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Moody's y sus buenas notas
Maribel Ramírez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Grado de inversión?

Ricardo Becerra

Para Fallo y Rolando: Un abrazo

Foto: Raúl Ramírez Martínez

Es la piedra zahorí de la macroeconomía. Existe y todos los gobiernos la buscan en el escampado del mundo globalizado. Es como una perla para atraer buenas vibras, una linterna que proporciona al gobierno que la posee especiales poderes financieros: se llama grado de inversión.

La cosa viene a cuento porque durante todo febrero México ha estado en boca de los más poderosos señores del dinero; y todo porque uno de los principales alquimistas mundiales, esos que otorgan el don (la calificadora de riesgo Moody`s Investors Service) declaró que nuestro país ya merecía tener el grado de inversión. De inmediato, la bolsa mexicana estalló en júbilo. Mientras, otros magos globalizados, otras casas calificadores internacionales salieron a la palestra para decir que no, que México no puede poseerlo. El Financial Times del 7 de febrero planteó: "El riesgo político de México sigue siendo muy alto, los comicios presidenciales del presente año pueden traer sorpresas, inseguridad y volatilidad... es un deudor demasiado importante para precipitar su grado de inversión". Hacienda también entró a la discusión; el secretario José Angel Gurría dijo: "El país cumple las condiciones de solvencia que se necesitan para obtener el grado de inversión" y no sólo eso, el subsecretario Carlos Noriega viajó a Nueva York para demostrarle a la reticente (Standard and Poor`s) los logros de nuestra macroeconomía.

¿Qué significa todo esto?, ¿por qué el debate y, sobre todo, por qué es tan importante el grado de inversión? Veamos.

Actualmente, México es una nación con "grado de especulación": la capacidad de pago de nuestro país, en el largo plazo, no está del todo garantizada, estamos sujetos a contingencias que nos hacen frágiles deudores. El riesgo de que no paguemos es grande. El "grado de inversión" es lo contrario: significa que se trata de un país solvente, equilibrado, con capacidad para pagar todas sus deudas en el largo plazo.

Para evaluar qué "grado" merece un país, las calificadoras toman en cuenta los estados financieros del Estado, las condiciones del mercado, el desempeño económico, la coyuntura económica y política por la que atraviesa y otros factores relevantes. Se trata de evaluar el riesgo que representa prestarle a un país y a sus empresas: eso se conoce como riesgo soberano.

Y entre mejor calificado un país, una empresa o una entidad pública, tendrá acceso a créditos con menores tasas de interés. Hay más confianza en su capacidad de pago, ergo, es menor el pago por el riesgo.

Las calificaciones van desde la "D" (las peores) hasta una triple "A"; estar en "A" significa ser un país prestigiado, digno de préstamos y de inversión (México ronda siempre la calificación BB).

Las empresas que se dedican a examinar países son muchas, pero muy pocas suscitan la confianza y la credibilidad de los inversionistas: Standard and Poor`s; Moody`s Investors Service, Duff and Phelps y Fitch IBCA. En manos de estas corporaciones está la decisión de flujo de miles de millones de dólares a los países, por eso son tan importantes y, por eso, los gobiernos realizan intensos cabildeos con ellas.

Los señores calificadores se equivocan de vez en cuando, por supuesto: si han subido la calificación de un país animarán a los inversionistas; pero si en el corto plazo, el país recomendado entra en crisis, entonces los inversionistas pierden y la calificadora hará un oso como profeta incompetente. Justamente eso es lo que pasó a Moody`s en 1994 con México: subió su calificación en febrero, animó capitales a venir, llegó la crisis y su prestigio quedó severamente lastimado.

Los mercados internacionales hicieron de nuevo la pregunta insidiosa, ¿realmente México puede aspirar al grado de inversión? Seguiremos con el tema

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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