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textos Los temblores de Trimble
Miguel Arturo Pérez Cabello
Con la suspensión del gobierno autónomo de Irlanda del Norte el pasado viernes se han vuelto a encender los focos rojos en la región. Los medios de comunicación han promovido enfáticos mensajes sobre los riesgos de quiebra del proceso de pacificación. Sin embargo, me parece harto necesario realizar algunos matices para definir con más precisión la dimensión de la crisis política por la que atraviesan las dos islas del Atlántico norte. En principio hay que distinguir entre lo que significa la suspensión del gobierno y lo que representó una amenaza real de colapso del mismo. Este segundo escenario se hubiera podido convertir en una situación potencialmente inmanejable. Si la carta de renuncia postfechada del primer ministro David Trimble hubiese tenido efecto, el Ejecutivo del gobierno autónomo se hubiera visto descabezado. Las consecuencias de un hecho de esta naturaleza no sólo serían sufridas por el ala unionista, sino también por el resto de los partidos católicos y protestantes, particularmente aquellos con posiciones ministeriales. Con un colapso se habría terminado por fortalecer a las facciones más radicales de ambos bandos como, por ejemplo, a las huestes del reverendo Ian Paisley y sus expresiones paramilitares o, por otro lado, a los grupos más reacios del nacionalismo y del Ejército Republicano Irlandés (ERI). De manera que la suspensión que aprobó el Parlamento británico hace una semana, además de salvarle el "pellejo" a Trimble, sirvió para proteger al aparato político-jurídico del joven gobierno norirlandés. Por supuesto, otro elemento que destaca en favor del proceso de paz es la propuesta de último momento que presentó el ERI ante la Comisión Internacional de Desarme que comanda el general canadiense John de Chastelain. Conforme a lo declarado, se trata de "un prospecto real de entendimiento" dentro de los marcos de los acuerdos del Good Friday y su respectiva "Mitchell review". El gesto por parte del ERI no es menor, pues durante las últimas diez semanas esta organización ha argumentado que no actuaría en función de un plazo impuesto por la directiva del Partido Unionista. No obstante, el anuncio llegó la víspera del anuncio de Mandelson, ministro británico del Norte, un día antes de que pudiese hacerse efectiva la carta de renuncia de Trimble. Alrededor de la propuesta se ha desatado una intensa polémica. Para el nacionalista Sinn Fein y otros actores católicos, frente a la "proposición" del ERI la suspensión era innecesaria. Trimble y sus aliados han expresado su molestia y no están dispuestos a aceptar más "ambigüedades" sobre el desarme, quieren saber "cómo, cuándo y dónde". Gerry Adams y Peter Mandelson incluso llegaron a enredarse en un amargo intercambio de declaraciones en referencia a los "minutos" que pasaron entre la recepción de la propuesta y la "decisión" de poner en vigor la suspensión (Hartford Courant, 12/II/2000). Hace un par de meses, en una atmósfera más halagüeña, el liderazgo de quienes hicieron posible la instalación del gobierno autónomo fue ampliamente reconocido. Actualmente dicha virtud se ha puesto en entredicho. Los protagonistas de la pacificación tienen ante sí el reto de demostrar que son capaces de aprovechar las enormes ventajas ofrecidas para poner fin a tres décadas de muerte y odio. Implacables, las manecillas del cronómetro de la paz avanzan hacia el 22 de mayo de este año, cuando deberá concluir el protocolo del desarme. La advertencia "logística" del general De Chastelain acerca de la urgencia de iniciar a la brevedad para cumplir con los plazos no puede pasar desapercibida. Los eventos de la última semana deben ser asimilados como un simulacro de lo que puede convertirse en una crisis de consecuencias mayores (The New York Times, 12/II/2000). La llamada de atención está hecha. Las condiciones están dadas. Resta esperar que los actores del archipiélago político-religioso británico-irlandés aprendan la lección y procedan a dar muestras contundentes de su compromiso con la paz. No será posible reinstalar el gobierno autónomo con éxito si las partes no asumen su responsabilidad y lealtad para con las nuevas instituciones. Las extremas filias y fobias nacionalistas y probritánicas únicamente contaminan la construcción y el desempeño del gobierno autónomo previsto en el marco del Good Friday. Desde luego, los detentores de las armas no están excluidos de este universo y deben comprobar la veracidad de su propuesta renunciando puntual y públicamente a la posesión de sus fusiles. A pesar de las turbulencias del primer gabinete autónomo, los norirlandeses siguen apostándole a un futuro de paz. En una sociedad de más de un millón y medio de habitantes, donde la mitad de la población es menor de 30 años y no ha probado otra experiencia que el conflicto, no debiera dejarse escapar la oportunidad de dejar de soñar la paz para poder, finalmente, vivirla Miguel Arturo Pérez Cabello es profesor adjunto en la FCPyS de la UNAM. |
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