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homenaje Fernando Benítez
Alejandro Olmos
Dicharachero, bromista, enamoradizo, la mejor manera de recordar a Fernando Benítez en su más reciente aniversario (para algunos 90, para otros 88 años) es como lo ha sido hasta ahora: un hombre vital. Pulcro para vestir, ágil de memoria, Benítez tiene ya un sitio dentro de los mexicanos del siglo XX. Se puede diferir de él por formar parte de las llamadas "mafias culturales", por su matizado antipriismo, por su apoyo al echeverrismo, o por su acrítico acercamiento a la figura de Carlos Hank González en su último libro, pero sin duda pesan más los aciertos que los desaciertos. En Fernando Benítez hay más luces que sombras. Lo mejor de Benítez está en su prolífica obra periodística, de la que -sobre todo la relacionada con los suplementos culturales- se ha hablado en ocasiones hasta la saciedad, como si esto fuera lo único que lo distinguiera. Su monumental trabajo sobre Los indios de México es, con mucho, uno de los estudios más amplios y profundos sobre la forma de vida, las costumbres, las inequidades, la explotación, el desamparo, la marginación de las mujeres y los hombres indígenas. Décadas antes de que el gobierno federal reconociera las paupérrimas condiciones de vida de los indios en Chiapas; décadas antes de que esta misma situación propiciara un movimiento armado; décadas antes de que el PRI se preocupara -aunque esto no es sinónimo de beneficio- por dotarles de agua, alimentación y vivienda, Benítez ya había descubierto el problema. Y éste ha sido uno de sus méritos. Ausentarse -por voluntad propia- durante meses de su familia, amistades e incluso de su trabajo, para internarse en el mundo mágico y a la vez trágico de los indígenas. Con un ánimo, sí, periodístico, pero también de compromiso. Conocí personalmente a Benítez en agosto de 1986, cuando decidí hacer la tesis de licenciatura acerca de su obra. De aquel tiempo a la fecha han sido mínimas las veces que he podido platicar con él. Quienes lo cuidan y lo rodean le impiden tener trato con otras personas, más si se trata de periodistas. A principios de 1988, su esposa Georgina Conde me reclamó por teléfono de manera airada mi insistencia en hablar con él. ¡Fernando no está disponible para nadie!, ¡déjelo en paz!, espetó. Comprensible, en parte, por sus múltiples enfermedades, aunque no siempre justificable. Sin embargo, los momentos que tuve acceso a él fueron realmente agradecibles. Cómo olvidar su colección de arte prehispánico; el Jaina, esa figura fálica que representa a un hombre lanzándose al vacío; el biombo japonés del siglo XVII, o la fina alfombra saduko persa en su estudio. O su pequeña biblioteca dedicada exclusivamente al arte y la poesía, con El Cándido de Voltaire a la cabeza, o los innumerables cuadros de su hermanito, el pintor José Luis Cuevas. Ese ha sido siempre el ambiente donde ha vivido y ha escrito sus más importantes libros Fernando Benítez. Los indios: Miseria y despojo Su experiencia con los indígenas siempre ha sido para él tema de conversación. Este interés lo adquirió de uno de los ex presidentes que más admira: Lázaro Cárdenas. Con frecuencia él mismo relata la anécdota de cuando en 1966, ya concluido el mandato de Cárdenas, llegó a acompañar a éste durante una gira informal por varias comunidades indígenas. Al visitar a los yaquis, un grupo de éstos salió a su encuentro y le dijo al ex mandatario, en tono de suave reclamo: no hay un solo panteón en la República donde no esté sepultado un yaqui y todavía esperamos justicia. Lo que nos diste hace muchos años nos lo han venido quitando pedazo a pedazo. ¿Es esto la revolución? Lo que resultó de este recorrido fue la profundización de su estudio sobre las etnias, dando lugar a varias obras entre las que se incluye Viaje a la Tarahumara, así como los cinco tomos titulados Los indios de México, en los que se documentan diversas historias sobre los tzotziles, tzeltales, mixtecos, huicholes, coras, otomíes y mazatecos, entre otros. En compañía de los fotógrafos Héctor García y Nacho López (fallecido en 1986), o incluso de su esposa Georgina, Benítez trazó su propio itinerario. Entre zonas selváticas, serranías y bosques, a pie o a caballo, conoció el drama indígena. Con la intuición y la suerte del reportero, pudo retratar la expulsión de los indígenas en la Tarahumara a manos de grandes compañías madereras; la ineficaz educación rural para los menores chamulas; el triste deambular de los niños y niñas mixtecos; o el grave problema de alcoholismo que afecta a la mayoría de los grupos étnicos. Mediante el apoyo de gente perteneciente a la comunidad indígena, o incluso de traductores, Benítez seguía una sola estrategia: primero se encargaba de estudiar el terreno. Por ello solía pasar temporadas muy largas en esos lugares. Ahí dormía, comía y, por supuesto, reporteaba. Luego, comenzaba a platicar con los indígenas para irse ganando poco a poco su confianza. Y después, ya con ese cúmulo de viviencias, escribía. Sin esto no hubiera sido posible que los indígenas pudieran compartirle sus experiencias, por ejemplo, con hongos alucinógenos o con peyote. Vivir bajo el mismo techo con los huicholes le permitió no sólo conocer los lugares donde se oculta bajo la maleza el peyote, sino las características de éste y, sobre todo, la ceremonia que se realiza para su veneración. De hecho, Benítez fue testigo de diversas peregrinaciones que con este fin llevaban a cabo los indígenas, las cuales culminaban en un altar donde participaban maracames que invocaban a los dioses. De esto es prueba palpable la siguiente descripción contenida en el tomo II de Los indios de México: "Hilario ejerce sus actos de purificación pasando una y otra vez por las caras y los cuerpos de los peyoteros, la piedra esculpida... mientras Eusebio con su machete desentierra el peyote y lo pone en una jícara especial. Luego, utilizando una flecha, traspasa repetidas veces el cacto y con la punta mojada toca las mejillas, los pulsos, las ofrendas sin dejar de proferir sus conjuros... "... Pero esto no basta. Vuelve a regar agua, sangre, tejuino y tomando la jícara donde el peyote ha sido cortado en rebanadas... se las da en la boca a los peyoteros y arroja el resto al centro del altar. Los peyoteros, sin abrir los ojos, mastican el peyote lentamente y se untan en la barriga la saliva impregnada con los jugos del cacto..." Luego del ritual -explica Benítez- los huicholes se dedican a recolectar más peyote. Y al regresar con las cestas llenas los descortezan y los parten en pedazos. Al caer la noche los peregrinos, sentados alrededor de una hoguera, comen sus peyotes y lentamente se hunden en el "éxtasis mezcalniano". Periodismo vivo
Benítez se acercó al mundo indígena con lo mejor del periodismo del siglo XIX, aquel practicado por Ignacio Manuel Altamirano -de quien siempre se ha profesado admirador-, y Francisco Zarco, entre otros. Sus crónicas por ello son tersas, puntuales, críticas. Su preparación literaria ha sido también clave en su trayectoria periodística. El mismo se autodefine como un lector "voraz", que tiene entre sus libros de cabecera la Biblia, porque es un libro que permite trasladarse de los "lamentos y maldiciones" de Job, al "erotismo" del Cantar de los Cantares; del Génesis al Apocalipsis de San Juan. Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, entre otros, son los autores a los que una y otra vez recurre para hacer más "fresco" su estilo periodístico. Esta fusión de literatura y periodismo es lo que llevó al especialista en Letras Latinoamericanas en Francia, colaborador de Le Monde, Claude Fell, a decir que Benítez es el creador de un género nuevo: el ensayo-reportaje. Y es que lejos de conformarse con los testimonios indirectos, oficiales, Benítez hizo de la información -como cualquier reportero que se respete- el espacio privilegiado para contar, parodiando a Cristina Pacheco, un mar de historias. Desdeña la interpretación superficial. Valora la observación y el análisis periodístico. Antes de cada viaje investiga y se documenta. Y ya sobre la marcha consigue informantes, diversifica sus fuentes, y procura tomar cientos de notas antes de elaborar una crónica o un reportaje. Pronto se acostumbró, en las comunidades indígenas, a ir de un ritual a otro, de una peregrinación a otra. En La última trinchera, reportaje publicado en 1963, Benítez relata sus vivencias en diversas comunidades de Chiapas, como San Cristóbal de las Casas, Chalam, Chenalhó. Y mediante un estilo literario logra transmitir algunos de los problemas que desde hace años agobian a los chamulas, como la compra de cargos a las autoridades educativas estatales por parte de maestros mestizos, o la expulsión de indígenas evangélicos. Al mismo tiempo, sus descripciones sobre la labor de curanderos y brujos pudieron haberse quedado a medias, de no haber sido por su intención de tratar de entender el fenómeno antes que calificarlo. Agudo observador, Benítez fue durante mucho tiempo la envidia de antropólogos, algunos de los cuales le llegaron a agradecer que su visión sobre el problema indígena fuera vasta. Lo mismo le preocupaban las estructuras políticas de poder sobre las que esta población descansaba, que los asuntos de la vida cotidiana. En el tomo II de Los indios de México, Benítez se refiere así al tema de la fidelidad: "Los huicholes tienen la conciencia de su sensualidad y se esfuerzan en mitigarla, ligándose a incesantes votos de continencia. La carne, su único pecado, y su contraparte, la pureza ritual les obsesionan... En realidad nosotros somos tan sensuales como los huicholes. La satisfacción de la carne supone con frecuencia una infidelidad y la obligación de mantenerla oculta para que nuestro honor y el ajeno permanezcan intocados... "... Los huicholes también hacen su juego amoroso a base de un secreto, pero la diferencia consiste en que nosotros tratamos de ocultarlo y ellos se ven en la necesidad de confesarlo públicamente... La peregrinación a Viricota (la del peyote) representa la oportunidad de liberarse de sus pecados... "... El confesante puede muy bien haberse acostado con la mujer de (otro de los peregrinos) y debe decirlo... será más tarde, durante la fiesta, cuando hayan regresado a lo profano y el fuego haya consumido los signos de su peregrinación mística, que el marido, presa de furia, le dé una puñalada o un botellazo a su ofensor..." Candidatos e indígenas En una coyuntura política donde los problemas indígenas -en particular la situación chiapaneca- son susceptibles de convertirse en un botín político para cada uno de los candidatos a la Presidencia de la República, convendría que los responsables de estas campañas se acercaran a la obra de Fernando Benítez. En Los indios de México hay una infinidad de claves para entender la complejidad del fenómeno indígena, una de cuyas manifestaciones es de tipo social, aunque su origen tenga un carácter eminentemente político. La marginación ancestral de los indígenas -ha señalado Benítez- no es un asunto que se puede transformar de la noche a la mañana. La deuda que el gobierno federal tiene con los indios no se contrarresta con programas emergentes, cuya duración suele ser temporal y con un fin político determinado. Sólo entendiendo la manera de pensar y de actuar de los indígenas se puede avanzar en una propuesta útil y realista para resolver sus problemas Alejandro Olmos es coordinador del programa Ultima llamada: La carrera presidencial, de Radio 13. |
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