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tintero Narrativa al margen
Luis Ramón Bustos
Tal vez ningún otro escritor mexicano, a lo largo de dos siglos de narrativa, haya decantado tantas experiencias vitales en sus relatos como Ramón Rubín. Su narrativa surge de la experiencia, de un contacto estrecho con la realidad contada; la gran mayoría de sus páginas no ha sido producto de lecturas, sino de su trasiego con un vastísimo mosaico social y cultural. Es, pues, un aventurero que recrea las rutas de su larga trashumancia. Nuestros críticos, siempre semimiopes, han definido a Rubín como un escritor ingenuo, un realista a la usanza tradicional. Resulta natural que literatos de escritorio nieguen el valor de una literatura demasiado a flor de piel; demasiado impregnada de vida real. Sin embargo, es esa narrativa "realista a la usanza tradicional" la que suele perdurar más, la que -pese a que en ciertas épocas se le ningunee o se le margine- conmueve a los lectores. Ramón Rubín nació en Mazatlán, Sinaloa, el 11 de junio de 1912. Desde adolescente le dio por recorrer, en busca del sustento, los caminos de México; observador acucioso, degustador de lo extraño, aquí y allá fue llenando su bagaje imaginativo con el infinito rompecabezas de nuestra variada geografía, con la diversidad de nuestras regiones que hacen de este país muchos Méxicos. Ejerció los más diversos oficios: montó una pequeña industria en Jalisco; en la capital tapatía, durante algún tiempo, dirigió la revista Creación. Hizo del oficio de escritor una exploración de gente oscura, segregada; de grupos sociales que tipifican la diversidad o la heterodoxia. Así, en sus cuatro tomos de cuentos mestizos, publicados entre 1942 y 1950, describe -a veces con humor y a veces con lúcida amargura- el modo de ser del grupo racial que caracteriza a nuestro país. A Rubín se le conoce más por sus novelas de tema indigenista y, sin embargo, nunca es más rico y sutil que en estos cuentos que revelan la compleja mentalidad del mestizo. Hacia finales de los años 40, en una etapa marcada por el nacionalismo, publicó la más escueta y sugerente de sus novelas indigenistas: El callado dolor de los tzotziles (1949). En ella describe la intolerancia de las comunidades indígenas hacia aquellos de sus miembros que se sustraen a la norma, que desafían las tradiciones. El relato surge de una ruptura: un matrimonio que no puede tener hijos, cosa que la comunidad rechaza virulentamente. A partir de la segregación de José Damián y María Manuela, con ella proscrita en el monte (porque la ley tzotzil culpa solamente a las mujeres en estos casos) y con José Damián viviendo entre mestizos, los dos perfilan una personalidad inédita. Ese forzado exilio lleva al protagonista masculino a corromper su psicología y, a su regreso a la comunidad, el veneno inoculado por el mundo mestizo surte efecto: trastornado, se vuelve un asesino potencial y descarga esa violencia sacrificando borregos (animal que entre los tzotziles es casi sagrado e intocable). Así, el proscrito rompe definitivamente sus vínculos comunitarios y se refugia en un abyecto alcoholismo. Esa escena final, con sus persecuciones y sus antorchas, le da un toque épico a la novela. Acaso la retórica nacionalista de aquellos años requiriera de esos actos de barbarie colectiva para simbolizar la intolerancia tradicionalista. Sin embargo, el gran valor de El callado dolor de los tzotziles, lo excepcional, es la búsqueda sutil de la psicología del indígena. Por primera vez en nuestra narrativa indigenista, el protagonista es un hombre de carne y hueso; contradictorio, complejo, irreductible a los esquemas antropológicos que menudean en esta corriente. Rubín pinta un indígena, una pareja, una comunidad que se caracteriza por un férreo apego a sus tradiciones y que, no obstante, son también individuos claramente diferenciados y reaccionan de modo imprevisible. Algo semejante sucedió con sus dos novelas indigenistas más conocidas: El canto de la grilla (1952) y La bruma lo vuelve azul (1954). Indígenas de carne y hueso, sólo que coras y huicholes; y un lenguaje metafórico muy acorde con el sustrato mágico de las dos historias. Otras novelas indigenistas han surgido de su pluma: La sombra del techincagüe (1955) y Cuando el táguaro agoniza (1959). Sin embargo, sería prolijo detallarlas aquí, por lo que basta sólo la referencia. Su otra vertiente -menos conocida- refiere el mundo mestizo. En La canoa perdida (1951) obtiene una de sus creaciones importantes. Las desventuras de un pescador del Lago Chapala, las vicisitudes que sufre Ramiro Fortuna para adquirir una canoa y, por medio de ella, ser alguien en un medio hostil, permiten a Rubín un sondeo exhaustivo de un prototipo regional y universal. Aquí, contrario a las opiniones generalizadas que le tildan de ingenuo y pintoresco, lo que sobresale es su gran capacidad para retratar con hondura al mexicano común: el campesino, el pescador y el comerciante -que sintetiza bajo la personalidad de Ramiro Fortuna- pueden ser espejo de millones de mexicanos. La indagación se torna profunda, entrañable, conmovedora; y el entorno lacustre se crispa bajo un dolor animista que simboliza la tragedia final del lago. Matías Doblado, "La Güera" Hermelinda, Atenógenes, "El pollo culeco", Romualdo y Amanda Guerra son más que arquetipos; son personajes que palpitan, que estremecen, que encarnan las preocupaciones éticas que son la médula de las narraciones de Rubín. En esta vertiente cabe mencionar otras novelas: Ese rifle sanitario (1948), El seno de la esperanza (1964) y Donde la sombra se espanta (1964). En ellas recrea menos el ambiente social y percibe mejor el ambiente familiar. Hace esto porque entre los mestizos se desvanecen los lazos comunitarios y son más determinantes las relaciones individuales. Tal vez porque el propio Rubín es un mestizo, conoce y describe mejor a su propia gente. Indígenas, mestizos, hombres universales pueblan las páginas de sus cuentos y novelas. Es una lástima que sus libros circulen poco y muchas de sus obras resulten casi inasequibles. El México profundo, los México disímbolos, tienen en él a un retratista dotado y acucioso. Como en una caja de sorpresas, el lector hallará en sus historias algo verdaderamente insospechado: los datos primordiales de aquel que nos parece un extraño resultan siempre demasiado parecidos a los nuestros Luis Ramón Bustos es ensayista y traductor, especialista en narrativa del siglo XIX. |
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