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unam La caza del puma
Marco Levario Turcott
No hay razones sólidas para argumentar en favor de la reconstrucción de la UNAM: 1. Mucho antes del conflicto que aún nos tiene en vilo sucedió algo: la gran explosión demográfica que masificó a la Universidad sin que ésta se reformara para atender a sus nuevos agentes académicos que tenían diferentes prácticas y desiguales capitales culturales. Desde la década de los 70 la UNAM necesitaba reformarse, pero en lugar de eso tuvimos un crecimiento desordenado y diferenciado; una respuesta institucional a la expansión de las oportunidades que, se creyó, abriría mejores escalas de movilización social. 2. La expansión de la matrícula trajo el reto de proporcionar educación de calidad a muchos. Pero sabemos que no ocurrió así y que, en cambio, la institución se fue convirtiendo en un enorme estacionamiento que funcionaba lo mismo para dar cobertura de participación política, que a prácticas de simulación académica, en deterioro del mérito del aprendizaje y la enseñanza, así como de la investigación. 3. Quiero atraer la atención sobre ese deterioro paulatino de la Universidad (burocratización, politización intensiva, segmentación, currícula obsoleta, simulación y precariedad financiera, entre otros tumores) y la ausencia de una política orientada desde el gobierno y las autoridades para hacerse cargo de ello. Con excepciones importantes -como el fallido intento del rector Jorge Carpizo o las medidas impulsadas por el doctor José Sarukhán- durante todos estos años, contrariamente a quienes señalan la existencia de un malvado proyecto de privatización, lo que se ha visto es la omisión, el desinterés y la indolencia. El abandono. 4. Ya sea por movimientos reaccionarios o por cálculos políticos que indicaban que no era el momento de la UNAM, una y otra vez se ha pospuesto la readecuación de esa empresa cultural. Mientras eso ha ocurrido, el mito de la institución sigue en pie -ahí está su espléndida infraestructura- entendida como (casi) la única oportunidad de preparación y ascenso en la escala social. Ya no ocurre así, en primer lugar porque ahora son más variadas las ofertas de educación superior y, en segundo, porque adquirir un título hace tiempo dejó de ser sinónimo de empleo y ello no sólo por la constatación de la carencia del mismo en el país, sino también por la natural competencia que implica el mercado de trabajo. La Universidad ya no es la institución líder en muchas disciplinas. 5. El deterioro de la institución ha sido permanente. Tensiones en muchos lados, indiferencia por otros y falta de brújula y hasta de fortuna entre los menos que han intentado hacer algo por ella dan cuenta de un decaimiento que, insistimos, lleva ya tres décadas entre los sujetos que han privilegiado la razón de ser de la Universidad. Las inercias en escuelas, facultades e institutos, el avance en otras tantas dejan un saldo de desarrollo desigual pero, en general, desesperanzador. 6. Casi pensando en el mejor de los escenarios posibles para diluir el conflicto estudiantil que ha durado tanto tiempo, no podemos dejar de tener en cuenta a esa comunidad maniatada, detenida y frustrada en sus actividades habituales. Son esos los sujetos académicos -quienes determinan la vitalidad de la institución- con quienes se intentará (si acaso) la construcción universitaria. ¿Hay algún dato que, usted, amable lector, pueda ofrecer para pensar en que no ocurrirá lo mismo de siempre? Si lo tiene, mándelo por favor a esta dirección electrónica cuyo propietario piensa que el puma está herido de muerte, abandonado y, ahora, trofeo de guerras que nunca debieron ser. ¿La disputa será por quién se queda con la piel? Marco Levario Turcott es subdirector de etcétera. Correo: mlevario@etcetera.com.mx |
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