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el revés de la trama Antipolítica del CGH
Edgardo Bermejo Mora
No bastan las viejas coordenadas ideológicas que refieren a la ultraizquierda mexicana o latinoamericana para explicar el empecinamiento y la intransigencia supina del ahora dislocado Consejo General de Huelga (CGH) de la UNAM. Dejarlo en ese nivel y limitarnos a ese plano nos aparta de una explicación más profunda y esclarecedora. Al respecto hay que considerar que las expresiones más extremistas de la actuación política suelen asilarse y autoneutralizarse en su radicalismo y no son suelo fértil para los movimientos de masas que alcanzan niveles de éxito considerables, como el que obtuvo en más de un sentido la rebelión furiosa del CGH. No un puñado sino varios miles de activistas se apoderaron por casi un año de la UNAM sin que hubiera fuerza interna o externa capaz, ya no digamos de derrotarlos sino al menos de neutralizarlos; para ello contaron con el apoyo de un tipo muy singular de organización lumpenizada y de corte popular, mezcla de priismo y maoísmo revolucionario, muy propia de la miseria política y social que nos rodea; atrajo, repelió y atrajo de nuevo a los sectores dubitativos y grotescos de nuestra izquierda moderada que orbita alrededor del PRD y de La Jornada; sin duda se convirtió en el conflicto político y social más importante de los últimos meses, opacando con mucho el impacto y la presencia de las campañas presidenciales; puso al desnudo la debilidad orgánica del Estado mexicano y evidenció hasta el desaliño los traumas históricos del sistema y sus múltiples fantasmas que merodean de Tlatelolco a Acteal; se ganó la simpatía de otros movimientos estudiantiles en el mundo; y reeditó en más de un sentido la experiencia sorpresiva del EZLN que nos sacudió con las herramientas de la novedad y lo insospechado. En efecto, la del CGH es una experiencia de éxito inusitado como en su momento lo tuvo el EZLN, ¿casualidad, o reiteración de un nuevo clima para la disidencia contemporánea que nos hizo toparnos con pared en el 94, y ahora nos vuelve a sacudir con un movimiento que en principio nos resulta inaceptable por trasnochado y necio, pero que pese a todo sigue ahí demostrando una fuerza indomeñable? No sólo aquí, sino en sitios tan distintos como la próspera Seattle -la ciudad de Estados Unidos que más creció en los 90-; el empobrecido Quito, donde indígenas y militares torpes se aliaron en un golpe de Estado fallido; o Davos, la nueva capital intelectual del mundo globalizado, donde los beneficiados del desarrollo devienen víctimas y le tiran piedras a un Mc`Donalds; hay manifestaciones de un nuevo temperamento disidente en el cual los viejos partidos o las viejas explicaciones ya no operan. Quienes conocimos de cerca la torpeza política de la llamada "izquierda revolucionaria" de los 70 y 80, sabemos que los infectados por el virus del fundamentalismo redentor son incapaces de hacer de su causa política una victoria perdurable. No hay mayor apologeta de la derrota que una secta tribal de ultraizquierda. A viejos y nuevos ultras la adicción por la derrota los identifica, no así la capacidad disruptora y su pericia insurgente: aquéllos no preocupaban a nadie, salvo acaso a los policías de Gobernación y a otras sectas endogámicas; éstos, en cambio, han sacudido los cimientos de la estabilidad nacional y han puesto de rodillas una y otra vez a su adversario. Si no el uso de la fuerza -legítimo pero no por ello festejable-, ¿hubiese contado el gobierno o las autoridades universitarias con la respuesta política para entender y enfrentar a esta verdadera bomba antipolítica que representa el CGH? A finales de la década pasada Enrique Krauze pronosticó que el último estalinista habría de morir en un cubículo de Ciudad Universitaria. Acertó de manera parcial. Si bien es cierto que es ahí donde ahora vemos que se refugiaron las últimas brazas del delirio revolucionario del siglo XX, vemos también que la reinstalación de Lenin, de Mao o de Engels en la UNAM no aparece sino como homenaje involuntario a los tiempos idos. Podrían adorar lo mismo a Espartaco que a Bakunin o a Abimael Guzmán, y el resultado sería el mismo. Por ello, hay que insistir que si bien la escenografía, el vocabulario, los ademanes y las obsesiones del CGH apuntan hacia esa dirección, el motor y la causa de su temperamento llegan más lejos que un mero revival del maoísmo, el leninismo o el guevarismo martirológico de otros tiempos. Son, por decirlo de algún modo, nuevos ultras con un disfraz "retro" pero de una esencia completamente novedosa e inexplorada. Son los primeros damnificados del desencanto de la democracia, las primeras víctimas de la transición, los hijos mancillados de-la-crisis-de-la-crisis-de-la-crisis; el Golem furibundo que regresa de la tumba falsa a la que condenamos a la izquierda radical -o silvestre- tras la caída del Muro, en el mundo, o la democracia electoral en México. Algunos de sus dirigentes, como La Pita o Mario Benítez, pueden pertenecer al museo del radicalismo exótico de los 80; pero la mayoría de los activistas -es decir, aquellos que cursan el bachillerato en prepas y CCHs- provienen de una experiencia más cercana: no oyeron a Silvio Rodríguez sino a Molotov y a Plastilina Mosh; algunos no habían entrado a la primaria cuando Cuauhtémoc Cárdenas luchaba contra el fraude electoral del 88; otros ni siquiera habían nacido cuando la izquierda logró su registro legal a consecuencia de la reforma política del 78. Su odio más cercano no lo encuentran en Díaz Ordaz y los militares golpistas de los 70, sino en Carlos Salinas como resumen apabullante del descrédito de la política y de los políticos. Su desprecio no es hacia el PRI, es hacia todos los partidos por el solo hecho de serlo. Su vestuario y su lenguaje revolucionario lo son más por una nostalgia y una orfandad emblemática que por una convicción específica. Así como los rockeros del presente acuden al archivo kitsch de los 70 para reinventarlo en sus creaciones -José José, Lin May, o Beto el Boticario-, así los paristas del CGH se envuelven en la iconografía de la izquierda revolucionaria del siglo XX para explicar -o para ocultar- su extravío disidente, su malestar ontológico en el inicio del siglo XXI. Los Expedientes X, o Los Simpson, explican más a esta generación que los manuales de Martha Harnecker o las canciones de Amparo Ochoa. Quienes acuden a la adoración beatificada del Che y al mismo tiempo se dejan el pelo al estilo de Bob Marley, habrían sido imposibles de entender para otras generaciones de radicales. Su irreverencia no deviene risa sino mueca. Aunque hay algo de fiesta y júbilo en sus manifestaciones, hay más de dramatismo y rencor, de un profundo odio contenido y, sobre todo, de una desconfianza global. En efecto, el CGH elevó la desconfianza hacia la política al nivel más alto que hubiésemos visto hasta ahora. Desconfían de las instituciones, del adversario, del diálogo, de los medios, de los pactos, de los intelectuales, de los eméritos, de los políticos -los institucionales o los opositores-, de los liderazgos, de los discursos, de sí mismos. La desconfianza es la palabra que mejor describe a este movimiento y eso los aleja definitivamente del temperamento utópico, es decir, de la confianza ciega en un futuro libertario que caracterizó a los ultras que los antecedieron. No sueñan con la revolución posible, regodean su frustración en un mundo que más bien se antoja imposible, sellado fatalmente por el demonio de la desigualdad globalizada y la creciente falta de oportunidades. La desconfianza alcanza con el CGH el rango de un síntoma epocal. No podemos entonces atribuir el problema a los demonios de la ideología o a los duendes de la juventud, se trata de un tema y de un malestar de nuestro tiempo en el cual es necesario repensar. En el puente simbólico de dos siglos, no es casual que los paristas del CGH acudan lo mismo a la comunicación electrónica por Internet que al recurso romántico de los volantes y los carteles de impresión casera; como tampoco es casual que sea un movimiento estudiantil que tuvo acceso a los micrófonos y las cámaras de los medios y, al mismo tiempo, algunos de sus miembros terminaron tras las rejas -el caso más desgarrador al respecto es el del estudiante del ala "moderada" que fue detenido al salir de un debate en Televisión Azteca en donde no hizo otra cosa que defender sus ideas acaso con más dignidad y mesura que la mostrada por sus iracundos detractores-. Estamos también ante una singular detención de los estudiantes que se hace con un testigo de la Comisión de Derechos Humanos y una cámara de video de por medio. Será entonces más seguro buscar respuestas al fenómeno del CGH en el futuro, que acudir al pasado donde ni el tema de la ultraizquierda ni el reflejo distorsionado del 68, explican gran cosa Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Correo: edbeme@prodigy.net.mx |
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