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unam Reconciliación y reforma
Rafael Pérez Pascual
El domingo pasado vimos a las fuerzas públicas intervenir en la UNAM para desalojar a los estudiantes paristas y recuperar las instalaciones tomadas por éstos desde hacía más de nueve meses. Si bien esto genera una nueva circunstancia en el conflicto, no podemos más que lamentar que haya ocurrido, de ninguna forma se puede pensar que esto sea bueno para la Universidad ni para el país en general. Naturalmente tampoco podemos negar que la situación en la UNAM era ya insostenible, que otras formas de acción política habían fracasado y que el peligro de la irrupción de la violencia y la polarización extrema entre los universitarios era ya muy real y totalmente inaceptable. Nos encontramos ante una circunstancia que genera, por necesidad, pensamientos y sentimientos contradictorios en cada uno de los universitarios, que refleja la complejidad y profundidad del conflicto universitario mismo y que nos hace sentir los tremendos efectos de un movimiento encajonado por una conducción inspirada en posiciones ideológicas y políticas extremistas. Cuando hablamos de universidad debemos entender a la institución que por su propia naturaleza e historia está obligada a ser factor de civilidad, de tolerancia, de predominio de la razón, de aceptación de todas las posturas. Así el sectarismo, el maximalismo, el autoritarismo y los extremismos políticos le dañan en su más profunda naturaleza y le impiden ser educadora de la juventud. Posiciones como éstas se adueñaron del movimiento de los estudiantes e impidieron que éste se desarrollara como tal, como movimiento de la juventud universitaria, de una juventud que ha entendido que nadie tiene la razón absoluta y que es en la negociación real, máxime en la que entre universitarios se puede y se debe dar, donde reside el principal factor de progreso, de búsqueda de las síntesis que genera el futuro que esa misma juventud está deseando construir. Es por eso muy doloroso ver a la Universidad como la vemos hoy, ver cómo la polaridad entre los estudiantes, la intransigencia y el predominio de ideologías sectarias sustituyen a la razón y a la aceptación del compañerismo natural que debe darse entre los jóvenes. ¿Qué hacer ante la perspectiva que tenemos? Pienso que no hay más solución que la búsqueda de la reforma universitaria profunda, de aquella que alcance las raíces mismas del conflicto, de aquella que parta de la comprensión de la Universidad real y de su inscripción en la sociedad real y sus problemas. La Universidad debe entender que en ella se dan muchos de los problemas del país y se ven en ella muchas de las lacras de la sociedad en íntima convivencia con muchos de los más altos logros y esperanzas de México. México tiene hoy uno de los más altos índices de desigualdad tanto económica como social y culturalmente; desigualdad que hemos visto incidir cada vez más y producir una estratificación social cada día más lacerante y más opresora de las esperanzas de la juventud. La UNAM ha logrado mantenerse como una institución a la que ingresan alumnos provenientes de esa desigualdad y qué bueno que es así, es precisamente eso lo que le permite ser una institución pública y popular, pero es también cierto que no ha sido capaz de entender esto y dar a la educación superior las formas adecuadas para atender, conservando su carácter popular y su alto nivel, esa diversidad que se da en su seno y que en mucho se refleja la desigualdad social de México. Hace ya muchos años que el dilema está planteado, quizá desde la época del rector Chávez; la desigualdad produce en la Universidad la necesidad de preservar la cultura y el alto nivel educativo que requiere y que le es propio y al mismo tiempo debe enfrentar el ingreso de una "masa" estudiantil que ha crecido con oportunidades educativas, tanto formales como familiares y sociales, sumamente desiguales, estudiantes que además llegan con esperanzas muy distintas, y para muchos cifradas exclusivamente en su paso por la Universidad. Podemos decir que la respuesta de la Universidad a este dilema ha sido muy pobre. Más bien se han manejado los problemas que esto genera de forma pragmática y se ha postergado el ataque al origen profundo de las contradicciones y los problemas de una universidad de un país como México, con sus necesidades y sus condiciones sociales e históricas. Podemos decir que a lo más se han establecido dos posiciones polares que desde hace años se estorban una a la otra y que no son, ni la una ni la otra, una verdadera solución al problema de la universidad mexicana. Una podríamos llamarla elitista y la otra populista y de ambos hemos, en los últimos meses, escuchado sus voces de muy diversas formas y en muy diversas circunstancias. El conflicto de la Universidad no se resuelve con la terminación del movimiento, ni el movimiento mismo es el conflicto. Una vez más estamos ante la posibilidad de emprender una reforma de fondo, que le dé a la UNAM una perspectiva auténticamente popular y sustentada en una comprensión profunda de México y sus necesidades. Una reforma que no se limite a enmendar lo superficial y ataque el enorme problema de la desigualdad sin caer en la polaridad entre el elitismo y el populismo. Es aquí donde está la verdadera esperanza de la Universidad y para que esto pueda llegar a ser una realidad, para que la reforma pueda darse hay que reconciliar a la comunidad, hay que dejar fuera los extremismos políticos, hay que eliminar el sectarismo, hay que olvidar las simplezas ideológicas, hay que dejar que la tolerancia y la razón campeen en la Universidad. Hoy se ve sumamente difícil el camino para la UNAM, hoy vemos su campo custodiado por la policía. Para los universitarios hoy no hay otro camino, emprender con entusiasmo, con serenidad un proceso de cambio llamando a todos a una reforma hecha entre todos. El esfuerzo debe comenzar con un planteamiento de cordura que permita a quienes están detenidos salir libres y quienes se han visto impedidos de entrar a su Universidad por más de nueve meses entrar y reanudar sus estudios. Así, con la tolerancia y la razón podremos resolver el verdadero conflicto de la Universidad, el que la desigualdad ha generado y cuya solución no es otra que la lucha contra la desigualdad misma usando las armas del saber, usando las armas civilizadoras de la Universidad Rafael Pérez Pascual es investigador en el Instituto de Física de la UNAM. Integró la Comisión del rector De la Fuente para el diálogo con el CGH. |
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