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Deuda externa
Ricardo Becerra
Ultimamente los especialistas de los organismos internacionales, lo mismo el Banco Mundial (BM) que el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) se han topado con una conclusión inevitable: muchos países pobres no van a poder enfrentar, aunque quieran, las obligaciones financieras que tienen ahora y, mucho menos, con las que acumulen a futuro. El cálculo es crudo: en los próximos diez años los países en desarrollo crecerán, si bien les va, a tasas promedio de 3 o 4%: así no podrán generar la riqueza necesaria para sostener la inversión, atender sus rezagos históricos, sociales y tecnológicos, mantener sus equilibrios económicos y pagar su deuda externa. De todas esas necesidades, la deuda es la única que puede posponerse. O para decirlo de otro modo: la mayoría de los países de Africa y Centroamérica no podrán avanzar económica ni socialmente, si no se les perdona su deuda. Así lo dijo Tony Blair en la última reunión del Grupo de los Siete, en Colonia, Alemania: "El perdón de la deuda no es un problema moral del mundo desarrollado, es un problema de la viabilidad financiera de la globalización... es un problema que estamos pagando de otro modo... en forma de oleadas migratorias, de cataclismos financieros, de dislocación repentina del sistema monetario mundial a causa de las devaluaciones y crisis surgidas en el Tercer Mundo". FMI, BM, OCDE, BID, G-7, mandatarios de países centrales (Clinton, Blair, Jospin, incluso el papa), saben que el tema está en la agenda inmediata. Perdonar la deuda parece inevitable, la cuestión es: ¿a quién? ¿De qué manera? Como ha dicho Luis de Sebastián (Claves de razón práctica, diciembre, 1999), para tomar seriamente la cuestión hay que reconocer que "unos tipos deuda son más fáciles de perdonar que otros" y más aún, "unos son más dignos de una movilización solidaria que otros". El perdón no puede ser instrumentado a tontas y locas ni es viable si se toca a todos por igual. Condonar la deuda no es una cuestión de voluntad o de pronunciar muchos discursos, sino de un cálculo que libere realmente a los países más necesitados, que ayude a los demás sin poner en riesgo el sistema financiero internacional. Nicaragua, Honduras y Mozambique son los casos extremos; no hay duda que para ellos la cuestión es de vida o muerte. Su caso es muy diferente al de México, Chile o Egipto, por ejemplo. Estas economías, aunque soportan grandes adeudos anualmente, tienen oportunidades, infraestructura, riquezas para desarrollarse; aquellas tres no lo podrán hacer, están en una asfixia financiera (pagan más de lo que pueden obtener a través de su ahorro, de sus impuestos y de sus exportaciones), se han convertido en economías inviables. ¿Qué tendrían que hacer a cambio? Desplegar una receta que tienda a reducir su necesidad estructural de endeudamiento. En otras palabras, garantizar que no volverán a ahorcarse financieramente (ver cuadro). Así pues, la condonación de la deuda va traer un corolario inevitable: una violación a la soberanía de esos países; van a necesitar ingerir medicinas acaso más agudas y disruptivas que las reformas neoliberales de las décadas pasadas. Perdonar la deuda se convertirá en un acicate de su reforma interna. Veremos qué países, qué gobiernos están dispuestos a pagar el costo del perdón Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM. |
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