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Aventuras femeninas
Marina Robles
Hace ya algunos años, cuando estaba por terminar mis 20, un ginecólogo, al que supongo le hacían falta los que entonces eran cinco mil pesos para terminar de construir su casa, me dijo que tenía cáncer. En el enorme trastorno que una noticia de ese tipo provoca, sumado a mi absoluta ignorancia de los procesos médicos que se deben seguir para diagnosticar e intentar curar la enfermedad, di por hecho el resultado y empecé a sufrir noche tras noche y a pensar de qué manera saltaba del balcón más alto que hubiera en la ciudad donde entonces vivía. El resultado fue, para mi fortuna, que sigo vivita y coleando ya casi rayando los 40. Y que, al menos por como me siento ahora, moriré muy cerca de los 100. Las razones del supuesto cáncer se relacionaban con esa losa hormonal con la que las mujeres vivimos e inicia entre los nueve y 12 años y termina cuando Dios tiene a bien. Manejar las dificultades y bondades de este proceso que sube y baja a lo largo de la vida se ha convertido en uno de los retos de la medicina de la mujer; sin embargo, la última palabra no está dicha y casi todas las soluciones actuales para aliviar desequilibrios hormonales, manejar la anticoncepción, la menopausia y la postmenopausia albergan sus riesgos. En un estudio reciente publicado en la Revista de la Asociación Americana de Medicina se analizan y cuestionan los riesgos y beneficios de los tratamientos hormonales empleados para aliviar las molestias de la menopausia y la postmenopausia. El problema es que desde que se identificaron como soluciones a los bochornos (entre otros males de esta época), se han usado porque además parecen brindar otros beneficios como una vida más larga, menor riesgo a enfermedades cardiacas, prevención de osteoporosis, disminución de las posibilidades de padecer alzheimer, reducción de la acumulación de grasa abdominal. Y a quién que le ofrezcan esto no acepta. Los tratamientos involucran en general dos tipos de hormonas: estrógenos y progesteronas. En los estudios que aquí analizo se revisaron los casos de 46 mil 355 mujeres postmenopáusicas, encontrando que la ingestión de estrógenos con progesterona se asociaba con un incremento de 8% en el riesgo a cáncer de mama, contra 1% de incremento cuando se tomaban sólo estrógenos. En otro grupo de análisis se revisaron los casos de mil 900 mujeres postmenopáusicas que padecían cáncer de mama y mil 600 sanas. Los resultados reafirmaron el hallazgo anterior: el riesgo a cáncer de mama es significativamente más alto cuando la progesterona se combina con estrógenos que cuando éstos se toman solos. Para las mujeres, esta noticia sin duda alberga cierta crueldad, pues durante mucho tiempo se ha recomendado el uso de progesterona para disminuir el riesgo de cáncer de la membrana uterina. Cuando una mujer con útero toma estrógenos sin progesterona, el riesgo de cáncer endométrico se incrementa cerca de 14 veces. El asunto y su solución no parecen nada sencillos, ya que en la mayor parte de los casos pueden ser resultado más de un estilo de vida que de los propios tratamientos. Así, una parte de los estudiosos del tema opinan que el reemplazo hormonal no es la única ruta para fortalecer el corazón o los huesos y que una vida con buenos hábitos que incluye una dieta baja en grasas saturadas, rica en frutas, vegetales, granos integrales, actividad física, no fumar y mantenimiento del peso corporal, son las formas más seguras de lograr una vejez sana. Sin embargo, en un intento por equilibrar posiciones, también se recomienda que la decisión de mantener un tratamiento hormonal parta de una evaluación que incluya la historia de vida de la mujer, la de su familia original y su estilo de vida. Eso, aunado a un asesor médico competente, darán la mejor pista Marina Robles es maestra en Ecología Marina por el CICESE y Fellow del Programa LEAD-México. Actualmente estudia el doctorado en Ciencias en la UNAM. |
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