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el revés de la trama El nuevo "Tata"
Edgardo Bermejo Mora
Con tres campañas presidenciales en su haber, Cuauhtémoc Cárdenas es muy probablemente el mexicano con más kilómetros-pueblo recorridos en sus afanes políticos. Si a ello sumamos sus campañas a la senaduría y posteriormente a los gobiernos de Michoacán y de la ciudad de México, y las giras de trabajo en su sexenio como gobernador o su bienio como jefe político de la capital; o si finalmente agregamos los miles de kilómetros que recorrió al lado de su padre en las tres décadas de su vida presidencial -con toda justicia al general debemos otorgar la patente mexicana en materia de giras populares como fuente de liderazgo y credibilidad, la legitimidad de la geografía podríamos llamarle-, Cárdenas tiene entonces a la mano la oportunidad de solicitar ante quien corresponda su registro como aspirante oficial a un récord Guiness: el del político en México y acaso en el mundo con mayor asistencia a mítines, con más saludos de mano y con más horas y kilómetros de recorrido a bordo de un autobús. En esto nadie lo supera, y lo del Guiness sería una mala broma si no fuera porque durante su gobierno en la ciudad de México maquinó dos hazañas similares: la rosca de reyes más grande del mundo y la mayor tamaliza de la historia. Hay, pues, un tercer récord en puerta. La fatiga que se refleja en su rostro en la foto que a continuación comentaremos, acaso lo confirma. Conforme los años pasan, y a no ser por la ausencia del abdomen y el bigote emblemáticos en el general, Cárdenas se parece más a su padre. El hijo del Tata cada vez se parece más -física, política y moralmente- al Tata y, de hecho, Cuauhtémoc tiene hoy la edad que tenía su padre cuando dirigía el Movimiento de Liberación Nacional a principios de los 60, y cuando subió al toldo de un automóvil para improvisar un discurso, tras la invasión de Bahía de Cochinos en Cuba, y su frustrado intento de viajar a la isla para solidarizarse con Fidel Castro. Hay una foto memorable que nos muestra al general Cárdenas en el Zócalo de la ciudad arengando en favor de la revolución cubana ante la mirada entusiasta y pasmosa de quienes lo rodean, no muchos, acaso unos cientos de convencidos pero no más. A esas alturas el general gozaba ciertamente del patrimonio moral de su prestigio y de su pasado, pero no era ya un líder de masas en el sentido estricto; ni ejercía alguna forma de poder político como no fuera su propio nombre y su leyenda, o su liderazgo simbólico en un grupo que dadas las circunstancias no se atrevía a definirse con todas sus letras como de oposición y que navegaba entre el nacionalismo leal al sistema y la conciencia latinoamericanista de izquierda. De manera que aquel Lázaro Cárdenas de 65 años, y este Cuauhtémoc Cárdenas con la misma edad a las espaldas, no sólo se parecen físicamente, sino también políticamente. Ambos caudillos cuyo innegable patrimonio moral no se corresponde ya con su poder de incidencia en el paisaje político nacional. Aquel, un ex Presidente aislado del sistema cuya irrupción política se reducía lo puramente testimonial; éste, un opositor fatigado cuya tercera intentona amenaza con ser menos exitosa que las dos anteriores, en el sótano de las preferencias electorales, y reducido cada vez más al mero prestigio moral de su investidura opositora, la cual, sin embargo, no es ya suficiente para conquistar el poder. Caudillos prestigiados, caudillos marginados, caudillos fatigados, al viejo Lázaro y al ahora viejo Cuauhtémoc el destino se les aparece como un universo paralelo. ¿Quién es el nuevo Tata?, es un hombre con un lustro de formar parte de las estadísticas de la tercera edad, un político empecinado con miles de kilómetros recorridos que se asoman en el rictus de fatiga de esta foto del reportero gráfico de La Jornada, Omar Meneses (16/II/2000). Cuauhtémoc luce ojeroso, dos verdaderas bolsas de sueño postergado le brotan y le cuelgan de los pómulos; la papada flácida y vencida como la de un cebú; la boca apretada y contenida, como resistiendo los embates del tiempo y las jornadas maratónicas de la campaña; las mejillas que se cuelgan y se marcan con una gravedad casi épica y los brazos ingrávidos y dubitativos, como si las indígenas que lo flanquean le llevaran de paseo por el jardín de la senectud; los brazos así tomados lo hacen lucir no menos incómodo que exhausto: el disidente ha envejecido y lo sabe. Dócil o resignado, el nuevo Tata no pone reparos a usar los atuendos que le otorgan la identidad fugaz del ser indígena. Lo mismo harán los otros candidatos y lo mismo esperan sus anfitriones; que se vistan unos minutos como ellos para participar de este extraño ritual del simulacro del atuendo como fuente de legitimidad. Sin embargo, en esta foto Cárdenas se muestra como desprendido de sí mismo, no sólo porque le conducen del brazo, sino por lo desaliñado de su figura y la desproporción ridícula del sombrero indígena que lo corona. El confeti y el jorongo le añaden a la imagen el toque pintoresco y atemporal requeridos: es una foto de ahora como lo podría ser de hace 20 o 50 años. El confeti, como la Coca-Cola, o las matracas, son de las cosas que no cambiaron en el siglo. Esta es una foto del pasado que se entromete en el presente, o una foto del futuro que se adelanta al almanaque visual de nuestro país: el futuro del caudillo crepuscular, el caudillo moral que se aproxima, el anciano opositor que está a la vista Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Correo: edbeme@prodigy.net.mx |
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