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Sentidos y razón en armonía
Eve Gil
En el Museo Nacional de San Carlos se exhibe Espejismos de Medio Oriente, que reúne a un grupo de pintores del periodo romántico que basaron gran parte de su obra en la fascinación orientalista tan de moda en el siglo XIX. Entre los artistas expuestos destaca el barón Antoine Jean Gros (1771-1835), precursor del romanticismo francés, así como su más célebre contemporáneo, Ferdinand Víctor Eugène Delacroix, quien una vez superadas las influencias juveniles adoptó una línea que sirvió, asimismo, de inspiración a Jean Leon Ger_me (1824-1904), Leon Cogniet (1794-1880), Richard Dadd y David Roberts (1796-1864), también incluidos en la selección. Pero hagamos hincapié en la figura de Delacroix, nacido el 26 de abril de 1798 en Charenton-Saint-Maurice. Poeta maldito de la plástica francesa (deploraba abiertamente las comparaciones con Víctor Hugo), con una biografía tan apasionante como su obra misma, concedió un sello muy personal a la pintura épica. Profundamente tocado por la literatura, de la que se nutrió con obsesión, plasmó en el lienzo gestas colosales, escenas de la corte napoleónica (como la coronación del emperador por el papa Pío IX), dio rostro y forma a los personajes de Dante, Lord Byron y Shakespeare. Decisiva fue su amistad con escritores (Stendhal, Merimée, Dumas padre, entre otros) con quienes halló mayor identificación que con sus colegas pintores. Ferdinand Víctor Eugène era apuesto, de pelo ensortijado de color castaño, párpados abultados, perfil agraciado, tupido bigote y sonrosada tez, según autorretrato de 1832, sospechosamente parecido al Hamlet de su autoría que actualmente se exhibe en el Louvre. Su semejanza física con el célebre marqués de Talleyrand, así como la comprobada disfunción sexual de su padre nominal, el embajador Delacroix que murió al segundo año de su nacimiento, confirma la tesis de la bastardía del pintor respecto de aquél. Nieto por la vía materna del alemán Oeben, ebanista de Luis XV y Luis XVI, sobrino del pintor R. H. Riesener, Eugène entabló vínculos con el arte desde la más tierna infancia aunque, cosa curiosa, su incursión tiene lugar en calidad de objeto artístico, al posar para pintores como Géricault, el citado Gros y el extraordinario, impredecible Gerard, de quien es posible advertir cierta influencia sobre el primer Delacroix. Al mismo tiempo que sirve de modelo, el entonces adolescente se ejercita como copiador en el Louvre. Su primer creación es La barca de Dante (1822), que le abre al joven Delacroix las puertas de los grandes salones parisinos. Esta obra -que presenta a Dante sujeto a la mano de Virgilio, contemplando con estupor a las almas torturadas que naufragan en los pantanos del averno- fue definida por Gros como "un Rubens castigado". ¿Envidia del maestro para con el genio prematuro del aprendiz?, suele suceder. Sin embargo, es posible advertir en el joven Delacroix una grandilocuencia, una energía y una opulencia de color que remiten al maestro flamenco del siglo XVII. Salta a la vista también su influencia con la escuela veneta del mismo periodo. Este original, ¿insolente?, planteamiento da pie a una interminable polémica entre romanticismo y clasicismo, el antagonismo estético entre el frío colorido de Jean August Dominic Ingres (1780-1867) y el dinamismo cromático de Delacroix. "Tantas inútiles y abstractas polémicas -señala Charles Baudelaire- fueron suscitadas no solamente por la expresividad del color, por lo novedoso y el anticonformismo de los temas tratados, o por la audaz actitud representativa, sino por la sinceridad de espíritu que revela aquello que lo turba, que lo conmueve y apasiona". Sin embargo, el estilo de Delacroix fluctúa sutilmente cuando se entusiasma con la pintura paisajista que encuentra su auge en Inglaterra, con John Constable (1776-1837) como máximo exponente. Paga el viaje a Inglaterra con los seis mil francos que gana por la venta de La matanza de Quio e inmerso en la campiña, Delacroix siente cómo su pecho se inflama de pasión inglesa: es la época de su pasión por Shakespeare y por Byron. De regreso a París, introduce en los salones mundano-intelectuales cierta nota de dandismo y se rodea de refinadas amistades, entre quienes sobresalen Chopin, su amada Aurora, mejor conocida como George Sand. Existe en el Louvre un notable retrato elaborado por Delacroix que muestra al músico extasiado sobre el teclado del piano, mientras George Sand lo escucha en actitud contemplativa. Explica Aldo Galli, crítico de arte argentino, que lo que se exhibe es la mitad del original, pues algún inescrupuloso encontró la oportunidad de vender por separado ambas imágenes y la de la escritora se extravió. Vendrían después sus expediciones aventureras por España y Marruecos (1832) que habrían de imprimir a su pintura esa insólita amalgama de erotismo, violencia, primitivismo y paroxismo místico: La batalla de Taillebourg (1837), La entrada de los cruzados en Constantinopla (1838) y La justicia de Trajano (1840). Se advierte en cada una de éstas el afán de definir el drama íntimo de cada personaje. Charles Baudelaire, que analizó a profundidad la obra de Delacroix, hace continuas referencias a su "encendida subjetividad" y a su "instinto". "También se nota su dificultad para conciliar las distintas conquistas, para dar un lugar a su extraordinario virtuosismo y a esa tensa y convulsiva emotividad de su fina y dolorosamente enfermiza sensibilidad". "Trabajamos hasta agonizar", le escribe Delacroix a su amiga George Sand desde su refugio en la campiñas de Champrosay, afecto a la pluma tanto como al pincel, aunque de su producción literaria sólo ha sido posible rescatar unos diarios incompletos -tienen una laguna de 20 años-. Probablemente exista un material intermedio que no se logró encontrar; escribe: "La pintura es una potencia silenciosa que en primer lugar habla a los ojos y que logra y se adueña de todas la facultades del espíritu". Plasma en esos mismos diarios sus exaltadas relaciones con sus modelos Emilie y Laure; con la proba madame Dalton, con su prima madame de Forget y su fuga a Holanda y Bélgica con una dama casada, madame Boulanger. "Su fina y nerviosa sensibilidad lo encadena a las emociones de su viaje por Oriente y el deseo de recrear, según la manera moderna, `la grandeza` de los maestros, lo inclina hacia la decoración en vasta escala, donde la armonía entre los sentidos y la razón encuentra una dimensión verdaderamente clásica", escribe Baudelaire. El dramatismo en su obra crece a la par de la faringitis que le torna doloroso el arte de conversar, en el cual también es maestro. Pero jamás abandona el arte heroico. En Delacroix lo racional se trastoca en una emotividad marcada, a su vez, por la riqueza del color. Muere el 13 de agosto de 1863, en su departamento de Place de Fürstenberg, en París, sin que la atmósfera académica deje de serle hostil. No obstante, Delacroix ha ingresado a la posteridad gracias a su pintura poética, teatral y dolorosamente expresiva Eve Gil es periodista. Correo: monalisa@elfoco.com |
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