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América Latina
Entre la democracia y el populismo

Paulo Hidalgo

Los recientes acontecimientos de Ecuador, un golpe blando que depuso a Jamil Mahuad e instaló a los militares y al vicepresidente civil, configuran un complejo cuadro no sólo para ese país sino para otros de la región.

El fondo del asunto es cómo se hacen cambios necesarios y en verdad drásticos en sociedades donde imperan regímenes democráticos. Y ello es particularmente agudo en América Latina.

En la región, luego de la crisis de las sociedades oligárquicas, se consolidó un tipo particular de sociedad, de vaga denominación, de corte populista. Se trataba del peso indiscutido de un líder carismático -Perón, Cárdenas, Vargas, Velasco Alvarado, Velasco Ibarra- que cubría toda la escena política y la consolidación de un modelo de desarrollo volcado al mercado interno con altas protecciones arancelarias. En lo político se gestó un pacto entre el Estado, el líder y los actores sociales de mayor peso, básicamente el empresariado, los sindicatos de trabajadores urbanos, la burocracia del Estado. La cuestión central es que, contrario sensu a lo que se pensaba, el Estado era quizá grande en tamaño pero muy débil para actuar; era más bien cautivo de este pacto social. Por otro lado, este populismo dejó fuera cada vez más a sectores sociales, como el campesinado, el mundo indígena, los sectores agrarios oligárquicos, y el mundo urbano marginal que empezó a poblar las ciudades en las callampas, villas miseria o cantegriles, según el país que se trate. No es menor mencionar que esta sociedad funcionó, durante un largo periodo, en la práctica hasta las postrimerías de la década de los 70.

La situación se hizo insostenible cuando se produjo la famosa crisis de la deuda en 1982. Es decir, los organismos internacionales dejaron de prestar dinero a las economías de la región, puesto que ellas ya no podían pagar sus deudas. Lentamente hemos asistido al desmoronamiento de esta sociedad populista. El Estado ya no podía solventar el gasto ni apoyando al pacto social que lo sostenía. Es así como se produce -el caso argentino fue el más dramático- una crisis muy aguda de los servicios públicos y una inflación rampante.

La única salida real más allá de las etiquetas ha sido la necesidad de abrir las economías de la región y hacerse más competitivas. Además de modernizar el Estado y aplicar medidas severas de ajuste en el gasto. Es decir, se ha hecho necesario un cambio muy radical de las pautas históricas del populismo. Sin embargo, el drama ha sido que la aplicación de estas políticas ha llevado a desajustes muy serios, a una pérdida vertiginosa de legitimidad de los gobiernos que han procurado cambios, como en Ecuador. Al encontrarse el Estado cautivo por el pacto populista, no ha logrado obtener el margen necesario para cambiar las reglas del juego.

Por ello, a menudo surgen alternativas que concitan el apoyo popular pero que son sólo un tanque de oxígeno con poco sentido real de futuro. Es el caso, por ejemplo, de Hugo Chávez en Venezuela, que promete mejoras sociales sustantivas, una suerte de retorno al viejo Estado populista, algo absolutamente ilusorio dadas las condiciones internacionales. También sucedió en Ecuador con Abdallá Bucaram, un efímero resurgimiento del populismo en un contexto imposible.

Se produce lo que los estudiosos llaman un "consumo político vertiginoso". La gente sabe que hay una crisis muy honda y prueba con diversas alternativas políticas de manera casi compulsiva.

Por cierto, hay maneras de hacer las cosas bien dentro de las restricciones y formas fallidas que sumen a los países en más confusión y caos. El desafío es combinar políticas de amplia integración social, buscando consensos nacionales, con medidas de ajuste económico inevitables. A veces es mejor pasar el trago amargo de una vez para esperar que la situación mejore en lugar de pensar en quimeras. Y en variados casos la gente cansada de la crisis busca precisamente esto. Como también salidas autoritarias que finalmente entregan la sensación de orden, lamentables pero reales, como fue el caso de Perú. Es mejor mirar de frente las dificultades y no escabullir el bulto

Paulo Hidalgo es sociólogo.

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