir la misma función? La respuesta está en los códigos que hemos adquirido para distinguirnos de los demás y mandar señales de éxito personal cuya única base es nuestro poder adquisitivo. Este fenómeno permea hasta las entrañas sociales y se manifiesta con matices en otras formas indicadoras. Las encuestas que realizan los gobiernos para determinar el bienestar de sus ciudadanos se basan en el desarrollo de indicadores monetarizados. Concedamos para no pecar de ingenuidad que en este mundo no se puede vivir sin dinero; sin embargo, ¿no hacen falta preguntas? ¿La satisfacción personal? ¿El derecho a vivir en un ambiente democrático? ¿La posibilidad de recuperar el ocio? Este último un concepto maldito ahora que el tiempo es oro. Recientemente se publicó un artículo que daba cuenta de cómo los estadounidenses no sabían qué hacer con su tiempo libre -parece que a nadie se le ocurrió la palabra "descansar"-. Los Estados, asimismo, reportan su crecimiento basándose en el incremento anual de bienes y servicios (el incontrovertible PIB), pero difícilmente señalan que este aumento se distribuye de forma muy inequitativa entre la población. Se puede crecer económicamente sin resolver los problemas de pobreza. Se puede también crecer sacrificando el futuro de los recursos con los que un Estado cuenta sin percatarse que ésta es una apuesta sin destino.

Foto: Arturo Fuentes

Por otro lado, nuestra herencia positivista nos obliga a buscar certezas entodos los campos siguiendo casi siempre un enfoque lineal en el cual la causalidad es una premisa básica: si a y b se reúnen se produce c. Hemos fragmentado el conocimiento en formas limitadas y autocontenidas que -se asume- son la estrategia metodológica acertada para enfrentar cualquier problema. Esta oleada de especialismo no es necesariamente incorrecta; hacen falta expertos en muchos campos; sin embargo, en la medida que sus campos de trabajo se aislan y los contextos socioculturales, políticos y económicos no son relevantes para su análisis nos encontramos con una paradoja en la que los esfuerzos académicos navegan a contracorriente de los necesarios para entender la problemática ambiental, marcada por diversas dimensiones y que opera bajo un principio de complejidad que de ninguna manera puede considerarse satisfecho con la suma de los conocimientos particulares. Si analizamos cualquier problema ambiental, el cambio climático por ejemplo, resultará evidente que es un asunto mediado por escalas y factores muy diversos. El calentamiento global es un proceso producido por la acumulación atmosférica de emisiones producidas por el hombre, señaladamente el bióxido de carbono (CO2). El efecto de estos gases es impedir que el calor que llega a la Tierra proveniente del Sol se libere de nuevo y de esta manera, debido a que sus concentraciones se incrementan con el tiempo, han generado un aumento de más de un grado promedio de temperatura en los últimos 100 años. No suena escandaloso, sin embargo, bastaría para que muchas de las zonas litorales, de continuar esta tendencia, se cubrieran bajo el agua de los mares y los regímenes climáticos se modificaran sensiblemente. Huelga decir que esta amenaza debería ser abordada de inmediato, pero la salida obvia, disminuir las emisiones, no es viable en el corto plazo. ¿Bajo qué principio una amenaza global que no distingue fronteras ni avances económicos puede no ser abordada a la brevedad? Las respuestas, nuevamente, se centran en la complejidad de los procesos. Por un lado, existe un grupo nada ignorable de científicos que sostienen que la evidencia no es contundente y que el fenómeno de aumento gradual de la temperatura es parte de un ciclo natural y, por lo tanto, no se relaciona con nuestros procesos de contaminación. Evidentemente este celo científico en poco ayuda; es cierto que se debe contar con elementos confiables para la toma de decisiones, pero hay situaciones que no resisten la menor espera. Una pírrica victoria se obtendría en el momento que el calentamiento tuviera consecuencias irreversibles y los científicos equivocados admitieran su error en medio de condiciones de catástrofe. Por otro lado, existe una evidente asimetría entre las emisiones de países desarrollados y en vías de desarrollo. Se ha estimado que las naciones más poderosas en el terreno industrial que, por cierto, representan una minoría en términos poblacionales, son los grandes consumidores de energía y, en consecuencia, los mayores contribuyentes a las emisiones atmosféricas. Aunado a ello en las latitudes ecuatoriales se encuentran grandes extensiones de superficie forestal que, como se sabe, generan un servicio ambiental debido a que transforman el CO2 en oxígeno gracias al proceso fotosintético. Estas superficies han ido perdiéndose gradualmente debido a presiones productivas y de cambios de uso de suelo. La ganadería y la transformación de superficie forestal en zonas de cultivo forrajero son de las principales causas de la pérdida de la cubierta forestal. Asimismo, las formas tradicionales de cultivo en las que se utiliza el fuego para preparar el terreno con fines de siembra se han convertido en una amenaza para la conservación de la frontera silvícola debido a la falta de control sobre estas prácticas que, cada vez con más frecuencia, devienen en incendios que producen enormes pérdidas. La tala clandestina es una práctica común y las autoridades carecen de la capacidad para realizar una vigilancia exhaustiva que la impida.

Es evidente, entonces, que éste es un problema global con expresiones regionales y locales que demandan muy diferentes vías de conciliación y atención. Las certezas de la investigación científica, los claroscuros económicos que marcan prioridades diferenciadas en la atención a los problemas ambientales, las consecuencias de alcance local (desertificación, pérdida de biodiversidad) nos presentan un panorama complejo que no podría ser atendido con aproximaciones reduccionistas. El paradigma metodológico de la ciencia recomienda abordar el asunto fragmentándolo y siguiendo una serie de pasos que a fuerza de repetirse suenan mecánicos y lineales. Bajo esta premisa la tentación sería buscar, ante estos efectos de deterioro, causas unívocas: el crecimiento de la población, o la pobreza, por ejemplo. Pero, ¿es esto realmente cierto? Evidentemente no. Estados Unidos, con una tasa ortodoxa de crecimiento poblacional, impacta más los recursos energéticos que cualquier país del sureste asiático con una tasa significativamente más alta. Esto se debe a que las variables demográficas tienen un poder explicativo insuficiente si no se integran a variables de consumo y utilización de recursos. Esta perspectiva de aproximación integradora no ha sido propia del pensamiento científico que se encuentra en una crisis milenarista y es confrontado por formas alternativas de comprender al mundo. Este no es un mundo mecánico, predecible y, en consecuencia, medible. Al contrario, los avances espectaculares de la física de principios de siglo cuestionaron abiertamente las ideas newtonianas mecanicistas. Más cerca de nosotros se encuentra el universo de lo caótico y lo complejo. Parafraseando a un notable pensador moderno: hemos llegado orgullosamente a la Luna, pero no podemos predecir a ciencia cierta el clima que habrá en tres días, ¿por qué? Por la cantidad inconmensurable de variables que intervienen en la conformación de los patrones climáticos. Se requiere, pues, de un cambio de visión que parta del reconocimiento de nuestras insuficiencias metodológicas.

La ciencia no es el único cuerpo que se encuentra en crisis, actualmente es frecuente aseverar que hay crisis de valores porque aquel conjunto de acuerdos sociales para validar ciertos actos ha perdido este carácter consensado. Verdaderas revoluciones sociales se han gestado en los últimos 30 años; las mujeres ocupan de manera creciente espacios que les habían sido negados y ello deviene en transformaciones de la dinámica familiar y demográfica que tienen efectos sociales inéditos, como el crecimiento casi exponencial de la tasa de divorcios en ciertos estratos de la sociedad. La tolerancia hacia la expresión pública de preferencias sexuales ha crecido de manera notable pese a la anacrónica (y destinada al fracaso) oposición de nuestras buenas conciencias, ello también ha determinado movimientos y tensiones sociales que se expresan en enfrentamientos cada vez más públicos. Día con día son más frecuentes los avances científicos, como la clonación o procesos de ingeniería genética en general para los que no tenemos ningún referente ético que nos permita tomar posición. La de valores es una crisis que se presenta debido a la atomización de los significados para lo correcto y lo incorrecto.

La economía no escapa a este escenario crítico. Muchos indicadores documentan la forma como los sistemas económicos han contribuido a acrecentar los ingresos nacionales pero se sabe, sin lugar a dudas, que el número de pobres en el mundo aumenta de forma absoluta y relativa. Los patrones demográficos están marcados también por pautas críticas, pues las tasas de crecimiento son muy elevadas para naciones en extrema pobreza con los consecuentes problemas de salud y mortalidad infantil, y se han reducido a niveles preocupantes en países con mayor bienestar, lo que prefigura un escenario de falta de fuerza productiva que seguramente generará procesos migratorios del sur al norte en unos 20 años para los que probablemente no estemos preparados. Los procesos resultantes de la guerra fría han abierto otra crisis; la balcanización que se manifiesta en el momento que las fuerzas que mantuvieron unidos a pueblos con orígenes diferentes se desvanecieron y han producido conflictos marcados por la violencia. La Declaración de Río ha determinado que la guerra es una forma de afectar al ambiente y esto suena a todas luces excesivo, la guerra no amenaza al medio, amenaza al hombre y lo aniquila, de cualquier manera hemos refinado tanto nuestras respuestas políticamente correctas, que ahora el ejército de Estados Unidos ensaya con balas de menor contenido de plomo, de esta manera al matar hombres no dañarán a la naturaleza. Ver para creer.

Decíamos que los procesos de deterioro son producto de una inercia histórica en la cual decisiones tomadas hace docenas de años se manifiestan hoy, es por ello que la posibilidad de revertir estas tendencias no puede considerarse como un reto que se resuelva en poco tiempo. Sin embargo, nuestra paciencia se guía por el corto plazo; queremos una ciudad más limpia ya, aspiramos a que la deforestación se detenga de inmediato y difícilmente reparamos en que las soluciones de fondo requieren un tiempo de articulación y la continuidad necesaria para tener un verdadero impacto. En consecuencia cualquier promesa de limpiar la cuenca atmosférica de la ciudad de México en seis años sería popular pero enormemente demagógica. Es necesario transmitir a la sociedad el tamaño de los retos y el alcance de su responsabilidad, asumir que la inamovilidad no es de ninguna manera aceptable pero lo es menos despertar expectativas que no pueden ser resueltas de inmediato.

Foto: Martin Parr/El País Semanal

Una de las más preocupantes tendencias de crisis es la que se relaciona con nuestras formas de resolver los problemas. En el año 2000 la mitad de la población mundial vive en alguna zona urbana, no es para nadie un secreto que las dinámicas sociales en las grandes ciudades promueven procesos de deshumanización y aislamiento. En zonas rurales de nuestro país donde hay predominancia indígena, como la sierra de Oaxaca, existe un arreglo social: el tequio, a través del cual los miembros de una comunidad se prestan servicio y ayuda mutua. Esta práctica sería impensable en una ciudad como la de México, donde los recelos hacia los demás se han vuelto cotidianos; cuando éramos pequeños las madres nos dejaban salir a la calle bajo una advertencia elemental: "Tener cuidado de los extraños". ¿Qué significaba esto? Simple, que había conocidos, hoy todo mundo es extraño y de alguna manera responsable de lo que pasa, tendemos a tomar una terapia en la que las culpas nunca nos alcanzan. Si yo le preguntara: ¿cómo se ve en diez años? Seguramente contestaría que mejor, más desarrollado, con un proyecto de vida más completo. Sin embargo, si la pregunta fuera la misma pero dirigida a nuestra ciudad, el escenario sería mucho menos optimista: más contaminación, menos agua, mayor violencia. Nadie se da cuenta de que ahí hay una paradoja notable: ¿qué individuo puede estar mejor cuando su entorno se deteriora? Evidentemente nadie, pero ésa es nuestra defensa, pensar que podemos ofrecer soluciones individuales a problemas colectivos y que los demás se arreglen lo mejor que puedan. Ello nos lleva al problema de la competencia. En tiempos recientes se ha hecho una práctica común entender a la competencia como un valor que genera eficiencia. Se nos repite hasta la saciedad que es importante formar empresas u hombres competitivos, pues el mercado que todo lo ajusta pasará por la criba a los menos eficientes y en consecuencia todos nos beneficiaremos. Desgraciadamente este argumento neodarwinista tiene una deficiencia ética fundamental: ¿qué hacemos con los que pierdan esta batalla? Una opción (aparentemente la opción) es dejarlos a su suerte pero, ¿es esto justo? Pensemos en una carrera de 100 metros en la que algunos salen de la meta pero otros de la mitad o de las tres cuartas partes del trayecto. Los que no cuentan con recursos para continuar sus estudios, los pobres entre los pobres son los predecibles perdedores de esta asimétrico modo de enfocar las dinámicas sociales.

Desde luego podemos seguir adelante con la idea de que cada quien tiene lo que merece, que uno es el arquitecto de su destino y que la pobreza es una condición histórica para el bienestar, pero caminar por esa vía implica renunciar a un horizonte ético que haga de los tiempos venideros algo más que una lucha descarnada que en poco ayuda a la solución de problemas globales.

Estos son los saldos de un modelo de civilización agotado: crisis, deshumanización, monetarización y un deterioro preocupante de los recursos naturales. Frecuentemente se me pregunta sobre los grandes retos educativos y me resulta evidente que se centran en la transformación de estas visiones, en la transformación de la sociedad que, por cierto, es el fin último de todo proyecto educativo.

Las transformaciones

Los cambios no son espontáneos, deben ser el producto inevitable de un análisis, de una "toma de pulso" de los vaivenes en los que la humanidad se lanza día con día y centuria con centuria. Es importante entender de qué lado sopla el viento y cuáles son las tendencias. Permítaseme un esquema ilustrativo:

Lo artificial - Lo natural

Lo científico - Lo alternativo

Lo inagotable - Lo perecedero

Lo determinístico - Lo caótico

La seguridad - El riesgo

Lo comunitario - Lo individual

La tabla ilustra lo que, desde mi punto de vista, está marcando las preferencias dominantes de la sociedad. Debería ser obvio que estas son tendencias y, por lo tanto, no pueden reducirse a un absoluto ni medirse en términos ortodoxos; algunas son más evidentes y otras apenas se muestran de manera incipiente, de cualquier manera son sólo hipótesis para el análisis bajo el principio orientador de que siempre es más sensato abrir que cerrar discusiones.

Lo artificial y lo natural

En tiempos recientes se consideró "moderno" el gusto por lo artificial; en lo alimentario, en lo ornamental, en lo médico, en fin, en prácticamente cualquier expresión humana. La síntesis de productos naturales trajo consigo verdaderos imperios. Los productos del caucho o del henequén simplemente no resistieron los embates de la modernidad, que a través de síntesis químicas logró productos más baratos y duraderos. Durante un tiempo -demasiado para mi gusto- la idea de flores de plástico o jugos concentrados se volvió un sinónimo de actualidad social. La seda verdadera producida de manera artesanal simplemente no era competencia para emporios de hilados sintéticos. Sin embargo, este proceso empieza a moverse en dirección contraria; el mercado se empieza a reorientar debido a que los consumidores modernos y pudientes encuentran que una imagen muy atractiva se puede proyectar en el retorno a lo natural, en una imagen de conciliación con la naturaleza devolviéndoles productos más amigables a pesar del sobreprecio asociado. Ello marca una tendencia invisible pero cierta, los productos naturales tienen un valor agregado que se expresa en su paulatino regreso al mercado. Hoy es mejor un jugo, un medicamento o una flor natural y ello abre mercados para la internalización de costos ambientales. Es una buena noticia a pesar de la frivolidad de su origen.

Lo científico y lo alternativo

Durante el Renacimiento ocurrió una verdadera revolución del pensamiento, el paradigma religioso entró en crisis. Ello determinó que la forma dominante de entender al mundo se volviera opcional y privada y que un nuevo paradigma asumiera el control: la ciencia. Bajo las premisas científicas el mundo podía ser entendido como una máquina ordenada y predecible y la ciencia como la herramienta que desentrañaría los secretos de esta maquinaria natural para traer progreso a la humanidad. Este modelo dio frutos; la física clásica se desarrolló de forma inédita, se crearon máquinas que simplificaron el trabajo del hombre y la prosperidad se extendió de alguna u otra manera. El pensamiento científico se convirtió en un nuevo dogma que había que aceptar a pies juntillas y ha sido tan absoluto su poder que todavía hoy una manera de descalificar una idea es poniéndola bajo la etiqueta de "poco científica". Pero atención: si observamos con cuidado, el paradigma de la ciencia está en crisis, muchos culpan al enorme avance científico y tecnológico de ser el responsable de lo que hoy vivimos. Hay una enorme desesperanza que ha orientado muchas miradas en otra dirección. Lo mismo que una persona a la que se le diagnostica cáncer por medio de un proceso ortodoxo recurre a medidas extremas, una buena parte de nosotros estamos entrando en una especie de doctrina milenarista y confusa en la que lo mismo caben tendencias respetabilísimas como el orientalismo y otras difíciles de tomar en serio como los reportes de aquellos que han sido poseídos por extraterrestres. Esta tendencia ha tenido efectos positivos; el primero, disminuir la arrogancia del discurso científico, de su búsqueda de la "verdad" como si ésta fuera un algo determinado e inmutable y no una construcción social tan volátil como el tiempo. También ha abierto espacio para que pongamos atención en formas impugnadas pero sugerentes, muy señaladamente la herbolaria o las formas de la terapéutica oriental. Asimismo, para cuestionar formas metodológicas mecánicas y lineales y abrir la ventana para la entrada de ideas frescas. Es, en síntesis, otra tendencia de cambio esperanzadora.

Lo inagotable y lo perecedero

Foto: Sergio Castro Solís

La geografía nacional ha tenido una explicación iconográfica histórica. Si se analiza con cuidado la forma de nuestro territorio, uno verá, haciendo valer cierta imaginación, que es una especie de cuerno de la abundancia. Así hemos crecido; pensando que nuestro país es una fuente inagotable de recursos, de biodiversidad y de riquezas. Los que tenemos cierta edad, nos criamos en la tradición de lo que no se acaba; bastaba abrir una llave para que saliera la cantidad de agua que deseábamos, visitar un bosque y estar en medio de una cantidad de árboles infinita. Eso ha cambiado; los días de San Juan eran una fiesta colectiva, la tradición popular suponía que, emulando el bautizo, todo mundo bañara con agua a los que pasaban. Hoy nadie está de acuerdo con dicha tradición, es inaceptable que alguien desperdicie el líquido vital en una fiesta. Esto nos habla inequívocamente de una sensación colectiva de austeridad, de un cambio en nuestras percepciones que nos vuelve más recelosos del desperdicio, porque éste tiene un costo que algún día pagaremos. Esta es una visión inevitable que permea en la sociedad de forma asimétrica en la medida que la afecta; es obvio que una mujer que debe acarrear agua es infinitamente más sensible ante el problema que quien recibe subsidios para obtenerla de la toma. Hace poco se publicó un estudio donde se señalaba que el agua es más barata para los que más recursos poseen. Esto abre un escenario que parece inevitable; la obligación de ahorrar, de ser más cuidadosos y responsables en el uso de los recursos. Desgraciadamente parecería que la vía adecuada, la sensibilización social, resulta insuficiente, por lo que la tendencia es ajustar usos por la vía de costos más elevados, lo que sin duda resulta preocupante. Lo mismo que un tope que obliga a reducir la velocidad se constituye en una renuncia educativa, el hecho de que la gente cuide los recursos sólo porque tienen un precio mayor es a todas luces una solución de forma y no de fondo a un modelo de consumo que empieza a resquebrajarse.

Lo determinístico y lo caótico

¿Puede el aleteo de una mariposa en Tokio producir un tornado en Oklahoma?, se pregunta Ilya Prigogine. La verdad es que no lo sabemos, de hecho, ni siquiera lo imaginamos. Ambos eventos se encuentran tan lejanos en tiempo y espacio que nuestro entrenamiento metodológico no nos permite asociarlos. Ello es parte de un problema para entender lo ambiental, retirar a una especie o modificar un ecosistema pueden tener consecuencias imprevisibles y esta falta de certeza se acentúa si usamos nuestro bagaje de herramientas causales. Hoy, sin embargo, se empieza a advertir que el caos y la falta de orden son más frecuentes de lo que pensábamos y que son intrínsecos a los sistemas físicos y biológicos. Los paradigmas tradicionales de la ciencia se han basado en la ortodoxia del orden y el determinismo. Parecería un tiempo correcto para recapitular e integrar sistemas metodológicos que ponderen el desorden y la complejidad universal.

La seguridad y el riesgo

La década de los 60 es sin duda un parteaguas notable. Un breve recuento de hechos nos indica que en esos años los jóvenes cuestionaron las formas adultas de manera pacífica y violenta a la vez, que las mujeres hicieron valer su derecho a decidir sobre sus procesos reproductivos; la píldora anticonceptiva (un símbolo en sí mismo) es un invento que se extendió justamente en esa década. Asimismo, los movimientos antisegregacionistas mostraron al mundo lo premoderno de la discriminación.

Sin embargo, hay un evento climático y significativo: el 15 de octubre de 1962, aviones espías estadounidenses identificaron plataformas de lanzamiento de misiles en territorio cubano y lo denunciaron ante las Naciones Unidas. Estas plataformas fueron concebidas por el primer ministro ruso Nikita Khrushchev en razón de que su desarrollo militar les impedía atacar Estados Unidos desde su propio territorio. A raíz de la invasión de Bahía de Cochinos en 1961, Fidel Castro consideraba que sería inevitable un nuevo plan de invasión a Cuba, por ello aceptó la idea y en el verano de ese año se inició el proyecto de construcción bajo el más riguroso secreto. Después de una semana, el presidente Kennedy ordenó un bloqueo naval de la isla. Khrushchev demandó entonces como condición para el desmantelamiento de las plataformas una garantía por parte de Estados Unidos de que no intervendrían en Cuba y, más tarde, el retiro de los misiles estadounidenses de Turquía. El 27 de octubre fue el día más intenso de la crisis, pues un avión de reconocimiento estadounidense fue derribado sobre territorio cubano. Nunca el mundo ha estado, desde entonces, más cerca de la guerra nuclear. Sin embargo, Estados Unidos asumió el compromiso de la no invasión y los rusos retiraron el proyecto al mismo tiempo que el mundo entero respiraba de nuevo, pero una sensación inédita se apoderó de la sociedad: el riesgo. Diez años más tarde el Club de Roma publicó su famoso informe "Los límites del crecimiento", donde -con claroscuros y excesos- documentaba la silenciosa catástrofe ambiental. El hecho que desde el desarrollo se cuestionara el modo de vida predominante fue suficiente para que esta idea de riesgo arraigara lo suficiente para ya no abandonarnos. Hoy el riesgo está presente en los proyectos de desarrollo, en los lugares donde nos asentamos, en lo que comemos y lo que respiramos. Un concepto emergente que ha sido la piedra de toque de la sensibilización ciudadana.

Lo comunitario y lo individual

Ya hablamos de la tendencia a la desagregación, de la forma como nos hemos propuesto resolver los problemas sin un sentido comunitario, sino luchando por lidiar con ellos desde una perspectiva individual que -se piensa- es la forma más inmediata y eficaz de enfrentarlos. No hay tal; sin embargo, esta tendencia prefigura uno de los más grandes retos sociales. En un escenario donde la gente recela por motivos políticos, religiosos o geográficos en diferentes escalas (piense en la actitud que se tiene hacia los capitalinos en muchas ciudades del mundo) se vuelve imprescindible regresar a la idea de humanidad, de buscar valores comunes que nos unan por una causa colectiva. Este proyecto de humanidad podría ser el medio ambiente. No importa si las responsabilidades del deterioro están diferenciadas. Todos pagaremos las consecuencias, es por ello que la solución a los problemas ambientales debería convertirse en una causa que nos siente otra vez a la mesa independientemente de nuestros intereses o visiones. Se podría argumentar que esta es una visión ingenua y poco realista pero, ¿hay alguien que proponga una vía mejor?

Comunicación ambiental

Foto: Time

Los medios de comunicación han entrado en una especie de lógica perversa cuyo efecto está a la vista de todos. Este es el mundo con el mayor flujo de información de la historia y, paradoja de paradojas, el más desinformado. Las tendencias de la comunicación han privilegiado una especie de vía rápida para la presentación de las ideas. Sobre cualquier evento posible lo que se busca ya no es el análisis cuidadoso -es obvio que no hay tiempo para ello-. Lo que se persigue es contar con la opinión más rápida, si es certera doblemente bueno, pero el principio es simple: llegar primero, no perder la primacía de la información y desechar a todos aquellos que quieren tomarse algún tiempo para reflexionar. Ello deviene información sobresimplificada y muchas veces inútil (valdría la pena determinar cómo evoluciona ganando casi exponencialmente precisión, una noticia original en la medida que se van acumulando mayores evidencias). Una segunda perversión se relaciona con la tendencia a mostrar nuestro compromiso a través de alguna posición inequívoca. Este es un mundo que cada vez admite menos matices; el eclecticismo es desvirtuado con adjetivos de tibieza o de falta de compromiso. Por ello, uno eternamente debe definirse ante los problemas en blanco o negro y ello, desde luego, ayuda poco al análisis de las cuestiones ambientales pues, como es evidente, las decisiones que se toman están muy lejos de ser biunívocas. Pensemos en un instrumento, la manifestación de impacto ambiental a través de la cual se analiza la factibilidad ambiental de un proyecto de desarrollo. Este instrumento de gestión que, por cierto, ha permitido un mayor y mejor proceso de planeación del desarrollo, siempre es percibido como un veredicto fatal que se orienta hacia el desarrollo, si aprueba, o hacia la conservación, si rechaza. La sociedad reacciona de manera muy diferente ante cada dictamen. Normalmente las organizaciones conservacionistas se oponen a todo aquello que tenga el aroma del desarrollo, mientras que los inversionistas simplemente no entienden la serie de trabas que pone el gobierno para la generación de empleos e inversión bajo argumentos de conservación. Resulta obvio que el asunto es ligeramente más complejo, que cada decisión gubernamental no es una apuesta hacia el blanco o negro, sin embargo, trasmitir esto es casi imposible debido a la tendencia mediática a digerir lo más posible la información (¿qué mejor digestión puede haber que presentar el asunto en términos de héroes y villanos?). Lo ambiental -se ha dicho muchas veces- es complejo, entonces nos enfrentamos a un reto delicado: ¿cómo transmitir lo complejo de manera simple con el fin de que la sociedad esté cabalmente informada? Desgraciadamente hay pocas pistas para responder a esta pregunta, pues las fuentes ambientales -improvisadas e impreparadas- abordan cualquier asunto por la vía del conflicto, de la catástrofe o de las posiciones confrontadas. Esas son las noticias que interesan y es claro que nos hallamos en una espiral sin fin donde los medios trivializan cada vez más la información porque la sociedad prefiere consumirla de esa manera acrecentado, así, su propia falta de información.

El problema de la percepción, por otro lado, es crítico. La forma como la sociedad percibe los recursos determina su futuro. Hace unos meses la tribu Makah en el noroeste de Estados Unidos obtuvo un permiso para matar a una ballena con lanchas y arpones después de 70 años de no hacerlo. La noticia desató una polémica relativa a los derechos de los animales y al -se argumentaba- evidente anacronismo de una conducta en la que se mata a un ser vivo por motivos religiosos. Este no hubiera sido un caso hace 100 años cuando los enormes mamíferos marinos eran cazados por cientos y la visión social no objetaba en modo alguno esta actividad. No olvidemos que Herman Melville escribió Moby Dick, una novela clásica en la que se presentaba a un cachalote como el enemigo natural del ser humano. ¿Qué significa esto? Que la percepción social dominante es la que legitima o invalida el curso de nuestras acciones y rápidamente se desata todo un fenómeno comunicativo que sostiene estas visiones. ¿Quiénes son los villanos animales en las historias para niños? Evidentemente aquellos que por alguna razón son percibidos con riesgo por todos nosotros. En cambio, aquellos que nos reportan beneficios están salvados, el juicio humano los absuelve y los une a nuestros destinos (es por ello que el perro jamás se extinguirá). Nos encontramos entonces ante una aproximación profundamente utilitaria -en la escuela inicial se enseña que los animales de la granja siempre "sirven para algo"- hacia los recursos naturales sin entender que los organismos no sólo deben conservarse por razones económicas o ecológicas (muchos de ellos son especies clave que mantienen en equilibrio sistemas muy complejos), sino por un principio ético que debería subyacer a nuestra propia naturaleza.

En un ejercicio elemental que hago frecuentemente con mis estudiantes les pido que asocien una palabra, un adjetivo, una idea o un evento a una serie de conceptos que les dicto: playa, cacería, desarrollo, manejo tradicional de recursos y organizaciones no gubernamentales. Las respuestas normalmente son invariables y predecibles como un meteorito; la playa les evoca calor, diversión, hoteles. En el caso de la cacería normalmente se alude a la violencia, la maldad y la brutalidad. Para mis estudiantes y para la mayoría de la gente el manejo tradicional de recursos es sensato y armónico, y las organizaciones no gubernamentales son positivas y desinteresadas.

Correcto... e incorrecto. Las tinieblas del estereotipo nos pueden jugar muy malas pasadas. Las playas como las que evocamos son simplemente minoría en el mundo y se encuentran únicamente cerca de las latitudes ecuatoriales. La cacería -más allá de lo difícil que nos resulte a algunos aceptar que se mate por diversión- se ha convertido en un instrumento de conservación eficaz y duradero. Existen numerosos ejemplos de formas tradicionales de manejo de recursos poco exitosas y degradadoras del ambiente y, finalmente, es obvio que cada organización no gubernamental tiene el lugar y el prestigio que se merece pero no hay duda de que en muchos casos se aprovecha la buena intención ciudadana para obtener beneficios económicos o poder.

Es, pues, un universo donde las percepciones determinan que los proyectos se desarrollen o sufran el veto social. Debido a ello es que la manera de comunicar una línea de política o un proyecto cualquiera debe considerarse como un elemento intrínseco a la gestión del proyecto y no como la parte final del mismo. Hacerlo así significa asumir el riesgo de que éste no sea cabalmente comprendido y que, pese a sus posibles virtudes, su calidad técnica y su apego normativo no se realice porque sus alcances y beneficios no fueron transmitidos de la manera más eficaz a la sociedad.

Se trata de garantizar un clima que permita un análisis en el que los juicios no se den a priori y sin ningún fundamento. Ello entraña un reto impostergable en el que las políticas de comunicación deben ser más eficaces, diferenciar audiencias y discursos y producir discursos más legibles para la ciudadanía.

Estos son desde mi punto de vista los escenarios de reto en nuestras formas de entender la problemática ambiental y comunicar sus alcances. Se puede estar de acuerdo o no, pero lo que es incontrovertible es que estos tiempos demandan romper lanzas por mejores análisis (me curo en salud y adelanto que éste no tiene por qué serlo pero es mi análisis) y por la propuesta de una visión más crítica e informada de nuestros modos contemporáneos

Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM, y Fellow del Programa LEAD-México.

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