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unam Regreso sin excesos
Ciro Murayama
para toda la familia Cordera,
Prácticamente unánimes han resultado las posturas de universitarios y no en el sentido de lamentar que el fin de la huelga haya tenido que llegar por una vía que no fuera la del entendimiento; a nadie le resulta la mejor salida, la deseable, la más constructiva. Pero al mismo tiempo, salvo el CGH y sus simpatizantes, se reconoce de la autoridad universitaria un esfuerzo amplio para buscar el acuerdo. Hacía meses que se vivía en el límite y durante los cuales los gestos de tolerancia, la disposición a ceder, provinieron de diversos sectores menos de quienes mantenían el paro. En el árido periodo que inició el 20 de abril de 1999 quedaron la congelación del incremento de cuotas que inicialmente desató el conflicto, un rector, la iniciativa de los eméritos y el acuerdo del Consejo Universitario y su aval en el plebiscito para satisfacer con suficiencia las demandas del CGH sin que de esta organización se diera un movimiento, siquiera milimétrico, a sus posiciones. La autoridad de la UNAM hizo todo lo que tenía al alcance para evitar que se volvieran realidad las escenas del domingo 6, pero no hubo respuesta del CGH. El operativo, como consta en todos los medios, se desarrolló sin que hubiera incidentes adicionales que complicaran todavía más el panorama, pues existía el temor de un enfrentamiento que, afortunadamente, no ocurrió. Ahora lo que toca es recomponer ánimos y terreno, permitir que la discusión y la deliberación sobre la UNAM y su futuro tengan lugar en las mejores condiciones. Por ello el mensaje del doctor De la Fuente el mismo domingo resulta del todo adecuado: no escalar el conflicto, desistirse de las denuncias, garantizar a los universitarios presos sin causas que se sigan por oficio el regreso a sus hogares y a la institución para participar en el proceso de reforma. Los excesos en cargos imputados a los huelguistas deberán retirarse y, como se clama, llevar a cabo una revisión caso por caso, pues no puede haber lugar para un trato injusto, para hacer tabla rasa con los varios cientos de detenidos. Eso es responsabilidad de las autoridades judiciales y bien harían en no dar un solo elemento adicional que incremente el encono. Para cuando esta edición esté circulando, sería de esperar que las exigencias del rector de liberar a todos los universitarios que tenían orden de aprehensión por querellas de la Universidad estén en la calle, al igual que todos los detenidos sin más cargo que encontrarse ese día en la Ciudad Universitaria. La posibilidad de que el fin de la huelga, que se dio de forma triste, no se vuelva traumático requiere que todos los que de alguna forma han tenido que ver en el conflicto y opinado sobre él asuman la responsabilidad de no echar una sola madera más al fuego. Decir que vivimos en 1968, en un clima de represión generalizada, flaco favor le hace a la tarea de pavimentar una ruta que nos dé algo de luz, y las autoridades federales tienen el deber de demostrar que, pese a las opiniones de algunos, este país es distinto al de hace unas décadas. Pocos articulistas, políticos y analistas han dejado de reconocer la intransigencia del CGH. Pero el delirio que se instaló en las filas de los paristas y su dirigencia, que les hizo pasar de defender con pobres argumentos el igualitarismo en el pago de los servicios educativos a creer que estaban en un momento tan plástico como la toma del Palacio de Invierno, se puede ver justificado si sigue concediéndosele al CGH la legitimidad en sus actos, si se le dice que hemos pasado "al tiempo de las bayonetas", si se les otorga la voz del pueblo oprimido en encarnizada batalla contra el neoliberalismo mundial. Azuzar la mentira y el alucine no hace sino alimentar la cultura de la derrota que el CGH persiguió constantemente, que no produce sino retrocesos políticos y vulnera el frágil tejido de la convivencia civilizada. Por otra parte, sería deseable que el problema que vive la Universidad deje de ser parque en las andanadas verbales que se están dedicando los partidos, pues no ayudan en nada a despejar horizontes. Lo que ha pasado en la Universidad no es producto de una decisión particular, de un error específico de cálculo, sino que se ha gestado en años de deterioro institucional interno y de agravio social mal encaminado y hasta desatendido. Hay responsables múltiples y mucho irresponsable como para seguir incrementando la lista con el miope cálculo de que ello dará votos o fortalecerá posiciones internas para obtener candidaturas. Los partidos pueden colaborar si se deciden a no enrarecer más el ambiente y, en cambio, dicen qué Universidad conciben y qué cambios consideran pertinentes para que sean finalmente los universitarios en su congreso quienes decidan. Mientras se apoya la excarcelación de universitarios en los términos que expuso el rector, puede resultar útil ir trazando una ruta de eventos, de discusiones, del regreso a clases, donde todo mundo pueda discutir en la UNAM el rumbo de su institución. Porque por más que el CGH se haya negado a cosechar sus victorias, cabe demostrar que no son víctimas de una perversa maquinación imperial, sino actores que tienen, como los demás miembros de la Universidad, un espacio abierto para la argumentación y defensa de sus propuestas de reforma. La agenda puede irse discutiendo desde ahora, además del formato y mecanismos de toma de acuerdos en el congreso. Ese congreso que obtuvo el CGH tras ser retomado por el Consejo Universitario y avalado en el plebiscito y que es el único piso común, de los universitarios, para regresar a su cancha la salida de largo aliento al conflicto que lleva demasiado tiempo instalado entre nosotros. A mi modo de ver, se requiere ir afinando esos nuevos pasos como camino para avanzar, en contraposición a todos los tics que nos ofrecen una fuga al pasado y que, aun sin huelga, mantienen a la UNAM y a su entorno sobre arenas movedizas Ciro Murayama es economista por la UNAM. Realizó estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de Madrid. |
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