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Murió agradecido con la vida
Alejandro Olmos Cruz
Fernando Benítez murió en paz y agradecido con la vida. Vivió como quiso y, en ocasiones, como pudo. Pero lo más importante: falleció con la certeza de que su trayectoria profesional periodística y literaria le fue reconocida en vida. Y eso no es cualquier cosa. A diferencia de algunos otros personajes que al morir se hacen acreedores a cientos de páginas para alabar su obra, Benítez fue un hombre que no paró en vida de tener homenajes. En la Universidad Nacional, en las universidades estatales, entre antropólogos, indigenistas y, por supuesto, entre periodistas, Benítez fue un hombre admirado y reconocido. Recuerdo que en junio de 1986, gracias al empeño del catedrático y crítico de cine Gustavo García, la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM le organizó un gran homenaje titulado "La ruta de Fernando Benítez". Impecable -como siempre vestía- de traje gris claro, camisa blanca y corbata azul oscuro, vio desfilar a antropólogos, artistas y periodistas como Ricardo Pozas, Margarita Nolasco, Eduardo Matos, Carlos Monsiváis, José Luis Cuevas y Huberto Batis, quienes destacaron los méritos de su obra. Nolasco de entrada agradeció que Benítez al hablar sobre los grupos indígenas lo hiciera asumiendo una posición: la de sentirse indígena, lo que Matos aprovechó para agregar, con contundencia: la ruta de Benítez es una sola: la del periodista digno. La declaración era oportuna porque si de algo se quejó Benítez en vida fue que algunos antropólogos, molestos por el éxito alcanzado por Los indios de México, le ragatearan sus conocimientos sobre los indígenas sin detenerse mucho en analizar la profundidad de sus reportajes y crónicas. Al tomar la palabra, Benítez dijo en tono jocoso: hoy he oído lo que dirán de mí cuando estire los tenis, que será dentro de poco... cuando cumpla los cien años. Mi fama póstuma estará asegurada por lo menos un lustro. Así era Benítez, que hasta en el momento más solemne solía soltar cualquier chascarrillo. Se burlaba de la vida, se burlaba de la muerte. Muy temprano, cuando sus dotes periodísticos no afloraban con la intensidad que lo harían tiempo después, en 1947, en el mismo año que asumía la dirección de El Nacional, fue condecorado por el gobierno de Francia por su labor periodística durante la Segunda Guerra Mundial. En 1979 recibió la Medalla Manuel Gamio -autor del descubrimiento de las ruinas del Templo Mayor de Tenochtitlan, y de innumerables estudios relacionados con los grupos indígenas-, al Mérito Indigenista. Después se haría acreedor a los premios nacionales de Ciencias y Artes (1978), el Nacional de Antropología (1980), el Nacional de Periodismo -otorgado de manera tardía- en materia de divulgación cultural, el Universidad Nacional (1989), y la Medalla al Mérito Ciudadano, emitido por la entonces llamada Asamblea de Representantes del Distrito Federal. Todos los premios los recibió con gratitud y regocijo aunque en el caso del Nacional de Periodismo no perdonara la inexplicable omisión: -No, mi hermano (me dijo en una ocasión), de verdad es que éstos no dan una (refiriéndose a los sucesivos jurados y a las mismas autoridades de gobierno). Me han hecho merecedor de muchos premios, menos de uno que me correspondía por lo menos desde hace veinte años. Hasta ahora me dan el de divulgación cultural, cuando lo que he hecho durante toda mi vida es hacer periodismo. Pero quizá el mayor homenaje que recibió en vida fue el de todos aquellos que benefició con su amistad, o que adiestró con sus conocimientos y experiencias. Lo mismo el grupo de exiliados españoles como José Bergamín, José Moreno Villa, León Felipe, Enrique Díez Canedo, que intelectuales como Alfonso Reyes, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Cristina Pacheco, Carlos Fuentes, Víctor Flores Olea y Luis Cardoza y Aragón, entre otros, a la menor provocación prodigaron elogios al maestro y amigo, Fernando Benítez. Y es que si de algo se jactaba Benítez es de haber sido amigo de la parte más viva de la inteligencia de México. Todos aquellos a quienes siempre estimuló en las distintas artes, en el cine, las artes plásticas, el diseño, la arqueología y, por supuesto, en la literatura, se lo reconocieron en vida y en público. Aunque en algunos casos no siempre los recuerdos fueran muy gratos: en cierta ocasión, en la sala de su casa, le escuché decir: lástima que el periodismo sea una vocación ingrata. -Muchos de mis colaboradores -sobre todo los refugiados- vivían de lo que les pagaba. Me sacudió saber que cuando José Moreno Villa estaba agonizante en un hospital de la ciudad de México, me acerqué a preguntarle si tenía dinero para pagar la cuenta, a lo que me respondió: sólo tengo trescientos pesos debajo de la almohada, que son el producto de mis últimas colaboraciones. Esto simple y sencillamente lo conmovió. Así era, así vivió Fernando Benítez, entre el estímulo permanente a las nuevas y viejas generaciones de escritores y artistas, y los tragos amargos y los sinsabores que también conlleva la tarea periodística. Y sin embargo, de ambos extremos supo sacar provecho. Y lo mejor: vivió y murió agradecido con la vida. En medio de homenajes y más homenajes Alejandro Olmos Cruz es coordinador del programa Ultima llamada: La carrera presidencial, de Radio 13. |
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