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Los "oaxaquitas"
"No hay mucha diferencia con Valle Nacional"

Rubén Mújica Vélez

Para el compadre Arellanes,
por la indignación compartida.

¿Cómo había logrado entrar el Lic. a las zonas de cultivo? Interesado el propietario de los campos por la posibilidad de que, por su vía, se concertara un convenio con el gobierno del estado para agilizar la contratación estacional de mano de obra, le permitió entrar a su coto de caza. Pero previamente le extendió una tarjeta personal firmada, un auténtico salvoconducto para transitar o, en su defecto, enfrentar la hostilidad de los guardias que armados vigilaban el trabajo de miles de peones. Así pudo conocer las "loberas" y disimular su indignación ante aquellas infrahumanas condiciones de hacinamientos de los "oaxaquitas", así despectivamente denominados, constatar la dureza de los campos de cultivo y todavía soportar la larga perorata del rubicundo patrón que externaba su "preocupación por ofrecer trabajo a los oaxaquitas". Bien sabía que era uno de los beneficiarios de la política de irrigación en el noroeste, hecha con recursos de la nación. Así amasó su fortuna que incrementó explotando a los asalariados del campo.

Era inhumano. Nada podía justificar que ese grupo de humildes oaxaqueños se hacinaran en la acertadamente llamada "lobera". Era un espacio de dos por dos metros, con "paredes" de lámina de zinc y por piso la arena del semidesierto. Horrendos hornos en el día y pestilentes cuartuchos helados en la noche. En ellos promiscuamente se revolvía la familia de cuatro chiquillos y sus padres. Pero esos humildes, explotados trabajadores son la fuente de riqueza del emporio hortícola de San Quintín; la mano de obra familiar, a niveles de hambre, sostiene la riqueza insultante de la plutocracia peninsular, de ambas costas, con apellidos griegos o españoles, detentadores de miles de hectáreas sembradas con pimiento morrón, pepino, con diversos productos cuya exportación garantizada nutre cada temporada a los señores de toda la amplia región.

Pero si las condiciones de las "habitaciones" eran repugnantes, los campos de cultivo despertaban la conmiseración por los pizcadores que en legiones se diseminan en épocas de cosechas, extrañamente embozados bajo un tórrido sol que quema hasta la médula, mientras un permanente airecillo barre las amplias planicies sembradas y arrastra tenues cortinas de arena que afectan el sistema respiratorio de los humildes asalariados. En estos campos se dedican al corte los padres y los hijos, algunos auténticos niños a los que la alegría de la infancia se elimina y solamente viven las duras tareas en campos extraños, mientras sus padres incrementan la familia, porque con ellos significa elevar magros ingresos. Las familias se trasladan desde su lejano Oaxaca hasta esa remota península donde las bellezas costeras, las playas paridisiacas son referencias ignotas para los trabajadores que, en un prolongado peregrinar en vetustos y malolientes carros de ferrocarril, llegan a los campos de pizca, "enganchados" desde la Mixteca oaxaqueña.

-¿Simón, que te ha traído hasta acá?

-Mire, jefe. En primer lugar en mi tierra no tengo parcela. Me dieron puras promesas y eso que llaman "derechos a salvo", para cuando haya tierra. ¡Es decir, nunca! Escasea el trabajo allá y la sequía nos pega año con año. Así que no hay de otra que buscar chamba donde hay y aquí sobra, aunque vea en qué condiciones. Vivimos como animales.

-¿Y tus hijos, qué esperas para ellos?

-Muy poco o nada, ser como yo, pizcador. No puedo meterlos a ninguna escuela y no saben leer. Mi vieja se preocupa y en ratos les enseña pocas letras y tal vez algún día logren leer y escribir. Pero la suerte de los jodidos no es mucha y solamente nos espera un futuro lleno de trabajo y más trabajo, hasta caer un día, como muchos paisanos, en el surco. En esta temporada ya van tres que no regresarán a Oaxaca y sus familias tienen que pagar el cajón que usaron para enterrarlo y seguir sobándose el lomo.

-¿Y de tu tierra no reciben ayuda?

-Una vez vino el gober, pero con fotógrafos y televisión para prometernos un programa que se realizaría con el estado de Baja California para mejorar las condiciones de trabajo, pero después parece que todo se fue olvidando y ya no se menciona nada. Puras palabras vacías; así son los políticos. Mientras los paisanos se enferman por tomar agua de los pozos en botes que traen productos químicos y esto les provocan diarreas, vómitos y mareos, algunos hasta se amoratan. Y los males respiratorios son constantes por este pinche airecito que nos mete arena hasta los pulmones. Ni modo, no hay de otra.

-¿Y tienen alguna atención médica?

-Ninguna. Pero si le pregunta al capataz y al dueño le dirán que todas. En verdad no hay mucha diferencia entre lo que fue Valle Nacional y lo que es ahora San Quintín. Aquí con frecuencia nos retienen los salarios, pero no se han dado cuenta que están jugando con fuego. Los paisanos ya se están cansando y una vez que se encabronen a ver quién es el guapo que los para.

-¿Y volver a la tierra, a tu estado?

-¿Para qué? Allá solamente tengo los derechos a salvo para irme al infierno. La tierra, también allá, la que es buena, está en pocas manos y la mala es pura arenisca que no se puede sembrar. Sólo que le entrara a la "Juanita", pero por eso han caído muchos amigos en el "tambo", aunque los meros tiburones andan libres y gozando sus grandes fortunas...

Se despidió y tomó rumbo a la salida del amplio campo de cultivo, bajo la torva mirada de los guardias. El aire arreciaba y con él las cortinas de arena se incrementaban y espesaban y los embozados subían la cobija que apenas les permitía que asomaran sus ojos. En la entrada se veía un enorme letrero:

"Campo la esperanza. Donde Baja California hace más grande a la patria". R.M.V.

Rubén Mújica Vélez fue delegado de la Procuraduría Agraria en varios estados de la República.

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