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Sí. Aunque nos hace vulnerables
Marina Robles
Escribir sobre la existencia del amor puede convertirse en una trampa profunda y sin salida, principalmente cuando quien lo hace no es Octavio Paz. La trampa, sin duda, reside en la frágil línea, fácilmente transgredible, entre romanticismo y cursilería. Segura estoy que buena parte de la dificultad y los obstáculos de este tema, que le impiden ingresar a diversos espacios como el científico, el académico o el laboral, reside justamente en el temor de traspasar la línea. De ahí que el tema del amor y su existencia se resguarde para los espacios cercanos, íntimos, donde nos permitimos incluso ser cursis, donde no tememos al ridículo. El temor, por supuesto, no es casual. El amor, aunque cualquiera lo defienda o incluso lo viva (generalmente en privado), es un tema y una condición que vulnera, principalmente cuando se expone, tanto cuando se ama como cuando se habla sobre él. Aunque pocos, algunos científicos han explorado la existencia del amor a través de sus manifestaciones fisiológicas; ritmo cardiaco, presión sanguínea, sudoración, niveles de ansiedad, entre otras. Sin embargo, sus aproximaciones no los han dejado, ni a ellos ni al resto, del todo satisfechos. Y es que resulta que al amor como idea, condición o sentimiento, le sucede lo que a conceptos como vida o energía. En los tres casos (vida, energía o amor) son entendibles, reconocibles y definibles sólo a través de la forma como se manifiestan, pero no necesariamente por lo que son. Mientras la vida se reconoce en sus múltiples formas (animales, vegetales o de los otros reinos) y procesos (nacer, crecer, reproducirse, morir), al amor se le reconoce por lo que se siente y ahí justamente radica la debilidad del concepto, porque los sentimientos se mueven en el terreno de lo huidizo, de lo inasible y por supuesto de lo no medible. Y todo eso en este mundo buscador de certezas no es válido. De ahí que las indagaciones sobre la existencia y la definición del amor se hayan dado más en los espacios literarios y filosóficos. Y, fuera de los poetas (me atrevo a afirmar), no son muchos quienes incursionan por el tema manejándolo como parte de sus reflexiones personales. Los novelistas lo atrapan, lo expresan, pero siempre bajo el cobijo del personaje que defiende al autor y lo mantiene, en cierta manera, alejado de la ficción que presenta. De esa manera se oculta, se protege de la traición del amor que lo hace sumarse a Platón para cuestionar los mitos que hicieron creer que el amor podría sublimarse en creación estética. Así, escribir del amor y su existencia y defenderlo, como yo intento hacerlo ahora, lleva sin duda a la discusión y la defensa de los terrenos de la subjetividad, donde radican, sin duda, buena parte de los fenómenos y procesos que conducen al mundo, bien o mal, pero que finalmente lo conducen. Usted, seguramente como yo, podrá argumentar en la soledad de su cerebro las defensas para afirmar la existencia del amor, no intente hacerlo público porque, al igual que yo, tendrá que hacer suya la idea de Francois Wahl cuando afirma que "no se puede escribir sin pagar la deuda de la sinceridad" Marina Robles es maestra en Ecología Marina por el CICESE y Fellow del Programa LEAD-México. Actualmente estudia el doctorado en Ciencias en la UNAM. |
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