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La innovación y el
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Howard Rheingold

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El amor en los
tiempos del chat

Agustín Sánchez González

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ensayo

Internet y sociedad urbana
Cuando el cberespacio y las calles se complementan

Raúl Trejo Delarbre

Paranoia y catastrofismo en la red

Cuando Angela Bennett entiende que se ha quedado sin identidad oficial, su reacción es de lo más espontánea: "¿Por qué yo?". El espectador de La red podrá responder que por haberse retraído ella misma, antes, de la realidad cotidiana. La especialista en informática, protagonizada por Sandra Bullock, había construido toda su existencia alrededor de la computadora. Delante de la pantalla hacía su trabajo de diagnóstico y elaboración de sistemas, el cual enviaba por módem a quienes la contrataban como free lance. Por computadora se entretenía en juegos a distancia y en chats ocasionales. Por e-mail se comunicaba con sus amigos y ordenaba de comer a la pizzería cercana a su casa.

La película, dirigida en 1995 por Irwin Winkler, describe con intencional sensacionalismo el alejamiento que llegan a padecer quienes, más que vivir con la Internet, viven para ella. La conspiración que padece la protagonista de este filme es suficientemente exagerada para robustecer la impresión de que en la red de redes existe un submundo envolvente y tenebroso que acaba por devorar a quienes se sumergen en él. Absorta en su conexión, la avezada Angela Bennett advierte solamente muy tarde la cancelación de los rastros cibernéticos de su existencia real -los datos de sus tarjetas de crédito, la seguridad social, la licencia de manejo-: era como si jamás hubiera existido. En la Internet las cosas no son tan enmarañadas ni tan siniestras, pero películas como La red -junto con el encanto de la señorita Bullock- describen en toda su exageración el entreveramiento de la vida normal y la existencia virtual. Si gracias a las redes de información podemos ensanchar nuestra presencia y multiplicar experiencias, a causa de ellas corremos el riesgo de ensimismarnos. Quizá no hay allí una manera de rehuir la realidad sino de enfrentarla desde nuevos ángulos.

Un medio específicamente urbano

La Internet es un medio específica e intensamente urbano. Las redes de información, en su extensión, desorden y disparidad, se asemejan a las autopistas y avenidas de cualquiera de las megalópolis contemporáneas. Como en ellas, en la Internet hay zonas de luces y, otras, de sombras. Existen rutas directas y atajos bruscos; espacios de reflexión y muchos de diversión. Igual que en las arterias de nuestras grandes ciudades, en la red de redes podemos hallar -o sufrir- encuentros sorpresivos y, otros, pronosticables; corremos el riesgo de padecer despojos y la posibilidad de hallar deleites y retribuciones. La desigualdad social, que en las ciudades es particularmente contrastante, forma parte de las realidades que se traslucen a la red de redes.

Nueva vinculación entre la gente y la ciudad

Su carácter urbano ha permitido que a la Internet se le considere como espacio paralelo, e incluso sustituto, al de la ciudad. Como recuerda la película de la joven Bullock, en la red de redes es posible hallar sustento y pasatiempo, polémica y aprendizaje: incluso amoríos. De alguna manera, además, la Internet no sólo compite sino que tiende a desplazar a la ciudad. Si las relaciones sociales, incluso las de índole productiva, tienen propensión a realizarse en el espacio de las redes informáticas, de manera paulatina y acaso irremediable la Internet comienza a sustituir al territorio urbano. Aunque a menudo se habla de él con cierta exageración, el teletrabajo implica la existencia de una nueva vinculación, acaso menos intensa, entre el individuo y su ciudad. Quienes, en vez de hacer a diario el recorrido de ida y vuelta entre el hogar y la oficina trabajan desde su casa, ahorran hasta varias horas que de otra manera tendrían que destinar al transporte. También prescinden de la relación diaria con docenas o centenares de personas. En vez de ir al kiosco de la esquina o al almacén del barrio es posible leer los diarios y comprar los alimentos a través de la red. El español Javier Echeverría encuentra que en el empleo de nuevas tecnologías de la comunicación para facilitar el trabajo a distancia, se puede identificar una nueva relación, paralela a la de carácter urbano: "A pesar de esa diseminación territorial, los lazos van siendo lo suficientemente estrechos como para que se pueda hablar de una nueva forma de polis, la ciudad a distancia, a la que podemos llamar Telépolis" (Echeverría, 1994, p. 18). La Telépolis de Echeverría es la imbricación de las redes informáticas en la ciudad, para hacerla más eficiente. En esa conjugación de espacios y recursos, el territorio urbano y las relaciones sociales no son afectados, en lo fundamental, por el apoyo de la cibernética. Otra es la existencia de emplazamientos en las redes informáticas superpuestos o paralelos a los territorios específica y tradicionalmente urbanos. El ciberespacio extiende y complementa a la ciudad, pero también compite con ella.

Deambular por la red y no en las calles

Hasta ahora, a falta de estudios puntuales y durante plazos razonablemente representativos, tenemos que conformarnos con especular acerca del significado que esos cambios tienen en las relaciones sociales contemporáneas. Hipotéticamente, la mediación de los recursos informáticos tendría que modificar las formas de vincularse de la gente con sus ciudades, pero no necesariamente en un sentido catastrófico, o alienante. El tiempo que dejamos de despilfarrar en el autobús o en el coche, podemos gastarlo en el parque, o en el cine. Pero eso exige que los parques sean transitables y la sala de cine resulte accesible. Los problemas de inseguridad y delincuencia que padecen muchas de las megalópolis contemporáneas llevan a sus habitantes a circular por las calles solamente lo estrictamente necesario. El sucedáneo para el entretenimiento que antes se encontraba sin riesgos en los sitios de reunión y esparcimiento públicos está en los medios electrónicos -que, además, tienen un efecto hipnótico que mantiene la atención de los espectadores incluso a pesar de la calidad de sus contenidos-. La televisión no sólo desplazó -aunque afortunadamente no del todo- al cinematógrafo y al teatro como medios de entretenimiento, además creó nuevas necesidades y costumbres sociales y culturales. Pero los medios convencionales, si bien acapararon el esparcimiento, no llegaron a sustituir las formas de relación social sustentadas en el intercambio personal y, tratándose de asuntos colectivos, sustentadas en la reunión para acordar, deliberar, festejar o acompañar. En cambio, la Internet tiene una capacidad de interacción que permite, al menos de manera esquemática o a veces casi primitiva, cumplir con los rituales o las responsabilidades que suele implicar la vida en sociedad pero sin la relación cara a cara que ha sido fundamento de esa convivencia. Ahora es posible discutir asuntos de negocios, realizar transacciones financieras -y desde luego cualquier adquisición comercial-, enseñar y aprender, buscar y otorgar consensos políticos, expresar emociones y convicciones de toda índole y relacionarse personalmente -hasta el enamoramiento, dicen algunos- a través de la Internet. Se podrá replicar que la imagen en la pantalla jamás sustituye al encuentro personal, que la vehemencia y la apariencia individuales nunca se reflejan de manera fiel si se conocen a distancia y que el trato cara a cara no sólo es más comprometedor sino, también, más confiable. Todo eso es cierto. Pero la sustitución de los espacios convencionales de relación personal y social por los sitios virtuales que creamos en la red de redes ya no es sólo una hipótesis futurista: forma parte de nuestras realidades contemporáneas.

Deleites, delitos y delirios virtuales

Aquellos que glorifican a la realidad virtual se quedan cortos cuando imaginan qué ocurrirá ahora en el ciberespacio. Ya tenemos comunidades, publicaciones, flirteos, deleites y hasta delitos virtuales. La red de espejos de la realidad que es la Internet no sólo ha reproducido muchos de los rasgos del mundo que no está constituido por bytes. Además, la Internet ha creado sus propias presencias y experiencias.

Cada una de las novedades de la realidad virtual tiene sus inconvenientes. La gente que se sumerge en el parloteo electrónico acaba por extrañar a sus similares de carne y hueso -al contacto frente a frente-. Peor aún, cuando los integrantes de una comunidad cibernética o de un "chat" especializado deciden encontrarse en la realidad-real, las decepciones llegan a ser históricas.

El sexo en la red aburre pronto y siempre se echan de menos la corporeidad y la sensualidad de los intercambios tradicionales. Hay quienes encuentran pareja gracias al correo electrónico (también esa opción, o esa extravagancia, según se le mire, ha sido aprovechada por el cine en la simple y entretenida película con Meg Ryan y Tom Hanks sobre ese tema) y en tal sentido la Internet sirve como cualquier otro sitio de encuentro: la mayoría se miran y pasan de largo y otros, unos cuantos, son atraídos hasta el compromiso con tanta vehemencia que, unos cuantos, sucumben al matrimonio. Allá ellos.

Simultaneidad en el tiempo Internet

Todo lo que sucede en la red de redes asume dimensiones espaciales sobre las que casi nunca reflexionamos pero que son distintas a la "realidad-real". ¿En dónde está la Internet? ¿Qué es el ciberespacio? Quienes nos damos el gusto de navegar en ese océano sabemos o, mejor dicho, intuimos las respuestas, pero a casi todos nos cuesta trabajo explicarlas a quienes no conocen la red de redes. Las coordenadas físicas de la realidad ordinaria no son las del ciberespacio.

Ahora, al menos de acuerdo con una propuesta reciente, las coordenadas temporales tampoco serían las mismas. En marzo de 1999, la fábrica de relojes Swatch sugirió una nueva manera de medir el tiempo, prescindiendo de los husos horarios que todos conocemos.(1)

El día natural, según la iniciativa de esa empresa, ha sido segmentado en mil "beats" -golpes, o piezas- de tiempo, cada uno de los cuales equivale a un minuto con 24.4 segundos. Ese tiempo se mide a partir de un nuevo meridiano, establecido en Biel, Suiza, donde -desde luego- está la sede de Swatch. Cuando en Biel es medianoche se inicia el tiempo Internet, que se expresa con un "@" y tres dígitos.

Ahora mismo, cuando escribo estas líneas son las @159 en Tiempo Internet. Eso quiere decir que en Barcelona son entre las 3:48 y las 3:50 de la madrugada y en la ciudad de México, entre las 8:48 y las 8:50 de la noche anterior. Pero en todas partes son las @159.

Al uniformar el tiempo en todo el mundo se pretende evitar las disparidades y confusiones que se presentan en la comunicación electrónica. Si voy a conectarme a una conversación con un amigo en París, podré decirle que nos encontraremos a las @791, en vez de avisarle que nuestro diálogo será a las 12 del día tiempo de México -la ciudad donde yo vivo- y a las siete de la noche tiempo parisino. Pero a ambos nos costará trabajo medir cuánto duró nuestra charla si, por ejemplo, tenemos destinados solamente 30 minutos -que son, más o menos, 19 beats-.

Esta sofisticación, por lo pronto, tiene más consecuencias simbólicas que prácticas. La sensación de que nuestros interlocutores comparten el mismo parámetro horario quizá afiance la percepción de que estamos comunicándonos en tiempo real. Pero es inevitable seguir asociando ese tiempo a la circunstancia horaria de cada quien. Si en México todavía no son las nueve de la noche, mi interlocutor podrá suponer que aun no me voy a la cama y me encuentro dentro de mi horario de trabajo regular. Yo, en cambio, si advierto que para él en París están por ser las cuatro de la mañana, supondré que se ha despertado para atender mi comunicación o que es tan desvelado que todavía no se va a dormir.

Las ventajas de esa manera no sólo de medir sino de hacer explícito el tiempo real, aún no son del todo claras. Por lo pronto, los emprendedores empresarios de Swatch han puesto a la venta varios modelos de relojes (80 dólares los más baratos) que sólo marcan el tiempo Internet. Claro, para comprarlos se requiere dinero contante (aunque sea a través de la tarjeta de crédito): en materia de finanzas, no se aceptan simulaciones de la realidad-real.

El chat: La identidad enmascarada

La navegación por la WWW, más allá de sus singularidades, puede equipararse con el recorrido por una enorme biblioteca. El correo electrónico imita -y supera en velocidad, aunque la calidad de sus mensajes no se le asemeje- al intercambio epistolar tradicional. Pero hay nuevos usos de la red de redes que no parecen equiparables a otras formas de relación. El chat rompe con los parámetros habituales en el trato que los individuos pueden establecer en el espacio urbano. En la ciudad nos tropezamos con alguien o lo buscamos intencionalmente. En el submundo del chat sabemos que nos vamos a encontrar con alguien pero no adivinamos quién, ni cómo será. Esa aventura se parece a las citas a ciegas, pero en las cuales la sorpresa termina en el instante del encuentro. En el chat, las identidades están o pueden estar enmascaradas: la fantasía y el juego son elementos indisociables de la relación que podamos establecer, condicionada por la fugacidad que siempre es riesgo, pero también prerrogativa de quienes entran a esos espacios de reunión; la cita es constantemente a ciegas porque aunque se intercambien fotografías o haya video directo, siempre hay la posibilidad de que la imagen sea falsa, o esté alterada digitalmente. La sorpresa nunca acaba por resolverse del todo. La identidad, entonces, queda supeditada a otras formas de atracción y relación: la empatía de ideas, la simpatía mutua, la curiosidad, el ejercicio del ocio por el ocio mismo. El chat, en palabras de Antulio Sánchez, un especialista en cultura del ciberespacio: "Con su horario eterno que anula el sentido del tiempo y su carácter de metáfora, es la región que fascina pero atropella cualquier sentido de realidad. El chat es el lugar que deja sentir que allí sólo tiene vida el tiempo libre... el chat es un mosaico o rompecabezas lleno de figuras, clones humanos, ideas, pasiones, ardientes y locas expresiones psicológicas, héroes y villanos, inocentes y delincuentes, cuerdos y orates. Es un universo donde lo elitista se refugia en una provisional, y en ocasiones erudita, acción práctica y sentimental" (Sánchez, 1999). Abierto a todos, son pocos quienes se quedan en el chat. Aquellos que persisten, lo hacen con espíritu de exploradores y suelen volverse apasionados de esa forma de encuentros. El chat y sus diversos rincones y sitios, entonces se vuelven exclusivos, como clubes privados. Si queremos encontrar una analogía con los espacios urbanos podemos recordar que, igual que algunos clubes, los sitios de chat se encuentran a la vera del camino. Sabemos que allí están y suscitan curiosidad, pero sólo en un arrebato de audacia, o en ejercicio de esa búsqueda constante que siempre es la navegación en el ciberespacio, nos atrevemos a entrar en ellos.

Sitios de reunión (y hasta de unión)

Cada vez nos enteramos de nuevos y sorprendentes usos de la red de redes. Ya no es extraño, o no lo es tanto, saber que alguien a quien conocemos hizo a través del correo electrónico una amistad tan intensa, que acabó en matrimonio. Incluso, hay bodas a través de la red que no requieren que los contrayentes estén juntos y pueden ser "presenciadas" por amigos suyos conectados simultáneamente aunque se encuentren, físicamente, en los más diversos lugares del mundo. Uno de los sitios dedicados a promover esas uniones -que, esencialmente, dependen del consentimiento de los dos novios- explica: "Gracias a la Internet, cualquiera que desee unirse para siempre de manera electrónica puede invitar a centenares (¡incluso miles!) de testigos a venir a la boda y compartir personalmente el júbilo de esa unión. Se trata de una manera conveniente y única para los familiares, amigos y cualquiera en el mundo que quiera estar presente. Simplemente se conectan y allí están -participando y/o atestiguando en ese gran evento".(2)

Límites de la realidad virtual

Es muy grande la tentación de extrapolar el alcance de la red de redes y suponer que está desplazando a todo tipo de espacios urbanos convencionales. En la Internet se pueden cumplir muchas de las responsabilidades y los rituales de la sociedad contemporánea, pero todo tiene sus límites. Hay cosas que no se pueden hacer en una relación virtual, desde algunas de las prácticas humanas más elementales, como nacer, procrear, alimentar y acariciar, morir o matar, hasta asuntos menos relevantes pero a veces indispensables como, por ejemplo, desenchufar la computadora. Todo eso es obvio, pero a veces se olvida gracias a la parafernalia embaucadora que suele envolver la discusión y la apreciación sobre la red de redes. Probablemente el desarrollo de la cibernética permita hacer, en el futuro próximo, algunas de esas tareas aún vedadas a la actividad humana en la red de redes. Aun así, es difícil suponer que la Internet acabará por sustituir a la ciudad. En realidad, depende de ella como ningún otro medio. No sólo el cableado para recibir la señal hasta nuestro módem, la energía eléctrica y el mantenimiento de la computadora requieren de la infraestructura urbana. Además, existe una relación de mutua influencia y competencia entre el espacio urbano y el ciberespacio.

Cosmopolitismo y estereotipos

Quizá pensar en el espacio urbano como contrapuesto al espacio de las redes no sea el mejor camino para explicarnos la situación de cada uno de ellos en las sociedades contemporáneas más intensamente conectadas a la Internet. Más que sustituirse, uno y otro tienden a complementarse. Además de su arquitectura vial, de la ciudad la red de redes reproduce la intensidad vital, la heterogeneidad temática y, muy especialmente, el cosmopolitismo policromo que define a las grandes urbes. La Internet se parece más a Nueva York que a Nueva Delhi. Allí confluyen arterias colmadas de show y business como en Broadway, extravagancia y pensamiento como al menos en apariencia hay en el Village, escaparates y negocio como en la Quinta Avenida, marketing tan intenso como el que se diseña en Madison Avenue y, desde luego, delincuencia y marginados como los que se atribuyen a Harlem y el Bronx. En la red de redes hay más sexo del que jamás se vendió y exhibió, por décadas, en la mítica y pletórica calle 42, ahora reformada y purificada de esa fama. Acudimos a estereotipos de La Gran Manzana (que es precisamente un estereotipo de sí misma) porque en buena medida la Internet nace, crece y se diversifica a partir del afán por calcar la realidad de manera intensa. Y no hay realidad más intensa que la de las grandes ciudades, entre las cuales Nueva York es paradigma de apresuramiento y novedad. Paul Virilio, uno de los pensadores que con más holgura han reflexionado acerca de las implicaciones de los nuevos medios, describía de esta manera -aun antes del auge de la Internet- la estrecha relación entre velocidad y desarrollo urbano: "La velocidad salió de la ciudad, es decir, de la dominación del movimiento. La ciudad ha sido desde su origen una caja de velocidad. El pueblo, al contrario, es un laberinto, un lugar de sedentaridad relativa para el primer campesinado" (Virilio, 1992).

Ser ciudadanos más allá de las fronteras

Si cosmopolita es el ciudadano del mundo, según la raíz griega, entonces los navegantes de la Internet tienen, si no una condición, al menos una aspiración cosmopolita. Y cuentan, desde luego, con el desplazamiento veloz, ese atributo -o compulsión- de la vida urbana. Esa ciudadanía implica, por una parte, un afán de conocimiento para estar al tanto de lo más nuevo, para estar sintonizado con los asuntos y los cambios contemporáneos. Al mismo tiempo, toda ciudadanía significa la pertenencia a un espacio, o al menos a una pretensión de adscripción territorial. Todos los hombres, en rigor, somos ciudadanos del mundo. Pero junto con ello tenemos ciudadanías específicas según la bandera bajo la que hayamos nacido, o bajo la cual nos hayamos amparado. El cosmopolitismo casi siempre es resultado de una búsqueda vital y/o intelectual, más que de una condición formal.

Es más cosmopolita aquel que trata de pensar al mundo más allá de las fronteras geográficas, que el que viaja con frecuencia. En la Internet somos cosmopolitas aunque no nos demos cuenta de ello: al navegar por la World Wide Web saltamos de un sitio a otro, sin reparar en muchas ocasiones en el origen nacional de cada página. Allí no importan tanto las procedencias como la originalidad o la calidad sustantiva de cada mensaje. Al mismo tiempo, la red de redes constituye un espacio único por su capacidad para abrogar barreras estatales y nacionales. Es un recurso inigualable para encontrarnos con imágenes y ecos de todas las latitudes: el ejercicio -o la búsqueda- intencional del cosmopolitismo, encuentra en la red de redes su mejor instrumento.

El descubrimiento está en el viaje mismo

La libertad de tránsito en la Internet es engañosa: no llegamos a Sydney, a París o a Santiago de Chile desde nuestro asiento frente a la computadora. Lo que obtenemos merced a la navegación ciberespacial son las huellas que otros han dejado desde esos sitios. La exploración que podemos hacer nunca es original: nada nuevo se puede descubrir navegando por el ciberespacio. Lo novedoso radica en el periplo mismo: en la relación que podamos establecer entre un sitio y otro, en la manera como nos apropiemos de sus contenidos o nos dejemos envolver por ellos. Cada viaje es distinto, llevado por búsquedas específicas e, incluso, por el azar. Y si como cibernautas no hay mundos nuevos por revelar excepto para nosotros mismos, en cambio, como creadores de contenidos tenemos toda la libertad para innovar, modificar o imaginar individual o colectivamente en la red de redes.

En las ciudades, dejamos nuestras huellas

De las ciudades, nos quedamos con tanto o más que aquello que les aportamos. Una esquina callejera, un edificio, un jardín o un bulevar de la ciudad donde vivimos o de alguna que hayamos visitado, forman parte de nuestra experiencia vital y, de tal manera, forman parte de nosotros mismos. Quizá, incluso, hayamos dejado alguna huella en cualquiera de esos sitios: un graffiti, una ventana rota, un árbol sembrado, una ilusión compartida. En cambio es difícil afirmar -aunque puede ocurrir- que las vivencias del ciberespacio formen parte de nuestra experiencia vital. Ambos tipos de experiencia, al menos, no se interiorizan y evocan de la misma manera. No "sentimos" a Buenos Aires de la misma forma después de haber visitado una página web con información sobre tango o con fotografías de la Plaza de Mayo, que si alguna vez hemos tenido ocasión de caminar por Corrientes o charlar en La Recoleta. Allí radica otra diferencia, que es complementariedad, entre el ámbito urbano y el ciberespacio.

Errancia, rapidez y liviandad

La que experimentamos en las redes es una ciudadanía nómada. Divagamos de un sitio a otro, sin asentarnos en ninguno porque el sentido del viaje por el ciberespacio radica en esa posibilidad de movimiento constante. La singularidad del periplo consiste en transcurrir, fluidamente, a través de sitios sin aparente conexión formal entre ellos y a los cuales llegamos en cualquier momento con la misma facilidad con que nos desligamos de la red. El recorrido por las páginas web no sólo es constante sino incluso vertiginoso. La empresa Nielsen, a partir de una encuesta entre los usuarios estadounidenses de la Internet, mide cada mes el tiempo que, en promedio, están conectados esos cibernautas cada vez que se asoman a la red de redes y la cantidad de páginas que recorren en cada sesión. En octubre de 1999, la sesión promedio duró 29 minutos con 21 segundos y en ella fueron visitadas 31 páginas de la WWW. Es decir, el cibernauta promedio estuvo 57 segundos delante de cada página (Nielsen, 1999). No es mucho el conocimiento, y menos la contemplación o la reflexión, que puede obtenerse con menos de un minuto delante de una página en la red. La mencionada empresa de sondeos ha encontrado que el número de páginas visitadas por sesión tiende a aumentar, de la misma manera que disminuye el tiempo dedicado, en promedio, a cada una. No hay arraigo, a veces ni siquiera costumbre, en ese brincoteo de un sitio a otro. ¿Puede hablarse, en esas condiciones, de ciudadanía en las redes? No, si el arraigo es parte de la ciudadanía. Sí, en caso de que no sea ése sino la identidad común -en caso de que ella exista- el criterio para reconocerla. Si se catalogara a partir del apego a los sitios que visitamos, quizá la del ciberespacio podría considerarse como una ciudadanía leve, voluble, liviana.

Arraigo, costumbre y circunstancia

A diferencia del recorrido usual por la red de redes, viajar por las ciudades implica preparativos, horarios, rutas y rutinas predeterminados. En una ciudad, nacemos o llegamos a ella y la hacemos parte de nosotros mismos. En una ciudad radicamos -echamos raíces-. El ciberespacio es la antítesis del arraigo. En la ciudad tenemos sitios a los que volvemos una y otra vez por costumbre, necesidad o afecto. La red de redes es tan nueva que todavía no se establecen hábitos pero además, tan cambiante que los sitios web todo el tiempo se actualizan, mudan de apariencia y contenido, se trasladan a otro domicilio electrónico o, sin previo aviso, desaparecen. La permanencia en la Internet todavía es experimental. Las ciudades, respecto de la red de redes, llevan la ventaja que confieren el tiempo y la tradición. El paisaje urbano, salvo cambios drásticos e inusuales, tiene una permanencia que nos otorga certezas. Los edificios, los monumentos, los establecimientos, están allí y es casi seguro que allí sigan cuando volvamos a pasar delante de ellos. La Internet tiene el privilegio de la fluidez que es parte de su incorporeidad, pero también de su versatilidad. "Soy yo y mi circunstancia", decía José Ortega y Gasset. El ciberespacio no suele ser parte de nuestra circunstancia (aunque se dan casos); al menos no es parte del contexto indispensable que condiciona nuestra vida social y en el que, al reconocer sus rasgos, nos sentimos reconocidos. Además, es difícil suponer que nosotros somos parte de la circunstancia del ciberespacio como sí lo somos de la ciudad. Al menos, todavía.

El espacio. Y la defensa del horizonte

A las ciudades las define su arquitectura, el trazado de sus avenidas, el ambiente que le confieren sus habitantes, el clima. Varias de esas características se expresan en términos espaciales. En las redes informáticas, las dimensiones son de otra índole. El espacio en la Internet no existe como en la ciudad. No tenemos que caminar una docena de calles para ir de la Plaza de la Concordia al Palacio del Louvre. Basta con hacer click de un lugar a otro -en caso de que haya páginas de cada uno de esos sitios- para (en pocos segundos y sin más restricciones que la disponibilidad del servidor, la holgura de las líneas telefónicas o del cableado y la velocidad del procesador en nuestra computadora) ver desplegada la imagen del Obelisco parisino o la sonrisa de la Mona Lisa. La habitual noción de las distancias, que también es un concepto espacial, se difumina y modifica en la red de redes. Los parámetros del ciberespacio se miden en pixeles, ancho de banda y direcciones IP. Para quienes crecimos al margen de la cultura de la Internet, no es difícil distinguir entre la ciudad real y las avenidas del ciberespacio. Yo sé que respecto de la ciudad en la que vivo, París está a nueve mil kilómetros y Chicago a casi tres mil, que significan algo más de nueve y tres y media horas de avión, respectivamente. Para los jóvenes que crecieron al lado de la Internet, quizá esas distancias no sean tan identificables. En las sociedades del futuro inmediato, el desdibujamiento de las coordenadas espaciales afectará, de una u otra manera, la percepción de la realidad. Virilio va más allá de las actuales posibilidades tecnológicas, para prevenir: "Cuando la magnitud natural de las distancias físicas ha sufrido así la ley de la potencia microfísica de las ondas que transmiten la audición, la visión y, mañana, el tacto (el tacto a distancia), ¿cómo no evocar el riesgo que la humanidad corre de una pérdida del mundo propio? Y, por consiguiente, ¿cómo no temer desde ya el advenimiento de un profundo sentimiento de encierro, para el hombre, en un medio ambiente privado a la vez de horizonte y de espesor óptico?" (Virilio, 1997, p. 61). Las redes informáticas nos abren puertas antes insospechadas. También pueden dejarnos sin horizonte, especialmente si llegamos a creer que el horizonte de la pantalla es el de nuestras vidas cotidianas.

Videojuegos, retraimiento y solaz

La cultura cibernética desborda a las computadoras y comienza a ocupar, condicionándolos, algunos sitios del paisaje urbano. Los establecimientos de video-juegos son reductos de una generación que, en el embeleso tecnológico, encuentra nuevas formas de ejercicio de sus capacidades lúdicas y, si se quiere, también de enajenación y retraimiento. Quien, desde otra perspectiva generacional, haya visto a un adolescente entregado con inimitable vehemencia a una partida de videojuego, habrá entendido que la cibernética tiene distintas formas de apropiación según la edad de quien la aprovecha. Envolverse en la atmósfera y dejarse llevar por la cadencia urgente del videojuego es una forma de fuga. Antes que nada, de fuga respecto del ambiente urbano -la Internet también lo es pero con opciones abiertas, prácticamente ilimitadas, a diferencia de las disyuntivas limitadas que ofrece el videojuego-. Delante del videojuego, aferrados a los mandos que no quieren soltar ni un instante, sin pestañear delante de la pantalla y sin atender a más ruido que los sonidos electrónicos que marcan aciertos y errores, los muchachos prescinden de cualquier realidad que no sea la de su angustioso entretenimiento. Expresiones de rechazo al paisaje urbano, los sitios de videojuegos son parte de él de manera que parece inexorable y cada vez más extendida. Es difícil estimar que son sitios de convivencia. Los muchachos (casi exclusivamente varones: alguien tendrá que explicar en algún momento por qué las chicas suelen ser tan reacias a esa diversión) acuden juntos para, una vez delante de la pantalla, ensimismarse en ella.

Cibercafés, puertas y fuga extraurbana

El otro espacio nacido de la irrupción de la cultura cibernética en la ciudad es el de los cibercafés. Nacieron en países del norte, pero su propagación quizá ha sido más rápida en naciones de América Latina. En Estados Unidos, o en Canadá, los cibercafés son fundamentalmente sitios de encuentro que, además, tienen computadoras conectadas a la red. El acceso a la Internet es una opción complementaria a la convivencia entre los parroquianos. En cambio, en países donde el acceso a la Internet se encuentra menos extendido, el uso de la computadora es un fin en sí mismo para la mayoría de quienes acuden al cibercafé. Los usuarios de esos establecimientos llegan a lo suyo: a buscar y enviar correos electrónicos, a localizar una información en la WWW o a participar en una conversación a distancia. Hay más retraimiento que parlamento o, dicho de otra manera, más chat que charla. Son lugares fundamentalmente de jóvenes, pero no tanto para el intercambio entre quienes acuden allí sino para la exploración individual, en el universo de las redes. La comunicación es hacia fuera, más que dentro del establecimiento. Los cibercafés son enclaves en el paisaje urbano con puertas abiertas para salir de la ciudad, aunque sea de manera transitoria y metafórica.

Persuasión o reiteración política

El proselitismo político, como el de cualquier otra índole, también explora las posibilidades de la red de redes. De hecho, junto a su inevitable comercialización, no hay medio más politizado que la Internet. Allí se encuentran testimonios de grupos, partidos y corrientes de todas las tendencias. La amplia libertad que hay en la red, junto con la facilidad para colocar una página web, han propiciado ese auge que confirma, antes que nada, que las ideologías no se encuentran tan desplazadas ni finiquitadas como algunos llegaron a creer. Todavía, sin embargo, está por saberse en qué medida la colocación de espacios en la Internet permite ganar adeptos, o si únicamente sirve para que los ya convencidos encuentren reflejadas sus opiniones en favor del partido o el candidato cuya página recorren con satisfacción militante. En Estados Unidos, la colocación de páginas políticas ha llegado a ser considerada no sólo como una vía para que los ciudadanos se informen de las opciones por las cuales pueden votar, sino incluso como un recurso para abatir abstención en las elecciones. El sufragio electrónico reviste problemas de seguridad que no parecen estar resueltos del todo, pero se presenta como una modalidad atractiva para los muchos ciudadanos que no quieren ir a la casilla de votación. Dicho sufragio todavía es una posibilidad que se contempla como complementaria a los mecanismos tradicionales para elegir gobernantes o representantes. Si se extendiera, estaríamos ante otra sustitución de perfiles y prácticas urbanas por modalidades electrónicas. No hay hecho más distintivo del ejercicio de la ciudadanía que el acto de votar. Al paisaje urbano se añaden las casillas de votación llamativamente señalizadas para que los ciudadanos sepan encontrarlas. Las temporadas de campaña alteran el panorama de las ciudades con pancartas y anuncios callejeros. Si hubiese voto electrónico, también las campañas políticas serían a través de la Internet. Quizá sería más eficiente en términos técnicos, pero sin duda también sería más aburrido. Pero antes que nada, la democracia electrónica requiere que todos estemos enredados, o conectados a los recursos informáticos. Y para eso falta mucho tiempo.

Respaldo a los derechos ciudadanos

Hay que distinguir entre la utilidad que la Internet puede significar para el ejercicio de los derechos ciudadanos y la ciudadanía específica que se atribuye a quienes deambulan en la red de redes. En el primer sentido, la Internet puede servir para apuntalar la práctica y la defensa de los derechos cívicos. La información y la propaganda, la discusión y el intercambio de opiniones y experiencias que son posibles a través de este medio son aprovechados por millares de grupos de ciudadanos y activistas de esos derechos. La principal y más notable restricción para ello radica en la limitada cobertura que, todavía, tiene la Internet en la mayor parte del mundo. En el umbral del 2000, se calcula que menos de la mitad de los ciudadanos en Estados Unidos tienen acceso a la Internet. En el resto del mundo, las personas que pueden emplear este recurso representan proporciones muy reducidas. Es posible que en América Latina, por estas mismas fechas, los usuarios de la Internet no sean más de 1% de la población total. Con esa cobertura, que no es factible que cambie drásticamente al menos en las décadas inmediatas, pensar en la Internet como un espacio capaz de sustituir a otros sitios y medios en donde se procesan y definen los consensos políticos no deja de ser mero voluntarismo, o ficción política. La Internet, como es o debiera ser evidente, en países como éstos, nutre e incluso reúne a las élites sociales y/o políticas, pero no a las clases populares. Esa realidad no cancela -antes bien, debiera estimular- los esfuerzos para que cada vez más personas tengan acceso regular a la red de redes. Por lo pronto, es preciso tener los pies en la tierra y no inventar realidades sociales que no existen. Si vivimos en Nueva Delhi -o en Caracas, o en Rosario- no hay que olvidar que por muy conectados que estemos a la red y por muy semejante que la Internet sea a Nueva York, nuestro entorno real no es el de Manhattan.

Ciudadanos de las redes... o enredados

¿Somos ciudadanos de las redes? O, ¿la Internet es una red de ciudadanos? ¿Somos ciudadanos enredados? La idea de la Internet como una enorme, diversa y heterodoxa comunidad, ha conducido al concepto de ciudadanía de las redes. Estar en la Internet es resultado de un acto voluntario e individual. Nadie entra a ella por fuerza, aunque para muchos sea un hábito. Se trataría entonces de una ciudadanía que no resulta del nacimiento, sino de la decisión de estar en ese repertorio inacabable de sitios que es el ciberespacio. Pero encontrarse en el ciberespacio es la posibilidad de hallarse en todos lados y en ninguno. La ciudadanía ciberespacial carece del asidero, el arraigo, que tenemos en el mundo no virtual. Aun así, existen identidades compartidas y una presencia común en un territorio compartido, aunque sea de manera atemporal. Hay quienes rechazan esa ciudadanía porque carece del acuerdo explícito para circular por el ciberespacio. El filósofo francés Paul Mathias lo dice de manera tajante: "Internet no prefigura lo que podría ser una `ciberdemocracia`, porque no está constituida en virtud del acuerdo normalizado y normativo de un número más o menos grande de `ciberciudadanos`, en la periferia de un territorio tecnológico, o a través de las señas de identidad de la `sangre` o de la `cultura`. Los sistemas operativos son demasiado numerosos, y lo que se comparte a través de ellos es justamente lo que no forma parte de la identidad de cada cual. Una comunidad internética, a cualquier nivel, no se apoya en el acuerdo sino, más bien, en el encuentro de sus participantes, y no dura más que lo que dura ese encuentro..." (Mathias, 1998, p. 49). Cada uno de los argumentos del profesor Mathias cae si se le confronta con la realidad en las redes. No hay un juramento suscrito por quienes se conectan a la Internet, pero sí numerosos registros de la decisión para emplear protocolos técnicos, metodologías, rutinas y normas usuales en la red de redes. No hace falta que todos los cibernautas tengan la misma perspectiva cultural: todo lo contrario, la heterogeneidad de enfoques, experiencias y convicciones que se manifiesta en la red, la asemeja con una ciudad grande en donde la cohesión se da en torno a la diversidad de sus residentes y no a pesar de ella. En cambio, las comunidades en el ciberespacio, como en cualquier otro sitio, sí se encuentran sustentadas en identidades que sus integrantes comparten. Quizá más que hablar de una ciudadanía de las redes, sea conveniente referirnos a membresía, informal o no, a comunidades de índole muy variada.

Derechos para y en el ciberespacio

Las comunidades y, de manera más amplia, los trashumantes del ciberespacio no suelen tener derechos, al menos no de manera explícita. La ciudadanía moderna no sólo implica la condición de nativo o residente de un sitio, sino además las potestades y obligaciones consiguientes. Los derechos de los "ciberciudadanos" pueden llegar a ser tan laxos, o tan etéreos, que en términos prácticos signifiquen poco o nada. De cualquier manera, han sido de utilidad para la reflexión e incluso para el activismo respecto de las redes, propuestas como la de Robert B. Gelman que en noviembre de 1997 sugirió una Declaración de los derechos humanos en el ciberespacio (Gelman, 1997). En 1999, la profesora Susana Finquelievich propuso un documento sobre derechos ciudadanos en la Sociedad de la Información (Finquelievich, 1999). Al menos en la discusión de derechos factibles y reivindicables, en el ciberespacio ha existido una preocupación ciudadana tan extendida como en las urbes del mundo no-virtual.

Volcanes, entorno y espejismos

La Internet no sustituye a la ciudad -tampoco a la realidad-. Puede ser recurso para acercarnos a otras ciudades e incluso aproximarnos a la ciudad donde vivimos, o para paliar -nunca remediar- algunas de sus insuficiencias. En alguna época, que ahora parece remota, quienes vivíamos en la ciudad de México podíamos mirar, hacia el oriente, los dos imponentes volcanes que desde tiempos prehistóricos han custodiado y amenazado al Valle de México. Ahora la contaminación del ambiente impide que los veamos, excepto en escasos y luminosos días cuando los vientos o las lluvias permiten que el cielo esté despejado. En esas ocasiones, desde la ventana del sexto piso donde vivo, tengo la fortuna de mirar, enhiesto y desafiante, al volcán Popocatépetl. El resto del año, si la curiosidad o la nostalgia son acuciantes, cuento con el recurso de asomarme a la página que, en la Internet, registra constantemente la apariencia del volcán(3) -el cual, aparte de su aportación estética, de cuando en cuando amenaza con hacer erupción-. Desde esta misma ventana puedo atisbar una de las principales calles del sur de la ciudad de México, la Avenida Universidad. Si no quisiera voltear hacia ella, podría abrir la página que reproduce las imágenes de las cámaras de televisión que de manera continua muestran el tránsito en varios sitios de esta metrópoli.(4) Volcán y avenida aparecen en "tiempo real" pero no son la realidad sino sendos reflejos de ella. La Internet me ayuda a entender mejor el entorno donde vivo y que no se limita a esta ciudad; ese entorno es el mundo entero: algunos de sus rasgos -jamás todos- pueden verse reverberando en la pantalla. Colección de espejos, la red de redes enriquece nuestra circunstancia siempre y cuando no hagamos, de esos reflejos, espejismos

 

Notas

1 http://www.swatch.com/internettime/beatnik...fs...time.html

2 http://www.webstationone.com/fecha/wed.htm

3 http://www.cenapred.unam.mx/mvolcan. html

4 http://www.prodigy.net.mx/vialidad/vialidad.asp

Referencias

Javier Echeverría, Telépolis, Barcelona, Ensayos, Destino, 1994.

Susana Finquelievich, Derechos ciudadanos en la era de Internet. Una propuesta tentativa. http://enredando.com/cas/cgi-bin/enredantes/plantilla.pl?ident=64

Robert B. Gelman, Declaración de los derechos humanos en el ciberespacio. http://www.arnal.es/free/info/declaracion.html. La versión original se encuentra en http://www.be-in.com/9/ten/rightsdec. html

Paul Mathias, La ciudad de Internet, Barcelona, La Biblioteca del Ciudadano, Ediciones Bellaterra, trad. Víctor Pozanco, 1998.

Nielsen, The Nielsen/Netratings Reporter, 19 de noviembre, 1999. http://www.nielsennetratings.com/

Antulio Sánchez, "El chat", en etcétera, núm. 329, México, 20 de mayo, 1999.

Paul Virilio, "Paul Virilio: las revoluciones de la velocidad", entrevista de Jean de Loisy y Patrick Javault, en La Vitesse, París, Flammarion-Cartier eds., 1991. Trad. Antulio Sánchez, reproducido en el suplemento "Política", El Nacional, México, núm. 152, 2 de abril, 1992.

Paul Virilio, La velocidad de liberación, Buenos Aires, Manantial, trad. Eduardo Sinnott, 1997.

Raúl Trejo Delarbre es investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Este ensayo forma parte del libro ¡Ciudadanos, a la red!, coordinado por Susana Finquelievich, que publicará en breve Editorial La Crujía, de Buenos Aires.

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