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El Mosco

Marco Levario Turcott

"Tengo unos puestos en Tepito", decía "El Mosco" cuando alguien le preguntaba "de dónde ese vocho nuevo y aquella moto como de narco". A ese chaparrito también le decían Mario Bip porque militaba en una cosa que se llamaba Buro de Información Política (BIP). Siempre me pareció un tipo raro, como un insecto de ojos grandes surcando el cielo con su ruido ensordecedor en una noche desolada: bip, bip, bip.

Sí, definitivamente un tipo raro que conspira desde hace años en la Facultad de Economía. Algunas veces parecía un robot funcionando con algún chip que lo mandaba a entorpecer la asamblea estudiantil, por allá finalizando los 80. Su disco duro -aunque rayado porque siempre era la misma cantaleta- lo hacía interrumpir, gritar y arengar, con nulo éxito, porque siempre perdía las votaciones. Cuando concluían las reuniones él veía cómo pero se escabullía, no participaba de la antesala negociadora para lograr acuerdos rumbo a la siguiente reunión. No escuchaba. "El Mosco" iba como entre las sombras, zumbando la derrota o fraguando el momento anhelado para la venganza. ¿Y nosotros?: "No nos molestes mosquito".

El robot ha tenido menos ideas que motes, porque también le apodan el "Gato". Mis amigos, menos jóvenes que yo o más viejos que ídem, según se vea, lo recuerdan ya en las lides de la liberación del gobierno que impone con su yugo a los desposeídos, primero como estudiante y luego como profesor, quién sabe si también como vendedor de fayuca. Que me perdonen los felinos, empero, porque a diferencia de ellos éste se mira de reflejos bajos aun y con su increíble fuga del martes 1 de febrero. Cierto que ahora es casi tan famoso como Don Gato, el coleóptero de Los Picapiedra o Robocop, pero con el agravante de que ellos no lograron la fama con discursos incendiarios y huecos; eran inteligentes y simpáticos. Ahora, el verdadero rostro de Mario Benítez se ha ido develando como lo que es: una auténtica pieza de museo que estuvo extrayendo sangre de la vitalidad y los sueños de otros, viviendo al amparo de un discurso sin proyecto. Ese hombre-mosco no sonríe, ¿se han fijado?, nunca sonríe, ni tiene gusto por la vida ni generosidad con la Universidad

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