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Olvidados de la historia

Benjamín Hill

Foto: Contraluz

Mientras avanzamos hacia la incierta verificación de un segundo capítulo en el conflicto de la UNAM, todo lo ocurrido en los últimos diez meses se vuelve en contra de cualquier intento por encontrar en la huelga, y en las acciones (o en su caso, la falta de acción) del gobierno, de las autoridades universitarias y de los promotores de la huelga, un sentido histórico del cual sea posible desprender una enseñanza; un punto de referencia que sea sintomático del ambiente social o político característico de un determinado momento del desarrollo nacional. Puesto en esos términos, el problema de la Universidad no encaja en un paisaje nacional que presume alguna evolución progresiva de maduración política, si no es con el aceite de los extremismos que reducen todo a la manifestación de una lucha de justos contra perversos. Pero, ¿es que realmente existe tal proceso de maduración social, o es que la supuesta sensatez de las sociedades democráticas entre las que nos disponemos a debutar no ha permeado más allá de una delgada corteza, visible pero poco representativa de un centro oculto hasta ahora?

Desde un principio, la aplicación llana y ciega de la ley que en cualquier sociedad democrática es una opción irrenunciable, se vuelve políticamente impracticable en un país con una tradición autoritaria que por su cercanía histórica y por la ferocidad que llegó a alcanzar, mantiene fresca en la memoria social los censurables abusos con los que frecuentemente se resolvía todo conflicto en favor de la razón de Estado. La aplicación al pie de la letra de la ley se vuelve entonces una alternativa odiosa y aborrecible para la resolución de cualquier problema social, pues la sombra de la arbitrariedad sigue oscureciendo toda intención del gobierno, sea legítima o no.

Durante largos meses, cancelada una salida legal inmediata, la solución del conflicto quedó sepultada bajo la imposibilidad de conciliar posturas irreconciliables. Cualquier negociación es posible dentro de cierto espacio que permita las coincidencias; sin embargo, cuando ese espacio no existe, la negociación se convierte en una arena en la que se elevan los rencores y se afirman las posiciones originales. Una salida negociada en este caso era imposible. Las posturas iniciales eran perfectamente opuestas: cuando el gobierno trató de ofrecer una opción viable en términos de las aspiraciones de la huelga, los paristas simplemente llevaron sus exigencias más lejos. Su postura fue siempre la de no dar cabida a una salida negociada. Al ser desalojados por la fuerza y arrestados, los paristas tuvieron al fin la pírrica victoria que, aparentemente, siempre buscaron.

La búsqueda del fracaso triunfal y la construcción de un discurso de demandas que abarcaban no solamente el ámbito universitario, sino el modelo institucional, político y económico del país reflejan, por desaforado que nos parezca, una traza abiertamente revolucionaria en la orientación de las acciones del CGH.

Llama a la inquietud comprobar las enormes dificultades que enfrenta nuestro gobierno para aplicar la ley sin limitaciones ni temores. Invita al desvelo que se conforme dentro de uno de los estratos sociales más instruidos -los universitarios-, un grupo organizado en torno a un proyecto revolucionario integral, lo suficientemente numeroso como para controlar totalmente y durante nueve meses las instalaciones de la Universidad.

La dinámica inercial del desarrollo institucional democrático con el que muchos nos sentimos comprometidos no nos ha permitido distinguir que la consolidación institucional de los mecanismos de administración de conflictos no es un proceso constante ni irrefrenable, sino desigual e intermitente; que hay cuestiones sin resolver, herencias que reclaman más atención y que es necesario repasar y volver a escribir capítulos enteros de la historia nacional antes de aspirar a componer un futuro sobre bases sólidas. Veo pues en el conflicto universitario, un recordatorio incómodo pero tangible de nuestros olvidos históricos, que muy probablemente nos seguirán como espectros del pasado hasta que consigamos vencerlos de algún modo

Benjamín Hill estudió Ciencia Política en el ITAM.

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