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barandal Juntos, no revueltos
Ciro Murayama
Las elecciones generales en España, que se celebrarán el próximo 12 de marzo, han representado la ocasión para el acercamiento entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y la coalición Izquierda Unida (IU) después de años de desencuentro y hasta confrontación. Apenas en 1996 IU se planteó actuar como "pinza" junto con el Partido Popular (PP) para derrotar al PSOE, esgrimiendo la tesis de "las dos orillas", esto es, provocando una realineación del debate y el escenario políticos en torno a extremos bien delimitados. Así, la caída del PSOE resultaba funcional al esclarecimiento de un panorama donde la izquierda "verdadera" ocupara su sitio. La lejanía respecto de los socialistas prosiguió y se acentuó en distintos momentos. Uno de ellos, reciente, fue cuando IU se sumó, junto con los partidos nacionalistas vascos, al Pacto de Estella en septiembre de 1998, que resultó la antesala para la declaración unilateral de la hoy extinta tregua de ETA; sin embargo, en los comicios autonómicos del País Vasco, el único partido que vio declinar drásticamente su presencia fue IU. Otro episodio lo significó la campaña a las elecciones europeas, en el verano pasado, cuando la coalición dirigida entonces por Julio Anguita acusó a Javier Solana, secretario general de la OTAN, de criminal de guerra con motivo de la intervención en Kosovo; los resultados electorales, otra vez, dieron la espalda a IU (alcanzó 5.7% de los votos, por 35% del PSOE, que se colocó en segundo lugar). Por si fuera poco, dado el esquema de financiamiento prevaleciente en España, un malogrado resultado en las urnas acarrea problemas de tipo económico, pues los apoyos se reciben una vez conformados los grupos parlamentarios, lo que ha supuesto una crisis no sólo política en la coalición. Sobre la situación de esta formación, el sondeo más reciente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) demuestra que entre los votos de 1996 y la intención actual de sufragio, IU ha perdido casi 57%, que se traduce en un millón de electores desencantados. Desde el origen de las pugnas señaladas y sus crestas, sin embargo, se han dado cambios importantes en ambas formaciones: Felipe González abandonó la secretaría general del PSOE y, al final del año pasado, por motivos de salud, Julio Anguita se retiró como candidato presidencial de Izquierda Unida. Con esos antecedentes, el secretario general y abanderado socialista, Joaquín Almunia, propuso el 24 de enero un acuerdo para que la izquierda concurriera conjuntamente a las votaciones. El ofrecimiento consistió en compartir listas al Congreso en las 34 provincias donde IU no ha ganado representación desde 1977; a cambio, se vería beneficiada accediendo al Senado, donde no tiene un solo puesto. Tras días de negociación, el pacto no avanzó tanto como se concibió en un principio, pero sí se garantiza el respaldo a la investidura de Joaquín Almunia en caso de que obtenga los votos suficientes el 12 de marzo, esto es, si supera al PP; además, compartirán candidatos al Senado en 27 provincias. Siendo así, habrá dos fuerzas nacionales de la izquierda que busquen escaños en las cortes y, por tanto, la Presidencia; cada una desplegará su campaña, manteniendo la distancia mutuamente y defendiendo posturas propias en temas como la pertenencia a la OTAN, la viabilidad de las Empresas de Trabajo Temporal o el monto del PIB que ha de destinarse al Tercer Mundo (IU respalda la plataforma del famoso 0.7); a la vez, hay acercamiento en materias como la reducción de la jornada laboral, persiguiendo el paraguas que abriga al gobierno de Jospin en Francia y que hizo viable la Coalición del Olivo en Italia, así como en modificar aspectos fiscales (por ejemplo, cambiar el Impuesto de la Renta de las Personas Físicas que hoy desgrava el mismo porcentaje por número de hijos a las familias sin contemplar las diferencias en los ingresos). Las posibilidades de que el acuerdo se traduzca en un triunfo son remotas porque el reto principal sigue siendo que uno solo de los concurrentes -el PSOE- alcance más votos que la lista encabezada por Aznar, quien aún mantiene una preferencia en las encuestas que llega a ser de cinco puntos. Sin embargo, las reacciones por parte del PP a la propuesta de Almunia y a la aceptación parcial del candidato de IU, Francisco Frutos, muestran que han cambiado los cálculos sobre los resultados. José María Aznar avisa que un eventual gobierno "social-comunista" sacaría a España de la moneda única europea, el euro, porque renunciaría a la disciplina fiscal (lo que no ha ocurrido en Francia, Italia, Suecia o Dinamarca). Las reacciones del gobierno son de denuncia, rehuyen el debate entre candidatos y utilizan un discurso más propio de la guerra fría que de una democracia que ya probó la alternancia y la madurez. Con independencia del resultado final, a definirse en una campaña que envidiablemente transcurrirá en dos breves e intensas semanas, las coordenadas de la política española se están redibujando y, a mi modo de ver, recomponiendo para la izquierda. IU parece dar los primeros pasos en la comprensión de que los guiños al radicalismo no se traducen en votos ni en una mejor posición para influir en los aspectos clave del país, que no es lo mismo la "opinión pública" que la "opinión publicada" -sólo fijarse en el o los diarios que a uno le dan la razón- y que su autoafirmación como alternativa no nace del aislamiento programático sino de la posibilidad de convertirse, corresponsablemente, en una opción real de gobierno. Ojalá que otras formaciones aprendan a leer esa experiencia, aunque es sabido que nadie escarmienta en cabeza ajena Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid. |
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