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Raúl Trejo Delarbre

1 Final fatal

Es hora de discutir el futuro de la Universidad, pero es poco lo que se puede adelantar en tal sentido mientras haya casi un millar de universitarios en la cárcel. Ese era, al menos hasta el lunes pasado, el dilema que enfrentaba la heterogénea, escindida y golpeada comunidad de la UNAM.

El desalojo de las instalaciones universitarias a cargo de la Policía Federal Preventiva fue la solución, indeseable pero inevitable, al secuestro que padecía la Universidad Nacional desde hace casi 300 días.

Los paristas nunca quisieron negociar, o no lo quisieron al menos los núcleos más duros dentro del CGH que, en todo momento, impusieron su hegemonía al resto de las corrientes huelguistas.

Durante largos diez meses los universitarios, y el país, presenciaron y padecieron no sólo el deterioro material, sino el desprestigio moral y público de la que quizá sea la institución nacional más noble. Pocos hicieron todo lo que hubieran podido para defenderla. Callaron, o dispensaron abusos no por tolerancia, sino con indiferencia.

A algunos les parecía de mal gusto comprometer opiniones y mucho menos exigencias en defensa de la Universidad. Otros, entre ellos no pocos universitarios, llegaron a ver a los secuestradores de la UNAM con condescendencia cómplice.

2 Nunca dialogaron

Las autoridades de la Universidad Nacional intentaron, una y otra vez, una conciliación que se sabía de antemano infructuosa porque, para conversar, se necesitan al menos dos.

Los huelguistas nunca tuvieron auténtico talante de interlocutores. Sólo se escuchaban a sí mismos, en una suerte de autismo que era expresión de soberbia, o de incapacidad para advertir sus muchas debilidades.

Nunca enarbolaron banderas académicas. El rechazo al aumento de cuotas era expresión de una reivindicación corporativa y nunca afianzada en la calidad de la enseñanza.

El congreso al que finalmente accedió el rector De la Fuente ha sido visto como panacea para los numerosos males universitarios pero encierra peligros sobre los que se ha reflexionado poco y ante los que ahora se enfrentarán los universitarios.

Entrampada en un conflicto político, aunque no sólo debido a la injerencia de actores externos como han pretendido sus autoridades, la UNAM carecía de recursos para defenderse. Aunque no hacía falta y al costo de concesiones que no tardarán mucho en lamentar, el rector y 180 mil universitarios votaron en un referéndum de fuerza testimonial y moral, pero políticamente ineficaz.

3 Temeridad

Diálogo de sordos o, mejor dicho, desencuentro entre quienes hablan idiomas diferentes, la mayoría de los universitarios decía no a la huelga y sí a un proceso de renovación interna en tanto que los paristas apostaban al conflicto interminable.

El referéndum cumplió con la exigencia plebiscitaria del gobierno. Los paristas no se conmovieron con los votos de aquel 20 de enero porque jamás les interesó la democracia y siempre se supieron minoritarios, por mucha demagogia que hicieran al respecto.

La ilusión de muchos de los universitarios que asistieron a aquella votación se desmoronó ante la constatación de la intolerancia que animaba el paro.

Ahora parece increíble que las autoridades de Rectoría hubieran apostado todas sus expectativas al referéndum, pero la ausencia de opciones después de ese recurso testimonial fue evidente cuando se quedaron esperando que, como por magia plebiscitaria, los paristas terminaran la huelga.

Puesto que no sucedió así, sobrevino entonces la desesperación, y de allí la ausencia de rumbo. El rector puso el mal ejemplo al tratar de llegar al campus, el 24 de enero. De allí se generalizó la invitación a tomar por asalto las instalaciones secuestradas. Los universitarios tenían toda la razón -siempre la tuvieron- al querer entrar a sus salones, cubículos y laboratorios clausurados por la huelga. Pero era de una enorme temeridad.

4 Linchamiento

No eran los alumnos y profesores quienes tenían que emprender la recuperación de las instalaciones universitarias. Comprobarlo, le costó a la Rectoría y a los universitarios varias semanas.

De hecho, la decisión de emplear la fuerza pública no ocurrió a propuesta de ellos sino cuando el gobierno federal advirtió que el conflicto se descontrolaba cada vez más.

El martes 1 de febrero, la Preparatoria 3 se volvió escenario de un linchamiento salvaje y abusivo. Las escenas de los paristas golpeando despiadadamente a varios trabajadores de vigilancia vencieron los reparos del Presidente de la República. Fue entonces, según diría más tarde el doctor Ernesto Zedillo, cuando se decidió frenar la irracionalidad de una huelga sin medida ni razones.

La reunión del rector y sus consejeros con una representación de los huelguistas, el 4 de febrero en la antigua Escuela de Medicina, fue el intento último para lograr alguna negociación. Las autoridades tenían en sus manos una nueva carta, la aprehensión de 251 paristas arrestados en el zipizape de la Prepa 3. Pero en vez de reconocer que estaban en un callejón sin más salidas que el levantamiento de la huelga, los paristas se afianzaron en la soberbia intolerante y rechazaron pacto alguno.

5 900 detenidos

De allí a la intervención policiaca, apenas transcurrió algo más de 24 horas. La mañana del domingo 6 de febrero, dos mil 500 policías federales terminaron con el secuestro de la UNAM. Sumadas a los de la semana anterior e incluyendo a quienes fueron aprehendidos el lunes, habría cerca de 900 personas encarceladas por la huelga. No todos han cometido delitos. Desahogar sin dilaciones todos los expedientes judiciales, ha sido la preocupación más inmediata e importante después de la intervención policiaca.

Es preciso que los delitos perpetrados contra la Universidad y los universitarios sean castigados. Ninguna reconciliación es posible sustentada en la impunidad.

Pero antes, es indispensable que se evite cualquier injusticia con los detenidos. En caso de duda, siempre será mejor dejar en libertad a algunos posibles culpables, antes que mantener en prisión a jóvenes que puedan ser inocentes

Correo: rtrejo@etcetera.com.mx

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