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Largo aliento

Rocío Fiallega

Foto: Norma Patiño

Una prueba de largo aliento: observas cómo el aire se introduce en tu cuerpo, tienes 75 años, ya no bailas, desde el sindicato de actores sólo quieren saber que no morirás en una junta de asamblea general; la enfermera te observa con sus ojos pequeñitos, como de ratón; inhalas y recuerdas a Carlos cuando imitaba a un personaje de Don Gato: "Adentro el aire bueno, afuera el aire malo", él está muerto y tú respiras todavía ese aire bueno, pero también el aire malo, a veces te invade la náusea cuando recuerdas el olor de la muerte impregnada en tu piel desde aquella noche. Conservas unos pulmones que han gozado del tabaco durante cincuenta años, ya olvidaste cuándo fumaste un cigarro por última vez, ahora la pipa consuela las tardes en el estudio, cuando una lámpara ilumina el libro que has olvidado debajo de su luz, mientras cierras los ojos y llega una imagen: Carlos aplaudiendo en primera fila, diciéndole a sus amigos: "ése es mi papá". Después de la recepción, con hombres y mujeres imitando a las hormigas, se arremolinan en círculos y luego vuelven, conversan, beben, la última película del francés, la próxima novela del portugués y la antología de cuentos del español. Observas cómo cada uno se roba la palabra como si se escapara la oportunidad histórica de decir algo, como siempre un juicio de valor, no se han dado cuenta que hablan de las mismas cosas, con rostros y nombres distintos, quizá lo auténtico radica en el tipo de máscara moldeable que utiliza cada autor, pero él estaba en la misma sala, cierra los ojos, no es la sala de recepción, no hay mesas con vinos y bocadillos, es el estudio. Abre los ojos y la mujer está gritando: ¡afuera, afuera, afuera!, todo, todo, todo, ya saque el aire por favor. Exhala el aire que ha tomado "prestado", ella dice algo de una segunda prueba y la capacidad pulmonar y la esteriometría. Cierras los ojos y estás en el hospital, te indican el pasillo que debes recorrer para encontrarte con el rostro ensangrentado de Carlos. "Sólo puede reconocerlo un familiar", escuchas a lo lejos. El piso es blando bajo tus pies, inicias el recorrido, tus manos quieren alcanzar la puerta pero tu cuerpo está inmóvil, tus piernas se esfuerzan inútilmente en desplazarse, quisieras volar como cuando tomas la cintura de Ninón y la llevas a invadir el escenario con la fragancia del sudor confundida con las feromonas, el perfume de su piel. Tu cuerpo marrón y fuerte sostiene el peso de ella, mientras la sangre se agolpa en tu cabeza y tu cuerpo sigue el ritmo de la música. Tu cuerpo, su cuerpo, qué bueno que Carlos ya tiene 18 y ya puede entrar al cabaret. Otra vez el pasillo, éste se desploma y se abre una puerta, al entrar rechazas el olor que nunca olvidarás, piensas que la muerte apesta, no, la muerte de Carlos apesta, como tus manos y todo tu cuerpo. Observas la esquina donde confluyen las paredes y el techo del consultorio. La mujer te pide inhalar de nuevo manteniendo la mirada en ese punto, tu cuerpo retrocede y se amplía tu campo de observación como si fuera una cámara desplazándose. Observas a Carlos, tienes los ojos cerrados y la boca abierta, tiene su mismo lunar sobre la mejilla en el mismo sitio que Manuela, cómo querer decirles que ése no es tu hijo, que la muerte lo persigue y le arrebata lo amado; cómo gritarles que ya no puede ver ese rostro, algo le araña el corazón y cierra los ojos y observa cómo van brotando las lágrimas como si una fuerza ajena a él le impidiera poder controlar sus impulsos, rompe las cosas que estaban sobre una mesa de cristal, quiere arrancar las paredes con las manos, desea ser ciego para no seguir mirando el espectáculo de la muerte. Cierras los ojos, otra vez la mujer grita: ¡afuera, afuera, afuera!, todo, todo, todo. Ya estás en casa de Blanca tomando café, es increíble cómo ha cambiado después de que jugaban a tomar café, ahora están cansados, ella con una soledad elegida y él con la muerte traicionera que lo ha dejado solo. Sonríe al pensar en su casa y en la mirada de Blanca. Cierra los ojos, inhala adentro el aire bueno, Carlos, Manuela, Blanca, imágenes, un acercamiento a su propio rostro, el rostro de la muerte, con su máscara y su circo la muerte detrás de los ojos y la boca, se sigue mirando en el espejo, afuera el aire malo...

Rocío Fiallega estudió Comunicación en la FCPyS de la UNAM.

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