etcétera el país el mundo dinero columnas
gente medios ciberia águila y sol
ensayos tianguis libros cultura
espectáculos etcétera

libros

de la imprenta
reforma del saber

reseña
Adversidad y democracia
Patricia Arce

reseña
Vivir del cuento
Ernesto Soto Paéz

atril
Cielo de invierno

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tintero

"El oficio de poeta es arder"

Adriana Cortés/Efraín Bartolomé

Foto: Raúl Ramírez Martínez

Oficio: Arder (obra poética 1982-1997) es el más reciente libro de Efraín Bartolomé, publicado por la UNAM, el cual reúne: Ojo de jaguar, Ciudad bajo el relámpago, Cuadernos contra el ángel y Música solar, entre otros de sus libros.

 

¿Encuentras alguna relación entre tu trabajo de psicoanalista y el de poeta?

En la antigüedad era obligación del poeta llevar a cabo una función curativa en su sociedad, que podía ser la de médico, intérprete del oráculo o intérprete de sueños.

Siempre les pregunto a mis colegas psicoterapeutas: ¿qué podía haberle enseñado Freud a Homero, o Jung a Shakespeare? Tenían un vasto conocimiento de las emociones humanas. Yo he dedicado 25 años de mi vida al psicoanálisis.

¿Por qué piensas que el oficio del poeta es arder?

Hay un verso en Cuadernos contra el ángel, libro que publiqué en 1987, que dice: "He aquí que soy poeta y mi oficio es arder". De ahí tomé el título del libro publicado por la UNAM. He servido en el templo de la gran diosa, de la Tierra, y no a ninguno de sus hijos: ni a Zeus, el poder; ni a Apolo, la lógica, la ciencia; ni al dinero, es decir, Plutón. Decidí servir a la gran madre a partir de un libro: Cuadernos contra el ángel: fue el descubrimiento de la muerte. Mi vida había transcurrido hasta entonces del lado de la luz. Mi familia directa vivía y, de pronto, el primer muerto que toqué en la vida fue mi primera esposa que falleció en un accidente automovilístico.

El descubrimiento de la parte sombría de la vida se había dado con una especie de trauma a la vida plena. No es que se pierda la inocencia; es posible empezar a vivir, pero el sacudimiento, mientras se termina de asentar el proceso completo, es muy violento. Es el intento de la muerte, de cortar el cuello con una guadaña. Lo que me permitió sobrevivir fue protegerme bajo el escudo de oro del murmullo del poeta. Eso me produjo un enfrentamiento con los servidores de los dioses nocturnos: los ángeles. De ahí el título de Cuadernos contra el ángel. Es un libro amargo, de dolor intenso. Tiene una connotación mítica. De pronto, me pareció que había muchos que se acercaban a la poesía con propósitos indignos de un poeta, que hacen capital curricular para luego servir en otros templos. Es el sujeto que en busca de su lumbre es capaz de incendiar el templo de la diosa. Creo que hay muchos así: no están dispuestos a incendiarse a sí mismos.

Tu poesía, ¿transcurre de la luz a la oscuridad?

Orlando González Esteva, en la solapa de Oficio: arder, escribe sobre el amplio registro de luces en mi obra. Pudo resumirlo de este modo: Ojo de jaguar, publicado en 1982, es la recuperación del paraíso de la infancia. La infancia en la Selva Lacandona, en el pequeño pueblo. Cuando mi hijo nació, yo lo llevaba ahí, para que las maravillas incendiaran su pupila de recién nacido. Resultaba que ya no estaban. El caudal de los ríos había disminuido; muchas zonas de pantano habían sido disecadas y los asentamientos humanos habían crecido de manera escandalosa sobre el antiguo bosque. Eso originó el intento por recuperar aquellos espacios, mediante el ojo luminoso de la poesía.

Ojo de jaguar es un libro lleno de luz. En él hay una especie de tono elegiaco, pero destella una luz muy intensa. Sin embargo, termina con un poema infernal: "Ala del sur", que habla sobre la devastación de la gran selva. El siguiente libro, Ciudad bajo el relámpago, es de rechazo total a la gran ciudad; habla de lo que somos capaces de hacer los seres humanos con el territorio de la nación. Al adulto le toca vivir en esta gran urbe, la Venus de las cloacas. Música solar, por el contrario, es celebratorio: el descubrimiento del amor, la carne, la belleza, el cuerpo femenino, pero todavía se habla allí de las musas de carne y hueso. En Cuadernos contra el ángel: el encuentro con la muerte. Los críticos piensan que es central en mi producción. Es música viva: ya no las musas sino la diosa que a veces se transforma en cerda y corta con sus uñas el corazón. Las gotas que caen produce la planta luminosa de la poesía.

El oficio de arder, ¿es doloroso?

Sí. Es aceptar esos riesgos, estar dispuestos a pagarlos. La vida es eso. Hay zonas amargas, otras son absolutamente luminosas.

¿Tus poemas son de fuego?

Los críticos dicen que el fuego es uno de los símbolos presentes, pero también el agua, la tierra, el viento. Hay mucha agua en mi poesía, inclusive uno de mis poemas se llama El agua desdichada.

Oficio: arder tiene como primera parte selva adentro, es Ojo de jaguar. La segunda parte es Tiempo de agua, en la tercera, está presente el fuego, la siguiente es Corte de café: lo que el agua y la tierra producen; ahí hay un enfrentamiento con el poder del Sol, y luego viene el agua desdichada, porque las grandes masas de agua empiezan a ser controladas por la mano del hombre. Ala del sur es fuego pleno al igual que en Cuadernos contra el ángel. Música lunar es todo lo contrario: la búsqueda de los misterios de la sombra. Quizá allí, por primera vez, están todos los elementos reunidos

Adriana Cortés es periodista cultural.

principal | correo | publicidad | búsqueda | suscripciones | anteriores