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Demasiado bueno para ser verdad

Mayte de Toscano

El hotel tenía promoción por inauguración. Nunca habían entrado en él, por tal motivo, en lugar de ir directamente a las villas (especialmente diseñadas para las deliciosas actividades clandestinas), pidieron una habitación en el bello y lujoso edificio. Después se enterarían de que este último era exclusivo para clientes "decentes", pero como ellos lo parecían, nadie les negó la entrada.

Hacía poco que habían iniciado la relación, pero desde la primera vez que conversaron se cayeron bien, aunque los dos estaban comprometidos algo había surgido ya. Por eso las miradas, los besos, las caricias y el deseo se sucedieron con increíble rapidez. José sólo pensaba en ella mientras le daba vueltas a la tarjeta de presentación que Natalia le había entregado. ¿Le hablaría o no?... Lo hizo al fin. Al cabo, le pidió que decidiera entre su pareja actual y él, y Natalia había elegido. Así que ahí estaban, en medio de un cuarto gigantesco, con una cama que hacía juego con el lugar y un espejo en el techo del mismo tamaño que el lecho.

Se desvistieron y retiraron colcha y cobijas de la cama. Natalia, que lo consideraba un hombre muy conservador -más bien "mocho"-, se encontraba preparada y no llevaba prisa. Sin embargo, lo primero que hizo José fue separar con delicadeza sus piernas y besarla en medio de ellas. Natalia tenía la certeza de que nunca había gozado como ahora: la lengua y los labios de José aprisionaban, humedecían y mareaban clítoris, labios, vagina... Estaba sorprendida y encantada.

Se besaron en la boca, ella pudo percibir su propio sabor, sus lenguas eran casi iguales y como espejos carnosos efectuaban los mismos movimientos. Fue entonces cuando José descubrió los pechos de Natalia, grandes y redondos, con los pezones muy bien formados, suavemente entintados por tonos beiges y rosados. Los besó y empezó a gemir. Las manos de Natalia recorrían una y otra vez esa blanca piel de asturiano. Aunque tenía más de 40 años, su piel y sus músculos eran más tersos y firmes que los de muchos jóvenes. Los dedos descendieron hasta que encontraron el lugar preciso. Le fascinaba sentir cómo su miembro se estremecía con el roce, con los besos. Las ondas de excitación iban a explotar salvajemente en ese extremo del cuerpo. Al fin lo besó, era una de sus debilidades: casi devorar el regalo carnoso que se le ofrecía sin resistencia. Pero no era brusca, sabía hasta dónde llegar mientras él, paradójicamente, no sabía dónde estaba, había abandonado la Tierra.

José se decidió a adorar el cuerpo de Natalia y ella aceptó ser divina por unas horas.

El la penetraba con lentitud, las paredes de la vagina de Natalia se sumaban a su voluntad y lo acariciaban, ambos se encontraban en el momento en que al deseo no le queda más remedio que lanzarse al precipicio y, por otra parte, no tenían la menor intención de volver sobre sus pasos para evitarlo. Sus cuerpos susurraban, al compás del movimiento, que se conocían desde hacía siglos sin que la pasión hubiera mermado. El placer y el deseo no disminuían. El sentía que se moría y ella que venía la resurrección. Natalia podía sentir cómo se ponía tenso el músculo, presagiando la culminación del encuentro. Terminaron al mismo tiempo, continuaron abrazados. El orgasmo parecía no finalizar nunca. El la besaba una y otra vez. Le pidió permanecer dentro de ella por más tiempo. Ella se dejaba hacer y él hacía lo que la pasión le dictaba. La mayor parte del tiempo permanecieron unidos y felices. José la besó -literalmente- hasta en el dedo gordo del pie... Siempre, al final, repetía hasta el éxtasis el nombre de Natalia.

El sol de la tarde se fue ocultando, sus cuerpos desnudos habían sido bañados sucesivamente por luces amarillas, rosadas y anaranjadas antes de que los cubrieran las sombras. Las luces de la ciudad se encendieron aunque con menor intensidad que sus cuerpos, que habían recorrido cada uno de los centímetros de esa blanca y húmeda cama. A veces, sus pechos se tocaban; otras, los glúteos de ella rozaban el abdomen y los muslos de él excitándolo aún más; a ratos, estando unidos, ella podía besar sus pies: sus cuerpos en el amor eran asombrosamente flexibles. El gozaba admirando la espalda de Natalia: lisa, estrechándose en su último tramo, para dar paso a su redondeada cadera. Y más abajo, su vagina: esa franquicia del infierno que se había transformado en cielo. Estaba convencido de que no había mujer en el globo terráqueo que tuviera ese músculo más fuerte y más caliente.

Aunque la afinidad iba más allá de la cama, sus cuerpos eran dos mitades que al fin se reconocían: sólo se enamoraron.

Natalia se miró en el espejo del techo: estaba sola en la cama. Sí, no estaba mal, pero jamás se había considerado poseedora de una belleza extraordinaria. Para José así era. ¿O lo había sido? ¿Quién lo sabía?... Después de una serie de culpas (por la esposa y la familia), arrepentimientos y penitencias, había aceptado que el amor se encontraba en algún rincón del cuerpo de Natalia. Ella lo adoraba, y le perdonaba hasta su eterna indecisión... Cuando se encontraban, al morir y renacer juntos, ella sólo escuchaba su propio nombre como en un eco suave... ¡Por supuesto que lo amaba!, a pesar de que hubieran transcurrido... ¿cuántos años?

Se abrió la puerta del baño, salió un hombre moreno, ¡tan distinto al rubio y de ojos verdes José!

El estaba con su esposa y sus hijos, pensando en Natalia, en cuánto la había querido y cuánto la extrañaba, pero decidió cumplir con su deber y así "salvó su matrimonio".

Natalia había esperado que José la buscara durante diez años, al fin había desistido. La vida se le iba a ir si seguía esperándolo. Buscó a alguien más con quien llenar su corazón y lo encontró, pero era demasiado tarde, la vida se marchó desde el momento en que José había renunciado a ella llevándose, por supuesto, su cuerpo con él. Y es que Natalia fue muy torpe al no preverlo, debía haberlo imaginado desde aquella primera vez que entraron, premonitoriamente, en el edificio que estaba vedado a los amantes y se destinaba a la gente con su vida en regla porque, desafortunadamente para ella, en verdad José le había resultado demasiado decente

Mayte de Toscano estudió Psicología en la UNAM.

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