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unam "¡Adiós muchachos...!"
Aurelio Asiain
para L.G.A.
No soy universitario, ni de la UNAM ni de ninguna otra institución. Mi máxima casa de estudios es una biblioteca dispersa en el tiempo y por el mundo, e incluye lo mismo libros que revistas, periódicos, películas, discos y otros materiales. La educación formal me ha resultado siempre un fenómeno incomprensible; desde hace años contemplo con distancia y tongue in cheek eso que tan pomposa y anglicada como inexactamente llaman mis amigos la academia. Nunca, sin embargo, me había sumido el Elefante en un pasmo como el que durante los últimos diez meses me ha provocado cada mañana la lectura de los diarios. De modo que si el lector de estas líneas concluye que no entiendo nada, tendrá toda la razón: no entiendo cómo puede esa cosa, que tanta veneración produce, producir lo que ha producido. Pero no voy a enumerar todo lo que encuentro irracional, injustificable, inadmisible o incomprensible en la huelga o paro o movimiento o despojo que ahora ha muerto o sido herido o pasado al exilio, porque me pidieron hablar de lo que sigue en dos cuartillas, de las que ya he desperdiciado media. Así que seré, como decían en sesenta y ocho, bien concretito. 1. Lo primero es hacer cuentas: cuánto es lo que se perdió, cuánto va a costar reponerlo, cuánto tiempo tomará, de dónde van a salir los recursos. Los paristas (o los muchachos, para la cursilería simpatizante), las autoridades y la sociedad deben saber cuánto cuesta un chistecito de esos, sea para esbozar una sonrisa, levantar las cejas o sacar las cacerolas. 2. Lo segundo, una vez sacadas las cuentas, es decidir a quién se le pasan las facturas. Desde luego, habrá quien quiera cargárselas todas a la Malinche, a Adam Smith o a Plutarco Elías Calles, pero hay que ser realistas. ¿Quiénes -exactamente- usaron los pupitres como barricadas y los memoranda como carne de fogata? ¿Quiénes -exactamente- supieron que eso estaba pasando y lo toleraron? 3. Lo tercero es cobrar las facturas. No es difícil prever que la mayor parte la pagarán los contribuyentes -y algo deben, pero no tanto. 4. Mientras tanto, hay que poner de acuerdo a las partes. Pero ojo: ponerse de acuerdo no es reconciliarse, situación más bien angélica. Los malentendidos, las suspicacias, los rencores van a quedar. No se trata de ir al diván ni de hacer una limpia. Se trata de negociar, de ser prácticos; es decir, en parte, de vender el alma (¡uy!), a cambio de tiempo. 5. ¿Para qué ponerse de acuerdo? Para realizar ese congreso tan mentado. Y para tener claro que lo que ahí se decida lo acatarán los congregados, sin olvidar ni diferencias ni rencores, pero guardándose de exponerlos. Es lo que se hace cuando se discute con el enemigo. 6. Ahora bien, ¿para qué ese congreso? En primer lugar, para someter a discusión y votación los puntos que originaron el conflicto. Pero eso es lo de menos. Lo importante sería que de esa congregación surgiera un proyecto de Universidad (o de uNAM, si somos serios): que se definiera cómo es la Universidad que los universitarios quieren y creen (pero los universitarios creen cada cosa...) que necesita el país. Porque no se ve claro qué Universidad necesita el país, ni que país necesita la Universidad, ni qué son la Universidad ni el país. Ahora bien, repito, yo de eso no sé nada. Si por mí fuera, que cierren la Universidad. Y que abran el país Aurelio Asiain es director de la revista Paréntesis. |
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