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Secuestrados por el CGH

Yuriria Sierra

No son los policías, no son los estudiantes moderados, tampoco los reporteros que cubren la fuente. Son los candidatos a la Presidencia de la Repúlica los mejores rehenes del paro universitario.

Si bien la postura ideológica de sus respectivos institutos políticos, su propio proyecto de país y su historial político los colocarían en indudables (y conocidos) puntos del espectro de posiciones en torno al conflicto de la UNAM, los candidatos, con una mesura y un recato producto más de sus perspectivas electorales que de convicciones políticas, han decidido atrincherarse en el justo medio (mátices más, matices menos). Y ese justo medio lleva un nombre por demás ambiguo y poco convincente: diálogo.

Diálogo fue la consigna de la sociedad en enero de 1994. Un diálogo que hasta la fecha sigue entrampado en su propio ir, venir y relinchar que no ha rendido solución alguna al conflicto entre el Estado y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Diálogo como salida política. Diálogo como carencia de postura. Diálogo como evasión de costos electorales. Diálogo como forma de perpetuación para unos y aplazamiento para otros.

Los actores pólíticos de nuestro país en el callejón que no tiene salida. El cuello de la botella en el que se convierte una democracia que yo creía consolidada pero demuestra sus flaquezas a la hora de intentar dar solución a las divergencias políticas y sociales (la función reglamentaria de toda democracia como forma de gobierno) por la vía institucional. Manda la opinión pública, aunque la opinión pública ignore (o se pase por el arco del triunfo) el marco que define el imperio de la legalidad. La consigna es no perder votos, y para que ésta opere, hay que evitar a toda costa la declaración controversial. Manda el spin doctor, antes que la razón y la transparencia.

Las críticas contra el candidato del PRI, Labastida Ochoa, por declarar que para restablecer el Estado de derecho en la Universidad era necesario usar la "mano dura", fueron inmediatamente matizadas porque la opinión pública lo castiga.

La exigencia de Cárdenas de liberar a los presos del CGH serámatizada en cuanto la opinión publica lo castigue.

Vicente Fox Quesada no se ha salido (contrario a sus usos y costumbres) de una misma línea: diálogo y más diálogo, aunque ese diálogo se prolongue hasta el próximo milenio (que, ahora sí, no presenciaremos).

Rosario Robles manda, por un lado, a sus fuerzas policiales para apoyar el operativo de recuperación de las instalaciones universitarias y, casi al mismo tiempo (ella o su clon), ofrece una conferencia de prensa para deslindarse de toda responsabilidad y clamar por el regreso de la Rectoría y el CGH a la mesa de negociación.

Poco importa ya si en su fuero más interno los actores políticos son cegehachefóbicos o ultrafílicos (por usar sufijos de gran actualidad): lo relevante es la inhibición política que genera la falta de límites claros en este periodo inaugural de nuestra democracia. Cuando las reglas del juego son claras, las instituciones son las únicas que pueden resolver este tipo de diferencias. Cuando las reglas del juego son claras, también son incontrovertibles para todos los sectores de la sociedad. Cuando las reglas del juego operan con eficiencia, ningún grupo de presión puede vulnerar el imperio de la ley; acción que en un sistema democrático sería castigado por la opinión pública y no premiado en su impunidad, con el respaldo de una encuesta electoral

Yuriria Sierra estudia Ciencia Política en el ITAM. Correo: ysierra33@hotmail.com

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